La pobreza

Tema ya trillado desde hace un buen tiempo, cada vez parece más ofensivo el término en boca de los políticos. He buscado afanosamente una buena definición de la palabra pobreza y no la encuentro; sin embargo, cuando me pregunto si yo he tenido la experiencia brutal de sentir el ser pobre, de inmediato llegan a mi mente las condiciones en las que me encontré cuando hice mi internado de pregrado, dentro de mi aspiración por llegar a ser médico.

No puedo borrar de mi memoria la sonrisa casi socarrona de las cajeras del banco donde cobraba mi beca, cuando veían, quincena con quincena, la miserable cantidad de salario que recibíamos los internos. Aunque parezca increíble, nos daba pena ir a cobrar. Hablar de cantidades en estos momentos es risible, pues es imposible cuantificar el monto equivalente; sin embargo, recuerdo que apenas correspondía mensualmente a una cuarta parte de lo que costaba rentar un cuarto. Esto nos obligaba a convivir amontonados en un pequeño cubículo al final del pasillo del área de hospitalización o en cuartuchos rentados y compartidos en un genuino acto de generosidad cooperada por todos los médicos internos y un apoyo más que especial por parte de las enfermeras, trabajadoras sociales y personas que laboraban como intendentes. Nuestra alimentación tenía que estar sujeta a la comida del hospital que nos brindó la más profunda de las enseñanzas: el hambre, no perdona y ahí aprendimos una frase que alegraba nuestras vidas… “nade, corra o vuela, ¡a la cazuela!” Y es que nos intruimos en comer prácticamente de todo. Sin embargo, nunca podría quejarme pues un sinnúmero de pacientes, que nos veían en condiciones casi de miseria, aliviaban nuestros días con invitaciones a comidas que estaban directamente relacionadas al más puro interés por desempeñar el trabajo en la mejor de las formas y en la más desinteresada de las maneras.

Pero no puedo decir que fui pobre, pues nuestra condición era envidiable en comparación con lo que tenían que vivir cotidianamente los obreros, albañiles, meseros y todo aquel trabajador que tenía el privilegio de poder ser asistido en el Seguro Social. Dirigir la memoria a ésos tiempos es comprender cómo se forjan las grandes amistades y los más legítimos ideales.


Luego vino el servicio social en la Sierra Norte del Estado de Puebla. No solamente se repitió el mismo fenómeno de beca miserable, sino que pude captar el mismo impacto brutal de la pobreza, ahora en el medio rural. Ahí diagnostiqué por primera vez un caso de paludismo. La toma de muestra sanguínea por medio del método denominado “frotis y gota gruesa” se llevó a cabo con una participación importante de la comunidad; sin embargo, como la Unidad Médica y Familiar era insuficiente para recibir a la gente, decidí hacer la convocatoria en la presidencia municipal, aprovechando a la vez el uso de un micrófono y una potente bocina. Fueron muchas las muestras que se tomaron, pero en un acto inconciente, agotado por el trabajo, dejé los estudios ahí y al otro día, un ejército de cucarachas habían devorado y relamido los portaobjetos con las muestras de sangre… ¡Hasta esos insectos padecían hambre en la más dramática de las formas! Esto me obligó a visitar las casas de los individuos que habían sido muestreados y pude percibir la miseria en la forma más terrible que pudiese imaginarse. No solamente eran los rostros con las mejillas hundidas, los ojos irritados, el cabello opaco, cenizo y la piel reseca; sino el piso de tierra, techos de cartón y paredes fabricadas con “palitos de madera”. Son ya más de treinta años de esas experiencias y como en una espiral, que vista desde al frente aparenta una forma ascendente, en realidad, observándola desde arriba es solamente un círculo del mismo tamaño y con la misma forma. Tuve la oportunidad de formarme como especialista en el Centro Médico Siglo XXI, que por su belleza arquitectónica era llamado el “Holiday IMSS”. Obviamente con una beca precaria que es la constante en cualquier estudiante. Hice una rotación de campo en Chiapas, que repitió la misma visión de miseria en la mayoría de la gente.

Yo no sé cuántos indicadores existen para valorar la pobreza, pero aunque parezca increíble, México no es considerado un país pobre por el Banco Mundial, pues se habla de un Producto Interno Bruto que nos ubica en el onceavo puesto a nivel mundial, con un total de mil 172 billones de dólares y per cápita nada más, alrededor de 11 mil 249 dólares, para el año 2015, que en pesos son 222 mil 376 de pesos, al cambio actual. ¿Dónde están? ¿Qué nos está sucediendo? ¿Somos o no somos pobres? Y dentro de todas las dudas que surgen ante nuestra situación actual, día con día percibo que nuestra condición de pobreza es inconmensurable. En otras palabras, no se puede medir. Esta circunstancia me llena de incertidumbre y temor. ¿Lo entenderán nuestros políticos? Seguramente no.