La cargada

¿A dónde vas Vicente? A dónde va toda la gente”.

  Sabiduría popular.

En el reinado del PRI, entre muchas otras del mismo corte, se creó una institución que formó parte del orgullo nacional: la cargada.


Desde 1929, año del nacimiento del abuelo del PRI, el Partido Nacional Revolucionario (PNR), cuyos noveles militantes, que no sabían nada de su candidato a la presidencia de la República, Pascual Ortiz Rubio, se lanzaron con “decisión y entusiasmo” a mostrar su apoyo incondicional a “su candidato”, a quien, en voz baja le decían nopalito, no por sus múltiples propiedades, sino por una de las obvias características del nopal. La cargada fue masiva y quienes, esa vez, decidieron disentir, como fue el caso del general Arnulfo R. Gómez y sus correligionarios, pagaron con su vida, su libertad o el exilio la osadía.

Así nació históricamente la cargada, ordenada por el “jefe máximo” de la revolución, que perdía sus rasgos más radicales: Plutarco Elías Calles. Así, antes de institucionalizarse el proceso revolucionario, se institucionalizó la cargada, que hacía perder a sus protagonistas la dignidad sin remordimiento. La cargada se repetía periódica y ritualmente cuando el partido anunciaba a sus candidatos a cualquier cargo público. La cargada era una fiesta enervante.

Esta institución, creada por el PRI y sus partidos antecedentes, significó que, en 70 años, cuando en 2000 la “pareja presidencial” ascendió al poder para defraudar a quienes creyeron que se lograba la transición democrática. Nada ocurrió, pero la cargada se mantuvo como símbolo de que la desvergüenza cortesana se había instalado entre nuestras tradiciones y que renació fortalecida con Peña Nieto.

Era difícil creer que con Andrés Manuel López Obrador sucediera lo mismo, aunque de ocurrir no estaba en sus manos evitarlo. Pero sería candidez imaginar que el triunfo de un candidato que propone un proyecto de nación alternativo, sería suficiente para que las élites mexicanas se refundaran, o al menos contuvieran sus serviles instintos. Pero lo que hemos visto mostró la fortaleza de las tradiciones institucionalizadas: la cargada se mantiene. expresada en rituales, por lo menos, ridículos y anacrónicos.

Esas élites, que resistieron hasta el final, se desbocaron después del 1 de julio con la proliferación de manifestaciones en apoyo al “licenciado Andrés Manuel López Obrador por su arrollador triunfo”.

Muchos, con fino olfato, tomaron Morena por asalto poco antes de las elecciones. Pero cuando se supo del triunfo inobjetable del “peligroso populista”, quienes habían hecho hasta lo imposible por impedir el triunfo de AMLO se unieron al festejo, la cargada fue impresionante. Y como para muestra basta un botón, vea usted la caradura de algunos: “El Grupo México y yo personalmente le expresamos nuestra felicitación por su triunfo democrático en las elecciones del pasado primero de julio (…) Coincidimos y oímos con beneplácito su discurso inaugural como próximo presidente electo, en donde nos convoca a todos los mexicanos a la reconciliación y a trabajar en unidad por el bien de México”. (Germán Larrea, Grupo México.) ¿Oposición pospuesta por algún proyecto de muerte a la vista?