La despedida de “El Terrible” Morales

El polvo se levantaba bajo los pies de Erik “El Terrible” Morales. Pisada tras pisada, iba subiendo hacia la cima del Cerro del Otomí; todo alrededor era silencio, frío, neblina. El ambiente contrastaba con las memorias que revoloteaban en su cabeza: las luces y el estruendoso ruido de Las Vegas, donde el público esperaba animado, la función estelar de box.

Su respiración se agitaba cada vez más intensamente. Erik ya no era el mismo y su cuerpo se lo recordaba cada que entrenaba, sin embargo, el corazón del niño que desde los cinco años soñaba con ser Campeón del Mundo, seguía latiendo en su pecho con el mismo vigor de siempre.

Un golpe al aire, otro más, inhalar, exhalar. Erik seguía corriendo. El sudor recorría su frente, mojaba su pecho y su espalda. Los minutos pasaban y comenzaba entonces a gesticular con dolor. “¡No te detengas!”, le decía su padre animándolo a seguir con el trayecto. Ahí estaba el viejo junto a él como siempre, finalmente porque no tenía de otra; cuando Erik cumplió 14 años, ya había decidido dedicarse al boxeo. José “Olivaritos”, hubiera querido que su hijo se dedicara a otra cosa, porque sabía perfectamente lo dolorosos que resultaban los golpes de la carrera “el sufrimiento físico es lo de menos”, le advertía, pero ningún argumento resultó lo suficientemente importante como para que Erik decidiera no seguir sus pasos.


Parecía que el camino no tenía fin. El cerro se tornaba cada vez más y más inclinado. La subida le causaba estragos en las pantorrillas, mientras que el sudor ya le mojaba el cabello. Erik exhalaba haciendo ruido con su boca. Definitivamente, ya no era el mismo.

De pronto, una voz con sonsonete decía su nombre. Erik Morales, “El Terrible”, estaba en el cuadrilátero girando su cintura y dando pequeños saltos mientras sacudía sus hombros. Poco después, sus guantes cimbraban el rostro de su contrincante; los espectadores enloquecían y pedían más. Música, gritos, la esquina expectante, las indicaciones, la adrenalina.

Repentinamente, regresó el silencio…

Erik por fin había llegado a la cima. Su respiración comenzó a normalizarse. Volteó su mirada hacia el camino que con tanto esfuerzo había recorrido y se sentó frente a él como si lo retara, tal y como lo hacía con sus contrincantes, a esos que quería dominar con los ojos.

Ahora entendía por qué su padre le decía que “el sufrimiento físico era lo de menos”… tantos años dedicados a su deporte, tanto sacrificio, tanta ausencia, y de pronto su cuerpo le decía poco a poco –como si se tratara de un susurro- que quería descansar. Fue entonces, cuando Erik conoció el verdadero dolor, ese que desgarra el alma obligada a dejar algo que es y ha sido “muy suyo”.

La neblina cubría el paisaje y el frío le calaba hondo, pero Erik no se movía. Permaneció casi inerte ante una reflexión profunda, como la que pocas veces podía tener en medio de la vertiginosidad de su rutina.

Muchos años fue “El Terrible”. Sus puños habían castigado durante más de 30 años el cuerpo de los pugilistas retadores. Observó sus nudillos con detenimiento, golpeó la palma de su mano izquierda y una sonrisa entrecortada dibujó su rostro. Erik entendió entonces que era tiempo de cerrar el ciclo. Se puso de pie y dejando atrás aquella mirada retadora, caminó sereno, de vuelta por aquel sendero del Cerro del Otomí.