La noche de las luciérnagas

Teo, Nico, Lucio, Armando, Luisa, Carlos, Mara, a los demás no se les podía reconocer, no podía, no tenían rostro...La noche de las luciérnagas.

Mara, a los +43, al 2 de octubre, a los 45 años de Joel… porque todo sigue pendiente.

Mis dedos eran de luz la noche que el diablo salió a cazar luciérnagas, como no tenía dónde esconderlos los hundí en mi pecho. Me acuerdo que poquito antes de los disparos estábamos tranquilos en los baños de hombres del internado. Salimos corriendo, tropezando, resbalando, la tierra se hacía una pasta de jabón y rapaduras. Eran varias camionetas, me acordé de Juan, que le habíamos preguntado un día antes si era cierto el rumor de que iban a venir a balacear la escuela. Dijo que no y nos pidió que nos alistáramos para repartir volantes.

Eran varias camionetas las que llegaron quemando llanta a la escuela. El rugido de los motores, las armas y los gritos, las risas sicóticas de los sicarios, todo se volvía un solo resoplar de bestia que grita, ríe y muerde. Eufóricos, visiblemente alterados por algo más que el alcohol, un mundo incomprensible había puesto entre sus dedos convulsos, crispados, los gatillos de sus armas como único asidero a la realidad.


Ya les dije que esa noche mis dedos eran de luz. El índice y anular empezaron a brillar, le siguieron el medio, el pulgar y el meñique despertaron con un fulgor cegador. Solo alcancé a pensar que nunca me había pasado nada raro, y tenía que ser hoy. Además de eso, yo sentía en la garganta la presencia de algo más grande que todo el ruido y la persecución. Dicen que la pezuña del pie izquierdo del diablo chasquea nombres al andar. Con un andar pausado, uno a uno, nos pasaba lista. Ya había oído como se había llevado a Teo y a Nico. Cuando me di cuenta, sentí que el ruido y los sicarios nomás eran de comparsa.

Desde hace mucho, entre la falta de fondos y la corrupción local, nada le faltaba a la escuela para ser una ruina, como si estuviese congelada en una grieta del tiempo.Ahora los muros parecían coladera, tan frágiles, o las armas tan potentes. Ni el piso ni el techo eran seguros, solo quienes pudiesen flotar a media altura podrían estar a salvo. En mi mente solo quería volverme cucaracha, de las que se pegan al rincón, corren y por más que quieras no las puedes matar. Cuando sentí que me alejaba de la Normal,  quedé ciego bajo la luz de un potente faro, tropecé y caí sin fuerza para levantarme. Inmóvil, esperé. Me di cuenta que no me veían a mi, ya una ruina más entre las ruinas, y me di cuenta que así, en la posición grotesca en que quedé congelado por el pánico era como debería seguir, me dolía la mano luminosa pero la dejé como estaba, aplastada bajo mi pecho. Junto a mí yacían más cuerpos en una coreografía tétrica. Teo, Nico, Lucio, Armando, Luisa, Carlos, Mara, a los demás no se les podía reconocer, no podía, no tenían rostro… solo yo sabía que latía mi corazón y ya no era mío. El vehículo arrancó a continuar su búsqueda y el lado oscuro de la cacería me cobijó.

El chasquido de la pezuña dijo mi nombre. Yo metía más mis dedos en mi pecho. Si lo que quería yo era esconderme del diablo. Como lluvia pertinaz, nuevamente cayó metralla pero esta vez era metódica, planeada, eficiente, donde no sería ya una casualidad como la anterior la que me salvase. Se habían ido los sicarios. Los de ahora eran profesionales, efectivos. Me arrastré entre dos muros caídos y me quería incrustar entre los escombros. Pensaba en las polillas que se meten en la madera y deseaba ser una. Siempre me gustaron los insectos. Pero la luz de los dedos en mi pecho se hacía más intensa así que comencé a echarme tierra y escombros encima, tratando de volar a media altura, no, mejor pegado al techo para que no se fuera escapar un rayo de luz. Me sentía una luciérnaga maldita. De todos modos, tenía que elevarme pues esta vez las balas se cercioraban que nadie en el piso estuviera vivo. Seguía yo buscando mi más densa oscuridad para apagar mis dedos sin conseguirlo. Maldita mano con luz, cada herida era como una fuga. Con un último esfuerzo, ya sin sentir la mano, incrusté mi carne en el lodo olor a fierro y me alegré de la posibilidad de morir dormido.

No sé cuanto tiempo tardé en despertar pero era una tarde limpia. Al abrir los ojos me encontré rodeado de rituales, de pésames, de cubetas de agua con jabón y trapos mojados en llanto. Miré caer bajo de mi reliquias de los muertos entre lodo y flores. Me quedé aún un instante sin saber si debía salir o dejarme cubrir por esa paz movediza echa de restos y rezos.

Quise vivir y me descolgué, con mis dedos cenizos como focos fundidos y mi pecho quemado por su luz; repté entre las ruinas, cada fisura era una mirada. En una grieta cercana una compañera también salía de entre la tierra, era Mara, su vientre redondo de mujer embarazada, tan perfecto, hacía un contraste con el desastre. Su cuerpo era un manifiesto sagrado, eterno, rabo de nube que se distancia de la tormenta. Era como una noche nueva, muy azul, con una estrella muy luminosa anunciando la luna. Nos abrazamos y caminamos de la mano, nos sentimos invisibles, recorrimos cuesta arriba los escombros hasta que ya no quedaron miserias y estábamos en una vereda entre los amates, todos adornados con ofrendas. Como todos los amates, brillaban con ese modesto brillo imperceptible que los hace fantasmales al atardecer. Había ajetreo de tormenta pasada, la calma agitada de un campo de batalla donde se acabó la guerra porque no quedaba nadie más. Me sorprendió mucho ver triste a la muerte. Recordé lo de mis dedos y todo lo raro de la noche anterior, así que no tuve mucho reparo en dirigirme a ella. La muerte estaba triste, se volvía madre como excusa, como diciéndonos que no, que nada de lo ocurrido tenía que ver con ella, que los tiempos en que nos moríamos en paz no eran estos, que la buena muerte nunca es dolorosa, y que a cada muerto como nosotros nos correspondía por derecho una nueva vida.