Lo invivible

“Nosotros tenemos con qué comparar… ellos no”, dijo Luis al hablar del antes y el después de nuestras vidas. Tú y yo, aunque con algunos años de diferencia, no tenemos una generación distante. Entonces sabemos cómo jugábamos en la calle beisbol y futbol con el único riesgo de romper un vidrio de la casa de algún vecino y que nuestros padres nos regañaran. También jugábamos bote pateado, quemados, escondidillas, policías y ladrones en bicicleta, después de hacer nuestra tarea y con seguridad porque conocías a los vecinos, y entre todos nos cuidábamos. Sobre todo los grandes a los chicos. Vivimos una infancia pocamadre.”

Luis tiene razón. Nuestra añoranza de lo que fue, lo que tuvimos en nuestra niñez, adolescencia y primera juventud, lo ya vivido, es algo que sólo nosotros y nuestros padres, en su mayoría ya difuntos, conocemos, sin darnos cuenta de que los jóvenes de hoy, sobre todo los menores de 20 años, no tienen idea de la época anterior y para ellos somos rucos.

–Ellos tienen que vivir su niñez y su adolescencia con lo que les toca en su momento de la mejor manera posible. Es absurdo decirles que nuestra infancia fue mejor cuando no tienen idea de cómo era el mundo entonces y, también, lo que les digas se les hace antiguo, viejo, como a nosotros se nos hizo lo de nuestros padres, añadió. Pero a ver, dime, ¿crees que hay una gran diferencia entre cómo vivíamos el dolor por las penas de amor y cómo se vive ahora?


–Difícil contrastarlo. Sólo lo podemos observar por lo que nuestros hijos y sus amigos viven. Lo que sí puedo decirte es que ahora hay adolescentes que se suicidan porque l@s novi@s l@s dejan, esto hablando de penas de amor, porque hay chavos que se quitan la vida porque los padres los regañaron por haber perdido el celular. En nuestra época no sucedía que te suicidaras por el novio o la novia. Se decía que “había quien moría de amor”, o por lo menos se sentía la muerte, pero dejarse morir no es lo mismo que quitarse la vida. Hay quien dice que es porque la población ha aumentado y eso es parte de los efectos del crecimiento demográfico. Yo recuerdo que en la primaria un compañero se quitó la vida con una escopeta; era un chamaco igual que yo. Dijeron que se le había ido un tiro jugando con la escopeta. Y todo se trató con mucho sigilo, no se habló de eso, pero tampoco nosotros, como niños, lo registrábamos. Fue ahí que me di cuenta que alguien podía quitarse la vida, pero era algo que no estaba en la discusión de nuestros círculos. Y me refiero en general, no sólo de una clase social.

–¿Crees que las penas de amor de los jóvenes ahora son más intensas, o profundas o más fuertes?

–El hecho de tener más evidencias de los engaños, las mentiras y todas las pruebas que se tienen, porque las ves y tienes certeza de ellas, hace que te pegue más. Además lo ven tus ojos y no porque te lo digan. Sino porque ahí está y no se esconde. Antes te lo decían, eso si tenías suerte porque igual vivías en un engaño perpetuo, y nunca te enterabas de que tu marido tenía una familia alterna.

–¿Por eso mismo la gente se hace muy práctica, se hace inmune o cínico y ya no siente?

–Es muy duro verlo. Saberlo a ciencia cierta, sin que nadie te escuche y, sobre todo, cuando no tienes asideros. Tener con quién hablarlo y que haya un círculo, ¡el que sea!, que te procure protección y bienestar. Pero también hay que saber hablarlo y eso es algo que parece hemos perdido, hablar de las cosas que sentimos, en esas condiciones, te defiendes volviéndote práctico y te vuelves un robot, o si no lo resistes, te suicidas. Ya es una opción a lo invivible de la vida. Pero no es el desamor… es la soledad.