La vergüenza de Francisco

Bergoglio llegó a la silla presidencial del Vaticano –pues al menos en mi país, siempre se recibe al santísimo padre como a un jefe de estado, y de los gordos- con ánimos renovados, como con cara de provocar un cisma. Los atisbos de rebeldía del continuador número doscientos sesenta y seis de Pedro, iniciaron el día que anunció su sobrenombre religioso al mundo: Francisco, el amotinado por excelencia. Después salió con que no quería el habitual trono, que se conformaba con una silla; lo mismo con la estola, los zapatos, la joyería.

Francisco se manejaba con levedad, arrojando sonrisas y buena onda por todos lados, como un Barack Obama con solideo blanco, profiriendo cosas que le empezaban a hacer ojitos a la juventud alejada de la senda de Cristo, aburrida hasta los huesos del anticlimático Ratzinger.

Orgullo para Latinoamérica, y en especial para los argentinos, Bergoglio empezaba a recobrar esa confianza rota de los malagradecidos hispanos, que habían empezado a fugarse por montones a las decenas de sectas protestantes que ofrece el mundo previamente conquistado por el catolicismo.


Pero, por otra parte, desmantelando el lujo papal, lavando pies  de musulmanes y budistas, y diciendo que no hacía falta ser católico para ser chévere como él, el nuevo Papa nada más no convencía al sector más conservador de su iglesia. A lo mejor los rígidos miembros del Opus Dei veían en Francisco rezagos de los temibles Fraticelli, brazo hereje pero filial al santo en el que Bergoglio inspiró su alias. O tal vez detrás del argentino se asomaba el mismísimo Francisco de Asís y el temor era que, en un ataque de bondad, el Papa vaciara las arcas del Vaticano para repartir la riqueza entre los pobres.

Pues ya van cinco años del jesuita que se asumió franciscano y el cuento del cambio dentro de la Iglesia, el que ofrecía sin ofrecer Francisco, con su buena onda y su austeridad, se vino abajo y de forma estrepitosa. ¡¿Pero por qué?! Pues porque resulta que la Iglesia en la que Jorge Mario Bergoglio milita como profesional de la santidad desde 1969, sin contar los largos años de feligresía que seguro carga detrás, está enterada desde 1963 –al menos- de un aparatoso número de abusos sexuales a menores, cometidos por más de tres centenas de sacerdotes católicos. Todo esto sucedió en Pensilvania, que está lejísimos del Vaticano, pero no lo suficiente como para evitar que el santísimo Estado interviniera a favor de sus corderos (o pastores) descarriados, encubriendo los casos y aplicando el ejemplar castigo de mudar, de parroquia en parroquia, a los curas tocadores de genitales pre púberes.

A la terrible situación Francisco se pronunció avergonzado, con todo y que en el  2014, con sus franciscanas-jesuitas manos, ungió de santo a Juan Pablo II y a Juan XXIII de paso. ¿Y eso qué tiene que ver? Pues que el señor Wojtyła, para muchos malpensados y herejes, fue un conocido encubridor de curas pederastas. Para otros bienaventurados, como el ex vocero papal, Joaquín Navarro Valls, la cosa era más compleja que un entramado de tapaderas entre padres tentones, pues lo que pasaba con Juan Pablo II obedecía a cuestiones de una mente santa: su pensamiento era tan puro, que no comprendía cómo un sacerdote podía abusar sexualmente a un niño.

A Wojtyła todo el quilombo de abusos a menores, que se gestó en buena parte de sus veintiséis años de pontificado, le hizo lo que el viento a Juárez, porque como dice la porra surgida en mi país, a Juan Pablo II <<¡lo quiere todo el mundo!>>, y hasta muerto es incuestionable.

Al pobre Bergoglio, en cambio, lo empiezan a desquerer. ¿Quiénes? Los que se creyeron el cuento de que el argentino era un reformador de la Iglesia.

No se enojen con él ¡¿Qué esperaban que hiciera?! ¿Convocar a un concilio que desdijera el de Letrán para que lo curas y las monjas sean libres del celibato? La idea no es mala, pero si no lo hizo el Papa Borgia –que disfrutaba la vida en pleno- menos lo iba a hacer el jesuita. Lo que ha sido costumbre durante varios cientos de años se convierte en dogma y los dogmas no se crean ni se destruyen, sólo se transforman, y a conveniencia. De ese tipo de mutaciones Bergoglio sabe mucho, pues estudió química; de disfrutar la vida loca, con la complicidad del secretismo en la Iglesia, el Papa Borgia sabía más.

Las buenas noticias, en medio de este clima caótico para la Iglesia de Pedro, son -creo yo-  para los que al principio encontraban a Francisco muy liberal. El sumo pontífice, el ex consentido de la juventud tentada a volver al regazo del catolicismo, el que se mostró piadoso al hablar de quién se va o no al infierno,  el que tiró buen rollo a diestra y siniestra al principio de su administración, se fue para dar lugar a la versión avergonzada pero pasiva de un Papa que recuerda más a su predecesor –el famoso, que de Ratzinger ni quien se acuerde- Juan Pablo II. Un Papa como nos gusta.

¿Será que Bergoglio está avergonzado por ser sus pensamientos más impuros que los de Wojtyła, y por tanto, capaces de concebir la terrible pederastia dentro de su gremio? Porque para avergonzarse de la situación real, si es que la pena es genuina, se tardó mucho.

En más de una ocasión, los actos lascivos entre curas y niños se han arreglado a la cristiana: con limosna, que ellos hacen llamar indemnización. Como un seguro por si tropiezas en el trabajo, la compensación económica de la santísima institución es exclusiva para los que tropiezan con un párroco pederasta. Hace años se vendía la salvación, hoy te dan un dinero por haberte arruinado la infancia y probablemente la vida.

Si el tormento que aqueja a Bergoglio por las acciones perversas de sus colegas de menor rango es verdadero, estemos todos pendientes del proceder de este Papa tan diferente: el primer argentino, el primer jesuita y el primer Francisco. Mis expectativas, sin embargo, son pocas, pues desde que recuerdo tener el entendimiento suficiente para empezar a temer a los ensotanados, la fórmula del abuso sexual asociado a la iglesia católica es casi siempre la misma: gran escándalo, pocas consecuencias.

¿Qué va a hacer nuestro Papa jesuita?