La última enfermedad de Diego Rivera

uando hice la especialidad de Epidemiología, una rotación por el Hospital de la Raza me dio la oportunidad de admirar con lujo de detalle y sin límites de tiempo, el mural que tiene como título “El pueblo en demanda de salud”, que es impactante desde muchos puntos de vista y que si bien no describiré en este espacio (poseo orgullosamente una reproducción fotográfica que cargo a cualquier parte a donde voy, en mis mudanzas itinerantes), en efecto no solamente es una obra que resulta impresionante, sino que además conmueve y reafirma la vocación que los médicos experimentamos en ése hospital, donde el extenuante trabajo se funde solidariamente con el compañerismo que se construye cotidianamente entre los profesionales que trabajan ahí.

Pero lo más impresionante es que se trata de un fresco, es decir, la técnica en la que se pinta sobre la pared húmeda, para que al secarse, la puntura se mantenga por periodos muy prolongados sin mantenimiento y casi sin cambios. Pero la dificultad técnica es extraordinariamente compleja, pues debe trabajarse con rapidez antes de que la base se seque y no hay forma de llevar a cabo correcciones, con muchas horas de trabajo continuo y una habilidad para el dibujo que solamente individuos geniales, pueden llevar a cabo.

Este mural que se exhibe en el Centro Médico “La Raza” fue elaborado por Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez, mejor conocido como Diego Rivera (1886–1957), cuyo aniversario luctuoso se conmemora precisamente este día. Originario de Guanajuato, de niño tuvo una “constitución débil” y si bien, su padre deseaba que se volviese militar, desde pequeño mostró inclinaciones y habilidades artísticas sobresalientes, de modo que no solamente comenzó a tener clases de pintura a los 10 años en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, sino que tiempo después, a principios del siglo XX, logró conseguir apoyos para formarse en España y en Paris, que moldearon su particular estilo a través de la percepción e instrucción de grandes pintores europeos.


Vivió en varios lugares como Ecuador, Bolivia, Argentina, Italia, Estados Unidos y por supuesto, en España y Francia. Fue un genio indudablemente, pero si bien, actualmente es reconocido a nivel mundial como uno de los más grandes muralistas que han existido, siempre estuvo envuelto en relaciones amorosas, de un tipo que puede calificarse como patológico. Se consideraba un individuo físicamente feo (situación que puede corroborarse por fotografías que existen de él). Además era obeso y su fama de infiel era muy bien conocida por toda la sociedad; sin embargo, esto no fue un impedimento para que pudiese establecer amoríos con las damas más hermosas y talentosas de ésa época, literalmente dejando por el mundo, muchos “corazones rotos”.

Desde joven se vinculó con varias mujeres al mismo tiempo, abandonando con hijos a aquellas con las que procreó, como una constante en su conducta; y constituye un motivo de asombro, cómo logró ésa capacidad de conquista irresistible para muchas, independientemente de la diferencia en edades, condiciones sociales, ideología política (Diego Rivera tuvo siempre firmes convicciones comunistas); inestabilidad e infidelidad.

La más célebre de sus parejas fue Frida Kahlo (1907–1954), aunque los nombres de otras mujeres, que no menciono por respeto, tienen trascendencia en muy distintos ámbitos.

Pero en 1951 le fue diagnosticada una lesión de tipo canceroso a nivel de los genitales. Esto de ninguna manera representó una limitante para restringir su actividad creativa sino todo lo contrario. Tuvo una especie de auge y estímulo productivos. Un médico que también era su amigo, le propuso como medida terapéutica la mutilación testicular y del pene, a lo que Diego Rivera respondió: “Me niego a aceptar la amputación de esos órganos que me han dado el más grande placer que conozco”.

En ése entonces se estudiaba un tratamiento para el cáncer en la Unión de la Repúblicas Socialistas Soviéticas, hoy Rusia, a base de radiaciones con una “Bomba de Cobalto”, que le aplicaron y de la cual salió adelante, siendo dado de alta, en un perfecto estado de salud, a decir de los médicos rusos. Pero casi un año después, Diego Rivera moriría de una enfermedad cardiaca, aunque hay quienes afirman que fue consecuencia del cáncer.

Las mujeres fueron su pasión delirante y los murales su obsesión mística, con la que representó una visión social de la vida entre la gente humilde. Esto lo ubica como uno de los más grandes artistas del siglo pasado, aunque hablando en términos de su vida sentimental, haya sido un verdadero desastre.