Las manos en la medicina

Indudablemente, las manos constituyen uno de los elementos determinantes en el desarrollo de nuestra especie. No solamente reside en ellas la gran diferencia del ser humano sobre todos los animales, debido a una característica aparentemente simple: la oposición del pulgar a todos los otros dedos. También no hay ninguna otra parte de nuestro organismo con la cantidad de receptores nerviosos que permiten la ejecución de innumerables acciones y órdenes por parte de nuestro cerebro.

La sensibilidad de las “yemas” puede calificarse como exquisita y es a través de esta característica como podemos percibir una gran cantidad de fenómenos que nos rodean. De hecho, el tacto es el primer sentido que desarrollamos, proporcionándonos una enorme cantidad de información. Si consideramos que el cuerpo tiene alrededor de 5 millones de receptores al tacto y más de 3 mil se encuentran ubicadas en las manos, podemos fácilmente deducir cómo intervienen en el procesamiento de información cerebral, a nivel físico, bioquímico y emocional.

Por esta razón, las manos han constituido a lo largo de la historia de la medicina, un verdadero instrumento mediante el cual se establecieron y continúan utilizándose en procesos de curación que van desde masajes hasta procedimientos espiritistas que aunque carezcan de lógica científica, por increíble que parezca, pueden tener efectos benéficos para la salud física y emocional. Cuando se brinda un masaje, se puede inferir que hay una estimulación de los vasos sanguíneos, mejorando la circulación y la oxigenación de tejidos. También se favorece el drenaje linfático y hay una notable disminución en los niveles de tensión, tanto muscular como emocional. Algunas teorías plantean que esto obedece a la liberación de unas sustancias conocidas como endorfinas, que tienen un papel fundamental en nuestros estados emocionales; sin embargo, independientemente de cualquier suposición, todos conocemos la agradable y relajante sensación que se experimenta a través de un buen masaje.


Para los médicos, las manos constituyen la base de la exploración física en cualquier área médica. Inspeccionamos, palpamos, percutimos y auscultamos principalmente con las manos y los dedos, antes de utilizar otros sentidos. Podemos evaluar la palidez de tegumentos anticipando enfermedades comunes como la anemia, o alteraciones de consecuencias graves. Sin embargo, en un artículo publicado por la reconocida revista médica “Archivos de Medicina Interna”1 se hace notar un fenómeno especial. En una encuesta orientada a cómo mejorar la entrevista (o la consulta) dirigida a los enfermos, manifestaron que una de las partes más importantes del contacto con el médico se inicia cuando se saluda con las manos.

Mediante grabaciones de video, se encontró que solamente la mitad de los médicos se dirigió a sus pacientes utilizando sus nombres de pila. Por otro lado, los enfermos prefieren que el médico se presente a sí mismo utilizando su nombre completo, sin anteponer el título y el apellido. Por último, se tomaron en cuenta otros aspectos como la sonrisa, la amistad, la calidez, el respeto, las atenciones y sobre todo, el ser atendidos con calma, que son aspectos tan obvios que no necesitan mayores explicaciones.

En muchas ocasiones hemos sido atendidos por un médico que, detrás de un escritorio y enfundado en una bata blanca despersonaliza la atención, imponiendo una barrera de comunicación vital para el buen desarrollo de una consulta.

Por eso el viejo refrán “manos que no dais… ¿qué esperais?” alcanza su mayor significado en el curioso, científico, metodológico y hasta artesanal proceso de consultar.

  1. Makoul G. Zick A. Green M. An Evidence–Based Perspectiva on Greetings in medical Encounters. Arch Intern Med. 2007;167:1172–1176.