La última enfermedad de Molière

Un día como hoy, pero de hace 344 años, falleció el francés Jean–Baptiste Poquelin, mejor conocido como Molière (1622–1673), quien fue un dramaturgo, comediante, actor y humorista cuya validez no se ha perdido a pesar de los años, manteniéndose con una vigencia sorprendente.

Cuando me encontraba estudiando la carrera de medicina en la Universidad Autónoma de Puebla, muchachos del teatro universitario presentaron dos puestas en escena de él: El médico a palos (Le Médecin malgré lui, 1666) y El ávaro (L’Avare, 1668). Sobra decir que a pesar de tratarse de obras muy antiguas, resultaron maravillosamente entretenidas y sorprendentemente aleccionadoras.

Molière fue hijo de un tapicero llamado Jean Poquelin, casado con una mujer conocida como Marie Cressé, quienes no fomentaron las inquietudes literarias del futuro genio. Fueron sus tíos quienes lo llevaban a frecuentar obras de teatro. Huérfano de madre a los 10 años de edad al parecer no tuvo una estrecha relación con su padre. Esta razón puede explicar como a los 21 años se separó del hogar para incursionar en el teatro profesionalmente, teniendo como una constante, diversos fracasos que le endeudaron hasta el grado de llegar a ser encarcelado. Bajo esta condición, dejó la ciudad de París, actuando en diversos lugares como un nómada. Fue entre los años de 1645 y 1658 cuando comenzó a escribir comedias que no tuvieron un éxito sobresaliente, pero que sobrevivieron gracias a las extraordinarias dotes histriónicas de Molière, quien con mucha facilidad hacía reir a quienes lo veían. Pero comenzó a escribir obras llenas de ironías y críticas a las altas esferas sociales y las eclesiásticas, por lo que fue considerado como un individuo al que había que reprimir y prohibir. Esto no condicionó una limitante para expresarse, pese a que en varias ocasiones se prohibieron representaciones de sus obras, aunque pudo hacer puestas en escena que mostraba en forma privada. Bajo esta condición pudo ser ampliamente conocido y en lo personal, podría considerar que esta clandestinidad contribuyó a que alrededor suyo creciera una especie de leyenda que enaltecía sus cualidades literarias y teatrales.

No conozco muchas de sus obras, pero las que he tenido oportunidad de ver me han parecido verdaderamente geniales. Su última creación conocida como El enfermo imaginario (Le Malade imaginaire, 1673), no solamente constituye una de las más célebres, sino que tiene como anecdótico fondo, la misma muerte del autor. Teniendo como protagonista a un individuo hipocondriaco (que se inventa enfermedades), durante una representación, el autor tuvo una hemoptisis, es decir, tos con expulsión de sangre; y si bien en la obra de teatro, el personaje imaginariamente enfermo se recupera sin dilación, el autor aquejado por un extremadamente grave problema de salud, paulatinamente iba a agonizar entre las risas de aquellos que disfrutaban de las escenas.


Molière estaba enfermo de tuberculosis pulmonar y esta fue la causa de su muerte; sin embargo, su actividad como dramaturgo, comediante y humorista no solamente lo hizo trascender las fronteras geográficas, sino que también superó a la muerte, pues con sus obras sigue vivo actualmente. Por eso, este día en el que se conmemora su fallecimiento vale la pena recordarlo a través de una frase que me parece genial: “La muerte es el remedio de todos los males; pero no debemos echar mano de éste, hasta la última hora”.

jgar.med@gmail.com




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