La revolución social que viene: consumidores del mundo, uníos / I

“El Estado constitucional situado en el contexto de la globalización… deberá interceptar los riesgos que amanecen al ciudadano cuando se enfrenta no ya al Estado, sino a sujetos de Derecho privado”.

Michael Stolleis

“Proletarios del mundo, uníos, no tenéis nada que perder, excepto vuestras cadenas” es una de las frases célebres del manifiesto comunista que se ha traducido también como “trabajadores del mundo”, escrito en el siglo XIX por Carlos Marx y Friedrich Engels, en tiempos de la Europa del denominado capitalismo “productivo”, cuyo objetivo, como su nombre lo dice, es la máxima producción de mercancías, para lo cual se requiere de mano de obra, es decir, de trabajadores. Son los tiempos –se escribió en 1848– en que se necesitaban en los talleres, empresas, centros de trabajo, un sinnúmero de obreros para poder producir esos productos. Hoy, después de más de 150 años, el mundo es diferente; de entrada, el propio capitalismo ya dejó de ser productivo, y pasó a ser un capitalismo financiero (Bauman, Zygmunt, Mundo consumo, Paidós, México, 2010) en donde el objetivo ya no es la producción, sino la especulación, lo que provoca que se requiera cada vez de menos mano de obra, en lo cual también ha influido mucho el desarrollo tecnológico, pues con menos personas se puede producir más. Sin embargo, en este capitalismo, también llamado tardío, los grandes propietarios del dinero no son los propietarios de la producción, sino los tenedores de acciones en las bolsas del mundo, y para ello lo que requieren no es la propiedad de tierras o fábricas, sino la propiedad de la información; monopolizan la información financiera, política y jurídica, por lo que también se le ha llamado a este nuevo capitalismo como informático o comunicacional (Feinmann, José Pablo, Crítica del neoliberalismo, Planeta, Buenos Aires, 2016), ya que es a través del conocimiento certero y oportuno de la información del mundo como les permite abonar en sus capitales y rendimientos, para saber en cuáles empresas invertir, en qué naciones acercarse a su poder político, en qué sociedades vender sus acciones y en qué países retirar sus intereses. Hoy se mueve el mundo de esa forma.


Y a todo esto, ¿qué sucedió con los trabajadores? Se podría sostener que primero lucharon por el reconocimiento de sus derechos, en particular los derechos sociales, obteniendo la calidad de personas y ciudadanos de un determinado Estado–Nación, derechos que parten del derecho de igualdad –de las políticas de izquierda–, gozar de un salario, vacaciones, horas límite de trabajo, prestaciones laborales, derechos al acceso a servicios de salud, educación, etcétera. (Bobbio, Norberto, Derecha e izquierda, Taurus, México, 2014); sin embargo, con la entrada de la década de los noventa del siglo pasado –emblemáticamente la caída del muro de Berlín: 9 de noviembre de 1989– se fueron perdiendo y disminuyendo estos derechos, y en otros casos fueron absorbidos por las propias políticas de derecha (Bauman, Zygmunt y Carlo Bordón, Estado de crisis, Paidós, España, 2016) asumiendo que la capacitación de los trabajadores y la procreación de sujetos sanos y fuertes permite un mejor rendimiento en el trabajo al contratarlos las empresas privadas y sin costo alguno para ellos, pues es el Estado “social de derecho” que les provee de esta mano de obra eficiente. No obstante, con los avances tecnológicos, la colocación estratégica de las plantas de producción en naciones con menos cargas laborales, fiscales y relajaciones jurídicas en materia de medio ambiente (Chevallier, Jacques, El estado posmoderno, Universidad Externado, Colombia, 2011) –como es el caso del ecocidio chino– se fueron perdiendo puestos de empleos seguros y permanentes como en las décadas de los cincuenta del siglo XX, basta con observar la crisis de desempleo en Estados Unidos de América y en los países de Europa Occidental. Hoy son menos los ciudadanos de a pie que pueden gozar de trabajos estables en este capitalismo de la especulación que nos gobierna, al contrario, la ciudadanía sufrió una mutación.