La violencia como identidad

Joan Ramon Resina

Publicado el 5/01/2018 En catalán en el diario digital VilaWeb

 


 

«La violencia acaba agotándose cuando no tiene ningún otro motor que ella misma. Cuando llega a su máximo grado, hace implosión, desmoralizando a sus partidarios»

 

Sabíamos que si Cataluña fracasaba en el intento de independizarse, la reacción del estado sería demoledora. La invocación del artículo 155 no ha sido más que la hoja de parra, un legalismo muy delgado para justificar la agresión sin matices. Por esto la suspensión a partir del día 17 no cambiará nada. Cataluña ya era la pieza a abatir antes del 1 de octubre, pero una vez se ha levantado la veda, el a-por-ellos se ha convertido en consigna de un cierto patriotismo español. No podía ser de ninguna otra forma. Las sociedades necesitan un enemigo per a cohesionarse y la violencia acostumbra a ser el fundamento. Esto es cierto sobre todo en épocas de crisis, cuando los miedos se apoderan de la ciudadanía y cuesta encarar el futuro. España hace décadas que inició una involución, disimulada un tiempo por la bonanza económica, que se basaba en una ficción. Desde que estalló la crisis (no tan sólo económica sino también constitucional, cultural, de valores) España se quedó sin horizonte y ahora es un país condenado a una existencia performativa, a la inacabable, por absurda, reconstrucción de una identidad que ya tan sólo se expresa por medio del espejismo de una unidad inalcanzable. Cataluña, dicho sea de paso, también parece condenada a una existencia de holandés errante, siempre al borde de disolver su identidad en una aspiración que se le escurre cuando más la tiene al alcance.

 

Hace más de un siglo que España no se embarca en guerras exteriores, y ya hace siglos que no tiene ninguna victoria militar verdadera, si se pondera el papel del ejército de Wellington en la guerra del francés. Desde el siglo XVII, casi desde Rocroi, ha sido derrotada en todos les frentes excepto el interior. Se comprende que el resentimiento sea enorme y busque válvulas compensadoras. El ‘pinchismo’ que estos días aflora a todos los niveles del estado es la otra cara de la impotencia frente al fracaso de la operación modernizadora iniciada en los años ochenta y que ahora se revela cosmética y superficial. Ahora bien, un estado no es sino la organización social de la violencia, y la soberanía, el poder de definir el enemigo. De cómo administre este poder depende la estabilidad y el prestigio del estado.

Es un síntoma de la fragilidad de la democracia española que, mientras la violencia contra Cataluña del 1 de octubre escandalizaba al mundo, el poder central lo utilizara para legitimar la represión posterior. Quizá nada define mejor la diferencia española. Cuando alguna vez he dicho que el conflicto hispano-catalán era fundamentalmente un choque de identidades, siempre ha habido alguien dispuesto a negarlo. La corrección política, por un lado, y el idealismo, por otro, esconden el problema bajo una alfombra de lugares comunes. Pero he aquí que una gran parte de los españoles, comprendidos los que viven en Cataluña, se identifiquen con la violencia del estado, la hacen suya, la aplauden y la animan. Piden sangre. Y cárceles. Y linchamientos mediáticos. Toda circunstancia, por pequeña que sea, es ocasión de castigo, se trate de unas piezas de arte en quien nadie habría reparado si hubieran estado en cualquier museo fuera de Cataluña, o del hecho que en una escuela de Terrassa un maestro haga un ‘referéndum’ para escoger a los delegados de clase (ya se persiguen las palabras, como siempre ocurre en las dictaduras), por no hablar de la persecución de la misma crítica de la violencia, o, en fin, de las denuncias de la enseñanza, un clásico del asalto a la autonomía, intentando un vez y otra, como la toma de Jericó, a base de rodear las murallas con la trompetería dando toda su potencia de escándalo.

Los que saludan a la violencia no son espectadores sino actores por institución interpuesta. Para muchos, el 1 de octubre fue la señal para rendir cuentas. En pocos años se ha transitad de ‘echar una firma contra los catalanes’ a la humillación sangrante y a la impunidad absoluta. En el independentismo España ha redescubierto el chivo expiatorio al que trasladar los propios pecados y sacrificarlo en una ceremonia catártica de reconciliación consigo misma.

Hay quien se pregunta cómo ha sido posible un fracaso tan estrepitoso de la democracia. Como es habitual, la respuesta ordinaria no explica nada. Se ha dicho, para normalizar le excepcionalidad, que ningún país tolera la escisión de una parte del territorio. Esta explicación es patentemente falsa, como lo demuestran las diversas escisiones de baja conflictividad acaecidas a lo largo del siglo XX, y los referéndums de independencia organizados en democracias avanzadas como el Reino Unido y Canadá. Pregunten a cualquier de los que hoy truenan contra todo lo que huela a catalanidad en qué le perjudicaría una república catalana dentro del espacio europeo compartido. Difícilmente les responderá que le preocupa mantener la capacidad extractiva del estado. O que teme la limitación de la movilidad de las personas. Hoy la independencia, incluso fuera del espacio Schengen, no implica poner fronteras obstructivas. Lo demuestra la negociación de un Brexit suave, o más cercano, el ejemplo de Andorra, país extracomunitario prácticamente españolizado. ¿Qué quieren decir, pues, los que dicen que sentirían la independencia de Cataluña como una amputación? Ya sorprende que el órgano escogido por los que se sirven de esta analogía no sea jamás la cabeza, que es, por seguir con la metáfora, el lugar donde reside el cabeza de estado; ni mucho menos el corazón, reservado por derecho natural a Castilla (Machado dixit), pero ni tan siquiera el hígado o el estómago, ni ningún otro órgano vital. La parte con la que se compara Cataluña suele ser un brazo, o sea, una extremidad útil pero no central ni indispensable a la personalidad. Es como si la misma metáfora relativizara la integridad del cuerpo constitucionalmente indivisible. Atribuir a Cataluña una función puramente instrumental en el cuerpo español equivale a negarle las funciones rectora y afectiva; es devaluarla al nivel de simple pertenencia.

 

La independencia de Cataluña repugna en la medida que es imaginable. Y lo es no por estar mejor organizada o ser económicamente más viable que la de otras comunidades con una pulsión nacional más débil, sino para avalarla una identidad imposible de negar y de mal trivializar. Por esto, la violencia no cesará con el fin del 155, que es meramente su articulación procedimental. Una vez se ha desatado, debe de realizar necesariamente su recorrido.

 

El 22 de diciembre los catalanes despertaron a una pesadilla. Un millón de vecinos (no se pude llamar compatriotas y la palabra conciudadanos está definitivamente viciada por la apropiación partidista) dijeron claro y alto que eran españoles, y que estaban dispuestos a serlo a detrás de la violencia, las mentiras, la censura y la persecución de los que reclaman el derecho a decidir democráticamente su futuro político. El 1 de octubre fue la prueba de que España no puede controlar a Cataluña si no es con violencia. Esta violencia, unos la reprueban y otros la esgrimen sin complejos. Al fin i al cabo la fiscalía lo afina, culpabilizando la víctima por el mero echo de sufrirla, como si la violencia emanara de un circuito cerrado.

 

El 1 de octubre cristalizaron dos identidades a ambos lados de las urnas, y las del 21 de diciembre acabaron de definirlas nítidamente. La división efectiva, independientemente de la distribución partidista del voto, hoy existe entre los que emprendieron un viaje pacífico hacia la dignidad y los que se alinean con la brutalidad policíaca y la venganza judicial posterior. Existe la identidad de los que reclaman la libertad de los presos políticos y la de los que niegan la existencia de presos políticos, los mismos que llaman a desinfectar las instituciones y los medios de comunicación, les que aprueban la arbitrariedad jurídica y amenazan con repetir el estado de excepción, los que proponen indultos antes que haya condenas y los que ponen el grito en el cielo frente a la ‘debilidad’ de indultar, porque ¿de qué sirve un chivo expiatorio indultado? Estas son las identidades operativas a inicios de 2018, las únicas políticamente significativas en el sistema binario que dinamiza la estructura simbólica del estado español.

 

No nos engañemos: la violencia forma parte de la esencia del estado. Y Cataluña no le puede hacer frente con una propia, precisamente porque no es un estado. Pero la violencia acaba agotándose cuando no tiene ningún otro motor que ella misma. Cuando llega al su máximo grado, implosiona, desmoralizando a sus partidarios. Porque no es posible respetar la violencia por si misma, ni respetarse quien la practica al margen de toda justificación moral. Este es el secreto de la resistencia pacífica: conservar las cotas más altas de la moralidad. Pero la resistencia no violenta tan solo es eficaz cuando la víctima la convierte en estrategia, cuando convierte su sufrimiento en una identidad. Mientras los opresores esconden la violencia tanto como pueden, la estrategia no violenta intenta llevarla al paroxismo. Conviene que se perciba hasta que se devore a si misma. Esto es así porque en la mayoría de personas la capacidad de identificarse con el mal es limitada, y llega un momento en que la indiferencia y la equidistancia devienen se insoportables y la personas se separan de ella a fin de salvar la autoestima.