La revolución social que viene: consumidores del mundo, uníos / III

“Debemos prepararnos para un largo periodo que estará marcado

por más preguntas que respuestas, y por mas problemas que soluciones”.

Zygmunt Bauman


 

Subiste una abundante clase de ciudadanos consumidores con cierto poder adquisitivo que normalmente son empleados, empresarios, pequeños comerciantes y profesionistas –que son altamente vigilados por el sistema estatal–, los que les permite consumir a unos comida, ropa y muebles, y a otros, los productos de vanguardia, es decir, los grandes desarrollos tecnológicos, pantallas, equipos de comunicación, computadoras. Otros más que pueden consumir autos y casas. Adicionalmente, tenemos otro grupo que puede consumir viajes, seguros médicos y de vida, pero que para ese consumo generalizado están forzados a contraer deudas bancarias y depender de las grandes empresas telefónicas, de TV de cable, financieras, de seguros, es decir, se encuentran eternamente endeudados y permanentemente pagando cuotas, no al Estado, sino a las grandes corporaciones económicas, y es esta etapa del consumismo en donde se encuentran esclavizados los consumidores, una esclavitud diferente a la del siglo XVI pero donde son igual de impotentes que los esclavos de esos tiempos. ¿Quién no ha tenido problemas con un banco por una comisión bancaria, una tarjeta de crédito, un seguro de robo de coche, de vida o de gastos médicos? ¿Cuántas veces el producto o servicio no es de calidad de las empresas telefónicas, la calidad de los productos que se consumen, sobre todo los alimenticios? ¿Que estas sociedades no vulneran derechos fundamentales? Desde luego que no hay mecanismo por parte del Estado para defenderse de estas entidades privadas, los organismos administrativos para proteger a los consumidores, usuarios de la banca, etcétera, están llenos de incompetencia y de simples buenos propósitos; los juicios de amparo en contra de estas corporaciones privadas son aún de reciente creación como para tener la capacidad y los dientes suficientes para proteger a un simple consumidor. Además, en el fondo, en aquellos casos emblemáticos desde luego que el riesgo de huida de capitales a otros Estados es la mejor arma para inmunizarlos de las instancias jurisdiccionales; en tanto, los ciudadanos–consumidores viven impotentes ante la presencia de estas compañías privadas que van paulatinamente nutriéndose de los descuentos, intereses, cuotas y salarios de esa gran masa de la población. Es evidente que hoy son estas entidades privadas las que han sobrepasado el poder del Estado y de sus instituciones; a diferencia del Estado en donde podemos visualizar a los funcionarios y servidores públicos, en el caso de estas empresas no se conoce quién pone cabeza en éstas ni cómo están conformadas, lo cual provoca mayor animadversión sobre ellas.

El Derecho Constitucional actual debe girar hacia la forma de contener a estas empresas transnacionales, en lugar de estar estancado en la colisión de los derechos fundamentales, en la ponderación y otros temas que no han llevado más que a la discrecionalidad judicial y a que las decisiones jurisdiccionales sean sobre todo políticas y no caigan en el ámbito jurídico de la interpretación de la norma y su aplicación. Pareciera que el Derecho constitucional se ve impotente ante estas corporaciones económicas que le impiden tutelar los derechos de los ciudadanos en cada uno de los Estados y ciudadanos que en el papel de consumidores están muy debajo de estas empresas o son proveedores de las mismas, constituidos como empresas normalmente maquiladoras de inversión domestica que aspiran que cada vez que acuden a cobrarle a estas transnacionales no les descuenten comisiones y penalidades de contratos leoninos de los cuales no hay más que firmar o morir en el intento.

Así, los grandes tratadistas del Derecho Constitucional hacen alusión a una tercer generación de las constituciones para que con esta constitución privada pueda contener a estos capitales globales (Ferrajoli, Luigi, Los derechos y sus garantías, Trotta, Madrid, 2016). Otros más consideran que la libertad del capitalismo financiero en realidad es el libertinaje de las transnacionales para incluso imponer las políticas públicas de las naciones, que consisten principalmente en concesionar todo lo que “no debe” estar a cargo del Estado (Feinmann, José Pablo, Filosofía política del poder mediático, Planeta, Buenos Aires, 2013), es decir, este Estado tiene el único deber de contar con deudas para hacerlo cada día mas débil y más dependiente de estas entidades globales que, controlando la energía eléctrica, combustibles, los sistemas bancarios, internet, servicio de agua, tienen lo suficiente para derrocar a cualquier gobierno de una nación.

En conclusión, ¿qué les queda por hacer a los ciudadanos–consumidores? Es evidente que la siguiente revolución social, así como alguna vez lo fueron la francesa, la rusa, la mexicana y la cubana, siempre contra el poder político, es decir, el poder estatal, que es el que cuenta con el monopolio de la fuerza en una nación, ahora será contra los poderes económicos, a manera de la Toma de la Bastilla, el Grito de Independencia, el desembarque o alguna otra forma, pero es la que sigue en un mundo que se deteriora con el cambio climático, con las desigualdades sociales y económicas, con las grandes migraciones que se han convertido en una especie de migraciones famélicas y que están provocando esa revolución social que viene.