La receta digital

Un conocido me comentaba, a raíz de una dependencia a tranquilizantes, que le era muy fácil elaborar una receta en la computadora obteniendo el nombre de un médico, conseguir el número de cédula profesional en Internet e ir a comprar medicamentos controlados. Efectivamente, si diariamente nos enfrentamos a falsificaciones impresionantes por su calidad (por ejemplo en billetes), es una razón de más para imaginar que habitualmente deben circular una enorme cantidad de recetas falsificadas. Este es un inconveniente de las ciencias aplicadas en la actualidad; sin embargo, ciertamente se consideran más benéficas que perjudiciales.

Los médicos hemos ido agregando ordenadores en los consultorios. Cada vez son más raros aquellos que se resisten a la idea de llevar una agenda en una máquina, recurrir a bases de datos grabados en discos o simplemente a tener una impresora para diseñar recetas y entregarlas a los pacientes especificando los medicamentos con mucha más claridad que elaborándolas a mano, pero en un futuro no muy lejano, se vislumbra un panorama tan aterrador como prometedor: La receta digital.

Ya circulan en los países desarrollados procedimientos que permiten la comunicación entre las computadoras de médicos, de los vendedores de medicamentos y de los ministerios o secretarías de salud. Esto es factible por medio de Internet.


Los médicos disponen de páginas electrónicas a las que puede tener acceso cualquier persona y donde no solamente especifica su currículum vitae, características de su práctica profesional e información general, sino que puede contar además con un programa que generará los listados de pacientes a los que atenderá. Gradualmente, estas páginas serán imprescindibles y estarán validadas por las autoridades en salud.

Por otro lado, cada individuo atendido recibe una receta con una clave que se irá cambiando constantemente y que solamente podrá ser validada precisamente a través de Internet, en cualquier farmacia. Las farmacias tendrán un listado de médicos certificados y tendrán acceso inmediato a sus páginas electrónicas.

A su vez, todo paciente puede tener recetas actualizadas, lo que condicionará la confirmación de la prescripción, tanto por las farmacias como por las autoridades en salud. Esto implicará necesariamente un vínculo estrecho entre pacientes, médicos, farmacéuticos y jurisdicciones. Ahora se debe analizar los positivo y lo negativo de esta tendencia.

La receta digital tendrá, como ventajas, las siguientes (contrastándolas a las recetas tradicionales): va a ser prácticamente imposible falsificarlas o fabricarlas ilegalmente, ya que cada farmacia tendrá que verificar las prescripciones en las páginas electrónicas de los médicos que a su vez estarán certificados por el estado. Van a poder enviarse por correo electrónico a cualquier sitio. Evitarán las malas prácticas farmacéuticas, originadas en la incorrecta lectura de la prescripción, porque se realizarán con computadoras. Proveerá de mucha información para evaluar las características de las indicaciones, evitando las prácticas empíricas en la administración de medicinas. Se facilitará la supervisión de médicos, vigilando estrechamente la calidad en la atención y por último, se terminará en forma definitiva con los falsos títulos, ya que solamente podrán ser indicadas por aquellos profesionistas certificados.

Pero como problemas, uno fácilmente puede imaginar que la atención se tornará fría, automatizada, cara e impersonal. El hecho de que el estado pueda, potencialmente controlar el flujo de pacientes de cada médico, provocará un control fiscal que solamente generará un incremento en los precios de la atención médica. Por otro lado, los pacientes necesariamente tendrán que acudir al médico para tener acceso a medicamentos. Esto limitaría la automedicación, pero condicionará una mayor dependencia del médico con el enfermo, elevando el costo de la atención. Dará pié a que charlatanes, yerberos, chamanes y brujos atiendan a enfermos, retrasando la atención de padecimientos delicados o urgentes y generando complicaciones irreversibles o que pongan en riesgo la vida. Por último, se creará una dependencia tecnológica de consecuencias impredecibles si llegase a alterarse la comunicación, tanto por fallas en la corriente eléctrica como por alteraciones en los programas.

Las computadoras no llegaron para facilitarnos la vida, sino todo lo contrario. Nos la han complicado. Para corroborar lo anterior, hay qué recordar la incertidumbre que nos aborda cuando, frente a una pantalla y un teclado, nuestra computadora llega a fallar. Los problemas son variadísimos, desde la incapacidad de vislumbrar imágenes en el monitor hasta la muy común y desesperante imposibilidad de imprimir un documento urgente; sin embargo, poco a poco, vamos sorteando los problemas y a final de cuentas circunscribimos nuestras vidas con la utilización de computadoras, incluso sin darnos cuenta. No es que todo sea más fácil. Simplemente, podemos hacer más cosas.

Quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado hemos podido percibir los maravillosos alcances del desarrollo tecnológico; pero también hemos logrado distinguir que nuestra inteligencia no se desarrolla a la par de los problemas a resolver. Esto deberá generar una conciencia que nos permita inventar niveles de adaptación nunca antes vistos, pero jamás debemos consentir, perder lo caritativo de nuestra conducta. En efecto, la tecnología es relativamente reciente y gracias a ella hemos alcanzado grandes logros, pero a costa de una generación de problemas sociales y ambientales sin precedente. De ahí que debamos considerar que el médico es ante todo humano y debe tratar precisamente a humanos.

La receta digital representa, desde mi particular punto de vista, una ventaja para que la medicina del futuro pueda ser más precisa, pero también, un riesgo para ser menos humana y, por lo mismo, menos efectiva y, sobre todo, afectiva.

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