Entre lo que importa, los viejos músicos cubanos

Llama la atención el caso de Lo que en verdad importa (The healer), coproducción de España–EU–Canadá, dirigida por el capitalino Paco Arango, de ascendencia española. La película fue realizada con la idea de que absolutamente toda su taquilla (100 por ciento, créanme) llegue a fundaciones dedicadas a la atención de niños con cáncer. Es decir, un cine literalmente filantrópico, en tiempos en que los productores más bien buscan utilidades sólo aplicables a acrecentar el negocio. Ahora bien, la generosidad de Arango y sus socios no se limita a Lo que en verdad importa. En 2001 Paco se hizo voluntario de un pediátrico especializado en cáncer; y en 2005 creó Aladina, fundación que a la fecha ha ayudado –en lo clínico y en lo social– a cerca de dos mil niños enfermos y sus familiares. Como cineasta, su ópera prima es Maktub (2011), relato navideño sobre un hombre en crisis cuya vida gradualmente se recompone cuando conoce a un adolescente aquejado de cáncer. Nominada a tres premios Goya, la recaudación de Maktub sirvió para financiar el Centro Maktub para trasplante de médula ósea, ubicado en el Hospital Niño Jesús de Madrid. Además, Paco Arango es miembro de la junta directiva de la Serious Fun Children’s Network –creada en su momento por Paul Newman– organización encargada de que niños enfermos de todo el mundo tengan un lugar donde jugar y divertirse, para animarles a mejor sobrellevar su condición. Todo un caso pues el de Paco Arango, muy de admirarse.

Pero volvamos a lo estrictamente cinematográfico de Lo que en verdad importa. Tiene que ver con Alec (Oliver Jackson–Cohen), un joven apostador que por deudas deja su natal Londres para instalarse en Halifax, Nueva Escocia (Canadá). Por error, el periódico local lo anuncia como El sanador, sin aclarar que eso se refiere al arreglo de aparatos eléctricos y de ninguna manera a la cura de personas. Pero en Halifax Alec se entera de que en verdad procede de una familia de genuinos sanadores; y también, que de aceptar ese don (puede no hacerlo) está destinado a ser el sanador de su generación. Renuente y confuso al principio, será conocer a Abigail (Kaitlyn Bernard) –una adolescente con cáncer– la certeza de Alec para orientar las nuevas directrices de su vida. A pesar de la condición de Abigail, Lo que en verdad importa no es un film triste. De hecho, abunda en situaciones y malentendidos que lo hacen divertido y que le aportan una agradecible ligereza. Y no es que la película reste importancia al tema de las enfermedades graves, sino más bien que consigue equilibrar lo áspero con la necesaria dosis de fantasía –de cuento de hadas, sin serlo– para un resultado tanto grato, como sensible, como optimista. Si bien Lo que en verdad importa no es superlativa, merece la pena verla porque se entiende a sí misma en la dimensión correcta: como una cinta que nos hace reflexionar para qué estamos en el mundo y cómo debemos jugar ese papel. Sobre jugarlo, digo yo, con convicción, con entrega y con una (alborozada) necesidad de servir al otro, de estar para el otro. O simplemente, abreviando, como lo propone una película de Paco Arango.

En otro orden de ideas, resulta muy grato saber que esta semana –si bien con distribución limitada– estrena en EU Buena Vista Social Club: Adiós, de Lucy Walker, un nuevo documental sobre los extraordinarios viejos troveros (dicho con el máximo de admiración y respeto) del legendario Buena Vista Social Club, del que por fortuna aún viven algunos, como Omara Portuondo y Manuel Guajiro Mirabal. Ambos están en el film, acompañados de Ibrahim Ferrer (ya fallecido), del trompetista Guajirito Mirabal y –por imágenes de archivo– de otras figuras legendarias de la música cubana. Si hace 18 años nos volvimos locos con el Buena Vista Social Club de Wim Wenders, es tiempo de recuperar la memoria con BSC: Adiós. ¿A quién hay que matar para que estrene pronto en México? A nadie, espero. Bienvenido sea, lo antes posible, este docu imperdible.