La pinche corrección política

De un corto tiempo para acá los políticos profesionales y el eco infaltable y pagado de sus voces, que reproducen casi todos los medios de comunicación, han promovido una serie de expresiones en el supuesto de que a partir de manifestarlas públicamente se demuestre una mayor consideración, tolerancia y respeto entre los miembros de la sociedad. La idea no es mala, porque estamos viviendo una época inédita en cuanto a la velocidad en los cambios que se producen en muchos aspectos de la vida social y particularmente en las relaciones personales y familiares.

Los ajustes a esas novedades no son inmediatos y es razonable que haya una natural resistencia a adoptar todo aquello que es nuevo, pero el lenguaje es un elemento cultural que comprende a toda la sociedad y éste no se puede modificar por decreto. Todos recordamos a Fox, con su infumable jerigonza, que se dirigía a una audiencia refiriéndose a “ellas” y a “ellos” con una fingida corrección política, cuando muchas de sus expresiones espontáneas eran discriminatorias hacia las mujeres como aquello de “la lavadora de dos patas” que pronunció en febrero de 2006 o aquello de “están haciendo trabajos que ni los negros quieren hacer allá”, refiriéndose a los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos.

Y con esta misma consideración usamos los “eufemismos” de toda la vida para referirnos a cosas que nos suenan fuertes o desagradables como “popó” a la caca, “pompis” a las nalgas, “bubis” a las chichis, senos o mamas; “pipí” a los orines, “invidentes” a los ciegos, “personas de la tercera edad” o “adultos en plenitud” a los viejos, “pizarrín” al pene, “afroamericanos” a los negros estadounidenses, “damas” a las mujeres, “caballeros” a los hombres, “hacer el amor” a todo tipo de fornicación, “punes” a los pedos, “presuntos” a delincuentes confesos, “gays” a los homosexuales, etcétera.


La corrección política es el nombre del “bien decir”, de este nuevo lenguaje que se trata de imponer a todos y que en estos días ha llegado a escandalizar los castos oídos de los impolutos y honestos directivos de la FIFA, quienes amenazan a la Federación Mexicana de Futbol con suspensiones y sanciones pecuniarias por la conducta inapropiada de un “pequeño” grupo (90 por ciento) de fanáticos mexicanos que gritan en los estadios, para intimidar y ofender a los contrarios, el grito de guerra ¡Eeeeh… puto!

Desde luego que el grito de marras no es un asunto que debamos celebrarle a “la perrada”; sin embargo, creo que la FIFA está “quemando pólvora en infiernillos” en su gazmoño proceder, porque existen asuntos mucho más graves en los que convendría que intervinieran con ese celo que muestran en el cuidado del lenguaje, como el desterrar del deporte los conocidos cochupos, el mal uso del dinero que genera la publicidad y, en suma, la extrema corrupción que el organismo del futbol profesional y la mayoría de sus federaciones afiliadas cometen a diario. Por lo pronto ya salió rápidamente la respuesta de algunos aficionados con el grito alternativo de ¡Eeeeh… Putin!