El largo manto que arrastramos

La soledad en el corazón de los hombres

es el manto largo que arrastramos,

una sombra que, según el día,


nos lleva al ayer o adelanta el horizonte.

 

Al manto lo horada el deseo

y la luz de otros cuerpos nos confunde:

somos corazones  derramándose en un llano

y corazones que regresan vacíos a su hueco.

 

Al manto lo zurce la memoria,

lo humedece de oscuridades

y los corazones callan para oír

si en alguna vena aquella soledad fluye todavía

y asustada nos grita desde el hueco.

 

Y es que la soledad es el inesperado huésped

que tarda en irse, solazada en la tristeza

con la que la alimentamos, la vestimos,

la desnudamos y enloquecemos

con el néctar de los cuerpos.

 

La soledad se enamora del corazón de los hombres.

Ahí está, no la vimos llegar, ni sabemos si se irá, ni cuándo.

Alguna tarde, de repente,

se convierte en escritura, en plástica o en acorde,

entonces la enmarcamos como una foto antigua

donde nos sonríe con el corazón entre sus manos.