La isla de los muertos

Serguéi Vasílievich Rajmáninov (1873–1943), quien fue un músico ruso que difícilmente podría ubicar como el más grande de los autores románticos del siglo XX, en un momento en el que el movimiento impresionista dominaba la influencia artística por una especie de “agotamiento” que ameritaba el surgimiento de nuevas formas musicales (y digo difícilmente porque hay otros que también merecen ese calificativo de grandiosos), se encontraba de visita en París en el año de 1907 cuando, parado frente a una pintura, quedó indescriptiblemente impactado.

El autor suizo Arnold Böcklin (1827–1901), quien era un representante del simbolismo, que es en pocas palabras una manifestación de arte que busca captar y descifrar todos los elementos veladamente escondidos dentro de la esencia de las cosas y los seres vivos, simbolizó a un viejo navegante envuelto por una túnica blanca, flotando en una barcaza mientras se dirigía a una isla de rocas que, en una forma de herradura, enmarcan unos altos árboles que semejan cipreses, pues ignoro si estos hermosos árboles pueden crecer en un suelo particularmente rocoso.


Efectivamente el concepto artístico de Böcklin no tiene calificativos en términos verbales. Belleza, seducción, encanto y perfección; para tener una idea de la magnificencia de la obra, fue vuelta a pintar en cinco ocasiones con versiones de las que solamente existen actualmente cuatro, pues una fue destruida en la Segunda Guerra Mundial.

Se dice que el autor nunca dio explicaciones de lo que quiso representar e incluso el nombre de La isla de los muertos fue acuñado por un comerciante de arte que se llamó Friedrich Louis Moritz Anton Gurlitt (1854–1893); sin embargo, a lo largo del tiempo la figura blanca que conduce la barca se ha relacionado con Caronte, que en la mitología griega llevaba las almas al infierno, es decir al inframundo Hades, cuya deidad también se llama así. Pero si bien la pintura es impactante, Serguéi Rajmáninov compuso una obra que no le pide nada a los óleos de Böcklin. Con el nombre de La isla de los muertos, Op. 29, es un poema sinfónico con una instrumentación de tres flautas (que incluyen tres flautines), dos oboes, un corno inglés, dos clarinetes sopranos, un clarinete bajo, dos fagots, un contrafagot, seis cornos, tres trompetas, tres trombones, una tuba, timbales, platillos, un bombo, arpa y todas las cuerdas inician con una suavidad similar a la apariencia de tranquilidad del agua donde se desliza la barca de Caronte. Poco a poco, en una forma sutil, un tema surge de la nada para ir creciendo muy gradualmente en una forma casi desesperante.

Llama la atención el protagonismo ocasional del arpa que, en alternancia con oboes y flautas, va a darle un realce a los instrumentos de cuerda que apoyándose en los vientos, brindarán una experiencia sonora sorprendente en un momento que es tan inesperado como expresivo, que a la larga literalmente quita la respiración.

Todos los instrumentos de la orquesta van sondeando el tema principal en una alternancia que es didácticamente interesante por la forma en la que se tratan de identificar, mientras brotan incesantemente combinaciones sonoras que llenan de ansiedad y agitación, para culminar en un silencio, también paulatino, que interpreto como el entrecruzamiento de la vida y de la muerte, quienes algunos aceptan, pero que otros temen.

Dos grandes momentos de la existencia y dos  hermosísimas manifestaciones del arte. Captar tanta belleza no es posible de lograr en una sola apreciación. Se requiere una preparación con muchas horas de visualización y audición para adentrarse en ese momento sublime de experiencia estética. Así debe ser la muerte. El momento culminante en el que confluye el anhelante y necesario último aliento, con el conflicto existencial de enfrentar el más grande y descomunal misterio de la vida, que es la muerte.

Nota: Si alguien desea una copia de la partitura, con todo gusto la ofrezco a quien la solicite sin compromiso de por medio.