La Maya

El lunes pasado, en el marco del Primer Congreso Interdisciplinario del Sureste organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán en Mérida, dio una conferencia magistral el maestro Fidencio Briceño Chel, lingüísta del Centro INAH Yucatán y activista en pro de la conservación de la lengua maya, comúnmente llamada la maya. “Pasado, presente y futuro del patrimonio lingüístico peninsular” fue el título de su conferencia. En ella hizo una pormenorizada revisión cronológica del estado de las lenguas indígenas y la maya, en particular, desde el ámbito prehispánico hasta los años recientes. Por ejemplo, según datos que reportó, en un censo de 1570 se reportó que casi el 100 por ciento de la población de Nueva España hablaba una lengua indígena; para 2005 apenas si se alcanza 10 por ciento de la población. Tal disminución es consecuencia de numerosos factores entre los que destacan la disminución poblacional indígena en el siglo XVI, producto de las enfermedades traídas por los peninsulares, el mestizaje continuo y el largo proceso de deterioro cultural que han vivido las poblaciones indígenas de nuestro país, sea por los ritmos naturales de la cultura misma o por las interferencias primero españolas y después mexicanas. De hecho, es de destacar un dato revelador: de 1810 a 1895 se redujo la población hablante de una lengua de 60 por ciento a poco más de 15 por ciento, lo que nos habla de las “magníficas” políticas en este sentido que siguieron nuestros primeros mexicanos. Es quizá en lo que sí se pusieron de acuerdo primero centralistas y federalistas y luego los liberales y conservadores: en que las comunidades indígenas debían ser castellanizadas, pues el progreso de la nación dependía de ello.

El asunto de las lenguas indígenas y su comportamiento depende de dos factores principales, uno imbricado con el otro. Primero, las lógicas de la propia cultura que se adapta al presente que le toca vivir, siendo en el caso de las culturas de la prehispánica Mesoamérica, una mezcla interesante de resistencia y negociación. Briceño nos comentó que, a decir de la Unesco, son nueve factores los que determinan la vitalidad de una lengua: 1) el número absoluto de hablantes, 2) el porcentaje de hablantes de la población total, 3) la transmisión intergeneracional, 4) las actitudes de los miembros de la comunidad hacia su lengua, 5) los cambios de los espacios de uso, 6) la respuesta a nuevos espacios y medios, 7) los tipos y calidad de la documentación, 8) los materiales para educación alfabetización en una lengua y 9) las actitudes y políticas lingüísticas gubernamentales e institucionales incluyendo la oficialidad y el uso. Como se ve, la gran mayoría son atribuidos a las propias comunidades, pero ello me lleva al segundo punto. No todo depende del accionar y voluntad de estos grupos, sino mucho ha sido determinado por su relación con el otro, el ladino, el gobernante, el funcionario público y los mestizos en general, pues por su acción u omisión se ha mermado de manera progresiva la existencia de estas lenguas. En efecto, sea por discriminación o por prohibición expresa, la lengua fue relegada al espacio de lo privado, al hogar o a la intimidad de las cocinas, los establos, el campo y los cuartos de servicio. Ahí donde ellos tienen su lugar de trabajo, pero no en donde los blancos y mestizos tienen su espacio, ahí tiene que hablarse la dominante –en toda la expresión de la palabra– y oficial lengua española.

Habló del caso de la lengua itzá, hablada en el Petén Guatemalteco, caso que conozco bien, pues en 2012, como producto de mi tesis doctoral, entrevisté a varias personas de la Academia de las lenguas Mayas. Ninguno de los responsables actuales de la academia habla la lengua desde niños y la han ido aprendiendo de los ancianos y los libros que se han ido desarrollando. A decir de Reginaldo Chayax Huex, otrora presidente de la Academia y encargado de la Asociación Bio–Itzá del Petén, “es tristeza y es una lástima, porque realmente, puros jóvenes, no hay ancianos que puedan hablar bien la lengua y ahorita como que se está revolviendo la lengua maya Itzá, con motivo que no dan el sonido, no saben cuál es la cultura, sino que le dan la tarea a los niños para que ellos vayan investigando… total que los maestros no tienen esa capacidad”. De hecho, el que no hablen la lengua es, en buena medida a la élite política educativa, bien inteligente y capaz, que pensó que si estos maestros enseñaban la lengua, debían cumplir con requisitos administrativos, como títulos universitarios en pedagogía y cursos y cuanta tontera que definitivamente estos ancianos no podrían ni querrían cumplir. Condenadas las lenguas por la modernidad. No obstante, Briceño nos dijo que la maya se encuentra más viva que nunca y que al contar con más de 750 mil hablantes, es una de las lenguas más habladas en nuestro país. La maya es una lengua presente y que cada vez reclama más espacios, como está sucediendo en Campeche que ha incrementado su número de hablantes. Lo único que debemos hacer nosotros es hacernos a un lado y propiciar en nuestros espacios el fomento y respeto a las lenguas originarias.