La esperanza de vida y la personalidad

La adolescencia temprana, a partir de los 10 años de edad, marca la entrada a un periodo de cambios neurobiológicos sustanciales, con efectos significativos en la cognición, en lo social y en el desarrollo emocional
La adolescencia temprana, a partir de los 10 años de edad, marca la entrada a un periodo de cambios neurobiológicos sustanciales, con efectos significativos en la cognición, en lo social y en el desarrollo emocional

 

La esperanza de vida, entendida ésta como la media de la cantidad de años que vive una determinada población en un cierto periodo de tiempo, varío a más del doble en el último siglo. La estimación de las esperanzas de vida del conjunto total de la población mundial antes del siglo XIX no fue mayor de 30 años (desde el paleolítico superior hasta el inicio del siglo XX). En muchos casos, los años de esperanza de vida variaban considerablemente en función del sexo (masculino o femenino) o de la clase social. Un individuo nacido antes del siglo XX que superara los 20 años de edad podría considerar que su esperanza de vida fuera comparable con la actual de similar nivel socioeconómico. Actualmente se estima la esperanza de vida mundial en 67.2 años. Tomando en consideración que la salud, la vivienda, la alimentación y la educación son factores que influyen directamente en la esperanza de vida de un individuo, este dato refleja cuanto ha cambiado la vida en los últimos 200 mil años, sobre todo en los últimos 113 años.

Hoy en día la pediatría ha extendido su atención médica de los infantes hasta los 24 años de edad, considerando que los individuos menores de esta edad continúan desarrollándose tanto física como mentalmente. De acuerdo a esta consideración en las centenes de miles de años a la fecha hemos sido gobernados por niños. Por lo que parecería difícil establecer el perfil psicológico de alguno de los grandes héroes de la historia, dada su muerte prematura. Muchos de los líderes militares identificados en los libros de historia tenían un promedio de edad de 25 años. Por dar un ejemplo, tanto Jesucristo como Alejandro Magno murieron a los 33 años de edad y el último fue rey de Macedonia desde los 20 años de edad. Tradicionalmente, las investigaciones sobre la base de los trazos de la personalidad se han dirigido a identificar los fundamentos sobre los que descansan las diferencias de un individuo a otro. Sin embargo, recientemente, el énfasis de estas investigaciones ha sido la identificación biológica, evolutiva y los fundamentos ontogénicos (origen genético) de las grandes dimensiones de la personalidad.


Los principales focos de interés en este tipo de investigación se dirigen hacia el estudio del temperamento: sus fundamentos genéticos y biológicos, su presencia en primates y mamíferos sociales, su estabilidad temporal o representatividad, y de un interés cada día mayor, su presencia en estados muy tempranos en la vida. De esta forma, los estudios sobre los trazos de la personalidad son, de facto, estudios sobre el temperamento1. Las diferencias individuales en el temperamento temprano pueden ser precursores necesarios para las diferencias individuales de la personalidad, modificaciones en el comportamiento, cognición, éxito académico2 y en la naturaleza de las transacciones entre padres e hijos3. Se puede decir que el temperamento representa la base constitucional del despertar afectivo, la expresión y los componentes regulatorios de la personalidad4. Basado en estudios donde se involucran tanto el contexto como el tiempo, el temperamento, actualmente, se entiende como una predisposición de un conjunto de características individuales con el potencial de sistemáticamente cambiar con el tiempo mientras el infante se desarrolla, y en el que las diferencias individuales en temperamentos son manifiestas en formas diferentes en respuesta a la naturaleza del contexto en el cual cada una de las individualidades está funcionando5.

Se ha sugerido que la personalidad sería un desarrollo entre factores ambientales y el temperamento a lo largo del tiempo6. Desde un punto de vista genético, la personalidad se entiende como rasgos multifactoriales, en el que sin duda están implicados un conjunto de genes, probablemente de efecto débil, que además estarían interaccionando entre ellos y con numerosos factores ambientales7.

La adolescencia temprana, a partir de los 10 años de edad, marca la entrada a un periodo de cambios neurobiológicos sustanciales, con efectos significativos en la cognición, en lo social y en el desarrollo emocional. Más específicamente se ha propuesto que la adolescencia involucra un cambio en la dirección del control del comportamiento. Se piensa que estos cambios neuronales subrayan el remplazo de un comportamiento dirigido por impulsos afectivos por uno basado en las consideraciones de las consecuencias futuras, tanto personales como sociales. En el lenguaje de la neurociencia esto es la sustitución del cerebro emocional por el cerebro ejecutivo8. Algo característico de la adolescencia son los cambios psicológicos que afectan el sentido de identidad, su percepción de sí mismo y su relación con otros.

Actualmente se reconoce a la adolescencia humana como un gran periodo dinámico del desarrollo neuronal durante donde los circuitos del comportamiento se remodelan y se redefinen. El cerebro de un niño de cinco años de edad contiene aproximadamente 90 por ciento del tamaño del cerebro de un adulto. Sin embargo, durante el periodo de la adolescencia, los procesos básicos de desarrollo cerebral ocurrido en el periodo neo–natal son recapitulados en la adolescencia. Estos procesos incluyen: neurogénesis, programación de muerte celular, elaboración y poda de las arborizaciones dendríticas así como de la las uniones neuronales (sinapsis), mielinización y diferenciación sexual.

Como se puede observar, la trayectoria del desarrollo del cerebro posnatal no es linear, por el contrario, se caracteriza por cambios rápidos bruscos en el adolescente e involucran tanto actos progresivos como regresivos. Como en cualquier proceso biológico, los  periodos de cambios rápidos en el desarrollo señalan una marcada sensibilidad y vulnerabilidad, tanto en los cambios dependientes de la experiencia como en el de las consecuencias adversas de la perturbación y del insulto. Por tanto, No sería difícil comprender por qué las perturbaciones propias del desarrollo del cerebro del adolescente dejan una huella distintiva en el comportamiento del adulto.

La adolescencia ha sido identificada con placer, agresividad, riesgo y otros atributos que, dependiendo de la forma en que se expliquen, podrían estar señalando inestabilidad o falta de control. Sin embargo, en este periodo el adolescente comienza a reconocer al otro, a entender las emociones, las intenciones y las creencias de los demás. En especial identifica a aquellos que son sus iguales. Los estudios psico–sociales sugieren que la adolescencia se caracteriza por estos cambios de fuerte contenido social, incluyendo un alto grado de percepción de sí mismo, un aumento en la importancia y complejidad en las relaciones entre iguales, al igual que una mejora en el entendimiento de otros.

Las hormonas que disparan la pubertad actúan no sólo sobre el tejido periférico causando la aparición de las características sexuales secundarias sino que además actúan en la remodelación del cerebro y en la transformación del comportamiento. Las modificaciones fisiológicas y neurológicas que surgen como consecuencia de estas hormonas impulsan cambios significativos en la experiencia individual, las cuales, por sí mismas, pueden alterar profundamente el desarrollo del cerebro. En el adolescente, el desarrollo del cerebro social es influenciado por múltiples factores, incluyendo los cambios en los niveles de hormonas así como los cambios en el medio social. Los estímulos ambientales alteran las uniones neuronales haciendo que estos se redefinan y se refuercen los circuitos neuronales que van a permanecer. Sin negar que durante toda la vida continúen los cambios en cerebro, los primeros 24 años de un individuo son fundamentales en la interacción biológica–social. Su personalidad apenas está mostrándose, tal cual, a esa edad.

 

1European Journal of developmental Science (2008) Vol. 2, No. 1/2, 7–37.

 

2Guerin, D., Gottfried, A., Oliver, P., & Thomas, C. (2003). Temperament: Infancy through adolescence. NewYork: Kluwer Academics.

3Putnam, S. Sanson, A., & Rothbart, M. (2002) Child Temperament and Parenting (2nd ed. In M. Borsntein (Ed.) handbook of parenting (Vol. 1, pp. 255–277) Mahwah N. J: Eribaum.

4Child Development, (1987) 58, 505−529.

5Wachs T. D., Kanishiro, H., & Gurkas, P. (2006). Temperament and intraindividual variability. Symposium presentation. Occasional temperament conference. Providence Rhode Island.

6Snidman KJ. The tapestries of temperament. In Snidman KJ, ed. The long shadow of temperament. Cambridge: Harvard University Press; 2004. p. 34–64.

7Rev NEUROL (2007) 45: 418–423.

8Whittle S., Yap MBH., Yu M., Fornito A., Simmons JG., Barrett A. Sheeber L., Allen NB., (2008) Prefrontal and amygdala volumes are related to adolescents’ affective behaviors during parent–adolescent interactions, PNAS, vol. 105, no. 9, 3652–3657, www.pnas.org cgi doi 10.1073 pnas.0709815105.

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