La otra historia del Frontón México

En 2010 la fallida reinauguración del mayor palacio del Jai Alai sacó a la luz una sórdida historia de poder, corrupción y pleitos insolubles. Para 2013 los rumores de reapertura del Frontón México se filtran de nuevo a la prensa. ¿Habrá pagado al fin sus adeudos con los trabajadores el todopoderoso dueño del lugar, el empresario hispano-mexicano Antonio Cosío?

 

 

Entrada principal del Frontón México.

 


 

Esta vez el rumor puede ser cierto. Aquello que fue mentira en 2010, o la reinauguración del mayor palacio de pelota vasca de América Latina, el Frontón México, podría ser verdad a finales del 2013 según confirman varios medios capitalinos desde la primavera de este año. Incluso los comentaristas económicos más vinculados al poder insisten en la certidumbre de la noticia:

 

Quedó conjurada la huelga que mantuvo paralizado durante 17 años el Frontón México. Los buenos oficios del gobierno de Miguel Mancera lograron desempantanar el conflicto para que Antonio Cosío pueda reabrir el inmueble hacia finales de este año… nomás que consiga al o los empresarios que lleven a los pelotari y opere dos restaurantes, un hotel de postín y, por supuesto, apuestas.

Hay dos hombres de negocios que por su actividad poseen el perfil natural para operar el Frontón México. Uno es Ramón Neme Aziz, presidente del Jai Alive Entertaiment y que es el principal promotor de ese deporte en nuestro país, como lo demostró en el pasado torneo internacional que organizó en Acapulco. Otro, Miguel Alemán, que como arrendatario de la Plaza de Toros México, mantiene activo el coso de Insurgentes con la operación del empresario Rafael Herrerías.

 

Esperando que esta vez sea verdad ¿por qué no recuperar la historia del intento fallido de reapetura que sucedió hace ya tres años? Conocerlo sirve para entender muchas cosas de este bello edificio, de sus dueños y de las raíces del poder de México. Cabe recordar que el 9 de abril del 2010 se anunció a bombo y platillo el inicio de las obras para la renovación del llamado palacio del jai alai, el Frontón México, una deslumbrante muestra del Art Decó, inaugurado el 10 de mayo de 1929, cuyos días de gloria expiraron en septiembre de 1996 cuando los trabajadores del frontón ocuparon las instalaciones para demandar el cobro de los salarios atrasados. La supuesta remodelación nunca sucedió. Y el templo del jai alai sigue cerrado a mediados del 2013.

Los tiempos dorados no han vuelto. En el sexenio del presidente Salinas (1988-1994), y al calor de las privatizaciones masivas, la nueva élite mexicana celebraba su riqueza gastando un millón de dolares trimestrales en la cafetería del frontón mientras las mejores chisteras de Euskadi deleitaban a los juniors de la alta burguesía. En una espiral de apuestas que cortaba el aliento tanto como el zumbido de la pelota a más de 200 kms/hora.

Todo acabó entre el alzamiento zapatista, la súbita y salvaje devaluación de finales de 1994, conocida como el error de diciembre, y la toma del Frontón México en septiembre del 1996. 17 años después, el milagro sigue en veremos. El campeón mexicano de cestapunta, Juan Pablo Valdéz, anunció la primavera del 2010 que iba a coordinar, como arquitecto, las obras de rehabilitación del Frontón México, cuya primera fase debía inaugurarse en la mítica fecha del 20 de noviembre, conmemoración del bicentenario del inicio del proceso de independencia y centenario de la revolución mexicana. El círculo perfecto. O casi.

La reinauguración anunciada nunca llegó. Mientras la plaza de la Revolución, sede del frontón, fue restaurada a marchas forzadas para las fiestas del bicentenarios de septiembre de 2010, no hubo un solo albañil trabajando para renovar la cancha de 60 metros y el bar-restaurante del palacio del jai alai. Militares y políticos andaban buscando localidades para el supuesto partido México-España que  marcaría el retorno de la cestapunta o pelota vasca, pero la realidad es que aquello fue un bluf desmentido por los hechos.

Algo que aceptó sotto voce el portavoz de los dueños, el expelotari Juan Pablo Valdéz: “Don Antonio Cosío me dijo que el asunto laboral lo arreglaba en 24 horas con su amigo el secretario general de la CROC pero la cosa no ha sido tan fácil y de momentos no podemos iniciar obras”. Se refería Valdéz a la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos, el segundo sindicato de México en volumen de afiliados, conocido como “charro” por su tendencia a la colusión con los empresarios. Las causas de tal entuerto es algo que el propio Valdéz quedó para contarme en persona pero la entrevista en su despacho de arquitectura fue cancelada el mismo viernes 5 de octubre del 2010, dos horas antes de la cita, por orden directa del propietario del Frontón México, Antonio Cosío Ariño. Y no acabó aquí la cosa.

 

 

Frontón México: esperando la anhelada reapertura.

 

 

Alfonso López, columnista del periódico capitalino Excélsior, se negó a darme información histórica sobre el jai alai en México para no irritar, dijo en conversación telefónica, al “señor” Cosío: “Fue mi patrón veinticinco años y no quiero problemas con él”. Moriría el cronista taurino un 11 de mayo del 2013. Sin soltar jamás prenda.

 

Antonio Cosío; un poder nacido en Los Pinos

 

Natural es preguntarse quien es ese Cosío que produce tal pavor entre sus empleados pasados y presentes. Fácil es la respuesta. A sus 78 años, este hijo de emigrantes asturianos ocupa el lugar 37 entre los cien empresarios más poderosos de México. Sus credenciales son apabullantes: accionista de los dos principales bancos mexicanos Banamex y BBVA Bancomer, y de tres grandes multinacionales norteamericanas, Frisco, John Deere y Kimberly Clark, Antonio Cosío es también hombre de confianza del magnate Carlos Slim en su red de negocios que incluye el banco Inbursa, Teléfonos de México y las cafeterías Sanborns. Tan rancio apellido gozó de asiento vitalicio en el consejo de administración de Banesto, el viejo banco de la oligarquía franquista, donde su hermano Moisés manejó un gran paquete accionarial hasta su muerte en 1997 cuando ya Banesto era parte de Banco Santander.

Los Cosío siguen siendo, a día de hoy, los mayores rentistas de la Ciudad de Mexico. Herencia del patriarca Moisés, un oscuro comerciante de algodón que atesoró grandes propiedades gracias a sus privilegiados contactos políticos en el entorno del muy católico presidente de Mexico, Manuel Ávila Camacho (1940-1946). No es pecata minuta. Gracias a tal compadrazgo pudo el patriarca acceder a la más colosal requisa de aquellos tiempos: el control de la ciudad de los Deportes, un inmenso predio donde un visionario empresario yucateco, Neguib Simón Jalife, edificó la mayor plaza de toros del mundo y el acutal estadio del Cruz Azul.

Como recuerda Península Deportiva “en 1946 con fuertes pérdidas Don Neguib Simón, así como sus hermanos, estuvieron tan agobiados con las deudas existentes que tuvieron que vender en Noviembre de ese mismo año, 1946, toda la “Ciudad de los Deportes, S.A.”, con la Monumental Plaza México incluida, al capitalista español Moisés Cosío, quien la conservó hasta su muerte en septiembre de 1983″. Un millón y medio de metros cuadrados en el poblado de Mixocac que por presiones del presidente en turno terminaron en manos del clan Cosío. La saga de banqueros Aboumrad, paisanos siriolibaneses de Simón, se quedaron su parte del remate.

La ciudad de los deportes con sus dos únicos edificos construidos: Plaza de Toros México y Estadio Azul.

 

 

Favores presidenciales

 

A muy bajo costo y gracias a la libérrima voluntad presidencial, una área urbana que comprende el Estadio Azul, el Parque Luis G. Urbina o Parque Hundido y la Monumental Plaza México fue fraccionado por Moisés Cosío. Terrenos cuya plusvalía aumentó lustro a lustro mientras se convertía en área residencial para la clase media alta. El origen nada moral de su fortuna no es siquiera un secreto a voces. El sexenio presidencial de Manuel Ávila Camacho (1940-1946) fue algo más que la leyenda del hermano incómodo, o Maximino, pues supuso la entronización del charrismo sindical, coroloario lógico del compadrazgo total entre el estado y la emergente burguesía que al calor del Los Pinos convirtió el país en hacienda particular. El palacio de los escándalos o la residencia que el presidenre Ávila Camacho se construyó en Huixquilucan a costa del erario público es una muestra de su hipocresía. Aunque la casota de su hermanísimo en Polanco reflejaba por igual el descaro de un poder entre feudal y versallesco.

Esquema parecido seguiría Mario Vázquez Raña, otro emigrante español, gallego de Avión por más señas, que gracias a su relación personal con el presidente Echeverría (1970-1976) conseguiría su regalo sexenal: la cesión en 1973 de la mayor contoladora de periódicos, o la cadena García Valseca, tras embargar el gobierno aquel emporio de prensa, propiedad del decaído coronel poblano José García Valseca quien hizo su fortuna a la vera de los Ávila Camacho, la misma familia que convirtó a o otro de sus compardres, Moises Cosío, en multimillonario. De la Cadena García Valseca a Organización Editorial Mexicana, un mismo hilo mafioso define las grandes fortunas mexicanas.

Los nietos de aquel gachupín, como Antonio Cosío Panda, siguen comprando y vendiendo empresas que un día fueron del estado como Aeroméxico mientras que su padre, Antonio Cosío Ariño, se dedicó a ampliar los negocios familiares esposando a la acaudalada hija de otro emigrante asturiano, Elías Panda, emparentado a su vez con otra familia de residentes españoles, los Mundet, hacedores de un famoso sidral y benefactores de su ciudad natal, Barcelona, lugar en el cual don Arturo construyó los famosos orfanatorios conocidos como Hogares Mundet.

Libaneses, judíos o españoles fueron parte de una inmigración privilegiada, formada por comunidades cerradas cuyas cadenas familiares se instalaron en los circuitos comerciales de la economía nacional. Posición de prestamistas, coyotes y financieros que los vinculó con los círculos del poder político. Una verdadera amistad con el presidente en turno hacía la diferencia entre tener dinero y ser realmente rico. Y fue una exitosa relación sexenal la que situó a los Cosío en el pabellón de los oligarcas mexicanos.

Antonio Cosío, oligarca mexicano de origen español / Imagen: Revista Quién.

 

Quien sabe los entresijos de esta familia es un veterano pelotari que no le teme a Cosío. Hablamos de Eduardo Elorduy, heredero de una saga de hacendados, políticos y pelotaris de origen vasco, responsable directo que en 2010 la reapertura del Frontón México no hubiera pasado de la maqueta. En su recinto sagrado, el Frontón Elorduy, que la familia recuperó para la competición en 2003 este enamorado de la pelota me contó, en otoño de aquel año, y como representante sindical de los empleados, la otra versión del asunto. Él fue pelotari en el México, cobrando un salario de 10.000 dólares mensuales, retando a la élite mundial del cestapunta y viendo como en las alturas arruinaban el palacio del jai alai:

“Moisés Cosío, el hermano mayor y el concesionario del Frontón, lo rentó a un señor de Tijuana llamado Miguel del Río, pero se pelearon desde el principio. Cosío quería la licencia de juego y apuestas que tenía el empresario y este en venganza dejó de pagar el alquiler. Se fueron a un pleito legal que en 1996 ganó la familia Cosío y cuando iban a desalojar a Del Río, nosotros emplazamos a huelga y cuando llegaron sus empleados ocupamos el local”.

Aunque los portavoces de la familia Cosío han argumentado por años que la huelga fue una treta legal del concesionario, lo cierto es que una mezcla de codicia y estupidez había vaciado la gradería del Frontón México desde 1993. Entre juegos amañados, carteles sin estrellas y otros turbios asuntos, como balaceras y peleas frecuentes, los ricos dejaron de asistir. Sin figuras de relumbrón como Emilio Acárraga Jean, dueño de Televisa, el cantante Luis Miguel o la espectral Maria Félix, todo se fue yendo a pique. El tijuanense dejó de pagar sueldos y esta fue la única razón para estallar la huelga.Tras la quiebra y desaparición del endeudado empresario, “sabíamos que Cosío tomaría el inmueble, cerraría el frontón y nos dejaría en la calle y esa era la única formar de conseguir que alguien nos liquidara”.

Antonio Cosío, el hombre que tomó el control del Frontón tras la muerte de su hermano, se negó a pagar un solo peso a unos trabajadores que no consideraba como empleados suyos. Éstos, a su vez, esperaban que tan poderosa familia se hiciera cargo de su situación. Y así pasaron dieciseis años de tribunales, silencios y esperas. Cuando el mayor rentista de la ciudad vio, a principios del 2010, la posibilidad de remodelar tan preciado edifico activó una escisión amarillista que se afilió a la CROC.

Un frontón legendario en manos de una burguesía rapaz.

Veinte de sesenta trabajadores formaron un grupo charro que pese a no tener la titularidad del contrato de trabajo, le dijo a Cosío “que ya tenían todo arreglado cuando en realidad sólo podrá recuperar el frontón si habla con nosotros”. Y mientras los portavoces del gran empresario se quejaban de las leyes del trabajo y pedían urgentes reformas, que consiguieron en 2012, el colérico Elorduy revira:

“A quien habría que reformar es a los empresarios. Si en 1996 hubiera agarrado cuatro pesos, todo se hubiera solucionado, pero como estaba molesto con el sindicato prefirió cerrar el frontón. Ahora vio la oportunidad de sacar partido del frontón pero como siempre pasando por encima de los trabajadores. Y con la pena, pero así no se puede”.

Entre grafitis, bolsas de basuras y banderas rojinegras, el Frontón México no renació el 20 de noviembre del 2010. La larga agonía del jai alai en el DF seguiría por un buen rato. El último intento de reapertura, anunciado en abril del 2013, dependerá otra vez de lo mismo. Que un rico terco y avaricioso pague los salarios caídos de los empleados del Frontón México. La intervención pacificadora del GDF y las ganancías futuras en un zona con creciente plusvalía son pistas que anuncian el final de un eterno conflicto. Veremos. Y veremos pronto. A fin de cuenta los Cosío no han perdido un buen negocio desde 1946…