La obra de Arias es como la vida: un tejido hilvanado por el tiempo: Cuauhtémoc Medina

La obra de Carlos Arias, sostuvo el curador y “crítico de arte retirado” Cuauhtémoc Medina “son un poco como nosotros: tejidos tensados y fruncidos por una línea que ni más ni menos es el tiempo, hilvanes que han sido abandonados, no porque han sido completados, sino porque de vez en vez hay deponer la aguja”.

Completó que la obra de este artista chileno–mexicano mostrada en Capilla del Arte de la Universidad de las Américas (UDLAP) como parte de la exposición El hilo de la vida. Bordados 1994–2015, es material hecho de “contingencia y memoria, mezclando autorretratos, ríos de palabras, bitácoras y frescuras de pensamientos atrapados” que por ende, no hay que ver como piezas acabadas.

En pasados días el curador, considerado como uno de los mejores de su tipo en México y a nivel internacional, ofreció una conferencia basada en el texto Hilos de contingencia, el cual surgió como resultado del trabajo realizado para la exposición de Carlos Arias y será publicado en el catálogo que prepara la Editorial UDLAP.


El relato de Cuauhtémoc Medina comenzó en los años 90 del siglo anterior, con un bordado “comercial y kitsch” sobre la cordillera chilena que Arias propuso como una reflexión sobre el paisaje haciendo un ensamblaje con elementos históricos y simbólicos a través de muñecos de plásticos desvestidos o deformados que referían al autoritarismo vivido en aquel país.

En esa misma década, prosiguió el curador, Arias transitó entre “la imagen y el objeto, entre lo encontrado y lo fabricado, entre el pincel y el fragmento”, estados que en mayor medida se posaron sobre la pintura para luego –a petición de su entonces compañera Mónica Castillo– traspasarlos al bordado.

“(El bordado) fue una fuga a la circularidad de su pintura, un motivo de reflexión, una contención de su pintura y también una cuestión económica” de ahorro, ya que el artista pintaba de manera desmedida.

Así, aquella práctica considerada de “una belleza menor” tanto por la historia como por el arte, expuso el doctor en Historia y Teoría de Arte por la Universidad de Essex, en la Gran Bretaña, en Carlos Arias tuvo un efecto de “dominó y catarata” que lo llevó a repensar el aguja y el hilo como el plano de representación.

“Su abordaje fue múltiple, lo mismo sobre patrones de abordaje comerciales con imaginarios superpuestos que gestos de bordados autoconscientes y autoirónicos, con variedad de analogías, de escrituras. La técnica colapsaba al medio, el material al hilo”.

Arias, continuó Medina, produjo entonces juegos conceptuales construyendo su propio oficio, su propia técnica y sus propios materiales. Un ejemplo extremo, señaló, fue su “zurcido invisible que consistió en un procedimiento irónico: el falsificar el textil con hilo propio”, es decir, el artista bordó para remarcar la trama y la urdimbre hecha por la máquina.

En esta etapa para Carlos Arias, definió Medina, “bordar fue seguir el hilo con más hilo, fue bordar sin bordar nada adicional porque, como escribió Derrida: saber bordar es saber seguir el hilo dado”.

Para el historiador, el artista de origen chileno constituyó una práctica crítica sobre una disciplina que la modernidad había degradado y confinado al ámbito doméstico, del ocio, de lo laborioso y de lo supuestamente propio para las mujeres. Así, dentro de esa “sentencia cultural”, el bordador supo sedimentar en su obra los valores del arte pictórico –ese sí valorado– combinándolos con las técnicas populares mexicanas, como las de la cultura otomí.

El resultado –como se demuestra en la pieza Rojo y Negro– es un bordado geométrico y de orden laberíntico, en donde se hace posible la convivencia de las dos naturalezas, es decir, se logra “una sinergia de las diferencias”.

Cuauhtémoc Medina, en su texto Hilos de contingencia, también notó otro de los aspectos implícitos en los bordados de Carlos Arias, quien aprovechó el potencial escultórico de la disciplina a través de la construcción de “volúmenes objetuales” logrados con el uso de diversos materiales.

Parte importante de esas piezas, expuso, fueron las referencias hacia los cuerpos y sexos tanto masculinos como femeninos, invocados y expuestos en los pliegues, las líneas y la diversidad de los zurcidos. “(Hizo) emerger del material fantasías del deseo, las superficies con pliegues, escenas y penetraciones, enigmas visuales del placer, objetos hipnóticos en los que hay interioridad”.

A este elemento, acotó, Arias introdujo otro de igual peso: la escritura, que hilvanó –algunas veces en blanco– y se clavó “como garrapata a la piel”.

Abundó que a éstos aspectos se sumaron la idea de fragilidad, de separación, de sustentación con su materialidad y de fragmentación, como fue el uso y la invención de técnicas pixeladas y mosaicos.

Para cerrar, Medina habló sobre el periodo reciente de trabajo de Carlos Arias, aquel realizado entre los años 2011 y 2014, que significó la construcción de una “trama figurativa distinta, un bordado melancólico, una crónica y un espejo”.

De este periodo el curador resaltó los “murales desdobables (sic)”, los cuales pueden ser entendidos como una suerte de cuadernos y continuaciones sobre su obra.

De ellos resaltó Jornadas, la pieza que Arias ha realizado durante más de dos décadas, de 18 metros de longitud, que a la manera de códice/mural/ tapiz deja ver al artista, a sus amigos, a su bitácora de trabajo, a su itinerario. “Es un ensamblaje de tareas sucesivas, abierto y vigente, un memorial diario y de construcción de sí mismo”, finalizó el curador.

Destaca que la muestra El hilo de la vida. Bordados 1994–2015 reúne 60 obras de bordado a través de siete ejes temáticos que representan una selección de los últimos 22 años de trabajo artístico de Carlos Arias.

Ésta permanecerá abierta hasta el 6 de septiembre con un horario de visita de martes a domingo de 11 a 19 horas y con entrada libre. Capilla del Arte se ubica en la calle 2 Norte número 6, en el Centro Histórico de la ciudad de Puebla.