Libertad y democracia

En un artículo de proceso.com.mx, Pablo Gómez lanzó una “grave” amenaza a los que, por una u otra razón, no compartimos el proyecto de Morena. Primero deja asentado que, después del triunfo de AMLO, hay dos clases de personas, además de los enemigos del cambio: los que tienen la esperanza de que las cosas salgan bien y los que no, o no tanto. Y sobre estos segundos escribió lo siguiente: “se nos quiere llevar al campo de la desesperanza, la cual no es otra cosa que la desilusión por adelantado… Ya nos están cayendo gordos esos que niegan la posibilidad de todo cambio verdadero. Son agoreros de lo peor con el sólo propósito de justificar sus desatinos”. (31/08/18)

En un primer momento dudé que se tratara de Pablo, al que conozco desde hace muchos años y al que le tengo afecto por múltiples razones. Pero como si se trata de él y no quiero caerle gordo le digo: está bien. Manos a la obra. Sin pesimismo ni cobardía vamos a transformar a México. ¿En dónde me inscribo?

Reviso la declaración de principios de Morena y no me identifico con lo que ahí se dice como para integrarme a ese partido político, porque reduce el cambio a quitar al grupo neoliberal en el poder en medio de una retórica moralina que no puedo compartir. Sus principios no son los míos. Por supuesto que sí coincido con las ideas democráticas, contra la corrupción, la violencia y la pobreza, además del amor y la felicidad. En tal sentido, puedo simpatizar con su lucha y apoyarla en todo lo posible.


Tampoco me afilio a Morena porque se trata de un movimiento político que se construyó alrededor de la figura de su líder con los métodos propios del caudillismo que avasalló a los subordinados. Hizo lo que quiso en la selección de los candidatos a los puestos de elección popular porque nadie podía discutirle nada. Y ahora peor, porque a casi todos esos candidatos llevó al poder, así fueran Pablo o mengano, es decir, mucho, poco o nada conocidos. Quizá descontando a Cuauhtémoc Blanco (del que ya se están arrepintiendo) y a dos o tres más, el resto jamás hubieran ganado por sí mismos.

Desde hace muchos años me inscribí junto con Pablo en la lucha por el comunismo entendido como la asociación de individuos libres que se encarga de  que la producción de la riqueza se haga tomando en cuenta a las capacidades de las personas y la distribución de la misma conforme al trabajo de esas mismas personas, en una primera fase, y según sus necesidades, en una segunda.

Pienso que para la vida asociada el mejor procedimiento para tomar decisiones es la democracia, en tanto que se ajusta al principio de la libertad de los individuos. El comunismo así entendido no es ni el amor por la austeridad ni la subordinación a una autoridad, sino la disposición para actuar conforme al reconocimiento de los demás, con los cuales se convive en sociedad.

La democracia y la libertad, desde el punto de vista de la lucha comunista, son los valores políticos que deben acompañar los esfuerzos por transformar al mundo y construir una sociedad no sacrificial a la altura de la persona.

Ya sé que esa no es la historia del socialismo real ni del comunismo organizado puesto que si algo los caracterizó fue precisamente el sacrificio del presente, ya se tratara de cosas, personas o uno mismo,  en aras del futuro luminoso. Pero también es cierto que en los últimos años del Partido Comunista Mexicano empezamos a desarrollar el pensamiento en torno a la relación entre democracia y socialismo y algunos, ya después, profundizamos en la veta libertaria del marxismo.

En cualquier caso, se entiende perfectamente que los liberales, los libertarios y los demócratas pongan tierra de por medio a los usos, costumbres y principios de Morena en su afán por avasallar a sus miembros y simpatizantes.

Veamos a uno de los ideólogos: John Ackerman. En su artículo en La Jornada del 27 de agosto escribió: “El proceso de transformación revolucionario del sistema político mexicano apenas se inicia. Para poder arrancar de raíz la corrupción, la impunidad y los conflictos de interés hace falta consolidar el liderazgo de López Obrador y profundizar su hegemonía democrática”.

De acuerdo con él en que la democracia no implica ausencia de liderazgo y por supuesto que AMLO ha construido un liderazgo que ahora tiene plena legitimidad democrática porque triunfó en las urnas. Pero el tipo y el método de liderazgo no han sido propiamente democráticos. Tan es así que ha tenido que aclarar en varias ocasiones que no subordinará a los otros poderes, que respetará las libertades y otras afirmaciones por el estilo, puesto que su campaña de 12 años estuvo plagada de dichos mesiánicos y caudillistas. Sin embargo, con decirlas no es suficiente, máxime cuando el movimiento y su inercia tienen la vocación avasalladora, como se ha visto en varias declaraciones, tanto del líder, cuánto de la mayoría en el Congreso o de otras instancias de Morena.

Ese afán por tratar de representar las cosas como no son, para evitar caer nuevamente en la simulación, simulando, los lleva a la impostura desmedida. Escribe Ackerman la siguiente perla: “Desde la lógica prianista el pueblo se reduce a ser una agrupación de súbditos cuya única opción es obedecer, mientras desde el enfoque obradorista somos ciudadanos cuyas opiniones y acciones son tomadas en cuenta”.

De acuerdo con él en cuanto a que la lógica del viejo régimen reducía al pueblo a la posición de súbditos, aunque aquí no valga la categoría publicitaria del prian, pero decir que en el enfoque obradorista somos ciudadanos, cuando lo que ha construido en Morena son vasallos y cuando ahora recurre al pueblo para la manipulación legitimadora de sus propias decisiones, eso constituye una elemental retórica restauradora de la simulación, de las palabras máscaras y de las mentiras constitucionales  que alguna vez criticó Octavio Paz respecto del régimen priísta.

Para muestra sólo basta el botón de la consulta sobre el nuevo aeropuerto. Sin las bases legales para hacerla y sin que los elementos técnicos estén aún completos, porque faltan los estudios de la viabilidad de Santa Lucía, se convoca a una consulta al pueblo que sólo la fuerza de la investidura del Presidente Electo puede sostener, pero que todos sabemos es una tremenda vacilada.

¿Por qué tanta impostura? ¿Por qué tanta demagogia? Parece que el advenimiento de la IV Transformación será como ha sido la construcción del movimiento que la ha precedido, una explosión emocional con un liderazgo político que carece de claridad en el pensamiento.

Más allá de esa diferencia fundamental que explica el escepticismo en torno a la marcha de Morena al poder, destacan muchos de sus aciertos, sobre todo en relación a que “se empiece a sepultar el Estado corrupto, al tiempo de que se inicie una reversión en el actual patrón de distribución del ingreso y se combata a la pobreza y el atraso social”, al decir de Pablo Gómez. Si a esto agregamos la propia autocontención de AMLO sobre sí mismo y su movimiento, como se ha dejado ver en los regaños que el primero dio a sus legisladores por su comportamiento inicial en el Congreso (el aprendiz de brujo tratando de controlar a sus escobas), existen efectivas esperanzas que muchos de los cambios propuestos se lleven a cabo y logren los efectos deseados. Pero también son inevitables las reservas y las dudas. Con libertad y democracia se puede trabajar en la transformación del país, ejerciendo la crítica aunque nos caigamos gordos o aportando con humildad (con los pies en la tierra) donde sea posible.