La candidatura de Marichuy

“Esto quiere decir que, en lugar de pretender la libertad (noción indisolublemente ligada a la de conciencia) tenemos que retomar el espacio de la farsa, produciendo, inventando subjetividades delirantes que, en su embate con la subjetividad capitalística, provoquen que se desmorone” (Felix Guattari).

Quiero celebrar la propuesta del Congreso Nacional Indígena. Frente a las candidaturas de los partidos y las candidaturas de los y las independientes, miro en Marichuy el testimonio y presentación del “delirio” de los ingobernables, de los que vienen a habitar el mundo de otro modo, a desacostumbrar las costumbres de la política y a torcer las designaciones de la representación con la fuerza de la propia presentación. La suya no es ni quiere ser apuesta electoral, pero tampoco es la propuesta de una vanguardia lúcida que busca elevar la conciencia de los oprimidos. Es otra cosa. La de Marichuy es presencia que interpela, que exige responder, y yo digo que si.

Su candidatura tiene más de revelación que de denuncia. Revela lo que ya estaba allí, el profundo y sostenido racismo de las derechas: una mujer indígena candidata, “…una ocurrencia y un disparate” (Francisco Gárate, representante del PAN en el INE); hace visible el malestar de las izquierdas acomodadas en los marcos del juego electoral: “Su candidatura resta votos a la izquierda que tiene posibilidades reales, a Andrés Manuel López Obrador”; también muestra a quienes instalados en un pasado de “vanguardia de clase” quieren encerrar la candidatura de Marichuy en un asunto de “elevar la conciencia de los oprimidos cuya mayoría aún comparte la ideología de sus explotadores” (Guillermo Almeyra) pero, sobre todo, revela, en el sentido de mostrar y de hacer presentes, no solo a los más desprotegidos, negados y ninguneados, las y los indígenas, sino a cualquiera, a los indignados, a los y las que aparecen siempre como representados por los políticos de derechas, de izquierdas, de todos los centros posibles; revela y hace visibles a las y los que hartos de la representación nos queremos presentar en una fiesta que no fue diseñada, sino para que otros bailen en nuestro nombre: “Las elecciones son por excelencia la fiesta de los de arriba, el espacio y la forma como los finqueros de este mundo construyen y reconstruyen el consenso político que ocupan para seguir acumulando ganancias y poder hasta el infinito. Queremos colarnos en esa fiesta y queremos echárselas a perder hasta donde podamos”, (Carlos Gonzalez, miembro del CNI, citado por Luciano Concheiro en un artículo para The New York Times, 28–05–17).

Visto así, se trata de una invitación festiva a una práctica política delirante: “He aquí que nos presentaremos en esa fiesta y se las echáremos a perder hasta donde podamos”. Delirante es lo que aparece como lo disparatado, lo insensato, lo que está fuera de lo común, de lo establecido: es “lo que se sale del surco” en la acepción original de “delirio”. Esta práctica política trata de revelar más que de denunciar, colocándose en el juego mediante una acción directa para desfigurar los modos establecidos de hacer política y romper los marcos de intelegibilidad de lo que se considera una ciudadanía correcta, sensata, torciendo la realidad con la mera presentación, para mostrarla como otra, como lo que se oculta: la realidad del racismo, del malestar de los representantes sorprendidos por los que siempre han sido representados; la realidad de la lectura trasnochada de las izquierdas revolucionarias; la realidad del susto y el enojo de los personeros de esta democracia; para inaugurar en ese acto modos originales de hacer política: la política del testimonio, de la presentación frente a la representación, la política que se intenta de otro modo, desde los siete principios que rigen al Concejo Indígena de Gobierno propuesto por la CNI: “Obedecer y no mandar, representar y no suplantar, servir y no servirse, convencer y no vencer, bajar y no subir, proponer y no imponer, construir y no destruir”; modos todos ellos originales que agrietan las posiciones dominantes del gobernar, del representar, del vencer, del subir, del imponer.


Si a las elecciones se va a disputar el poder, a ganarlo para gobernar: ¿no es acaso un delirio, un disparate, participar en las elecciones y no querer alcanzar el poder? ¿No es acaso un delirio, una insensatez, participar en las elecciones y no creer que en este sistema democrático se pueden hacer los cambios que se necesitan? Porque esto es otra cosa, viene a decir el Congreso Nacional Indígena: “Ratificamos que nuestra lucha no es poder el poder, no lo buscamos; sino que llamaremos a los pueblos originarios y a la sociedad civil a organizarnos para detener esta destrucción, fortalecernos en nuestras resistencias y rebeldías, es decir en la defensa de la vida de cada persona, cada familia, colectivo, comunidad o barrio. De construir la paz y la justicia rehilándose desde abajo, desde donde somos lo que somos (…) Es el tiempo de la dignidad rebelde, de construir una nueva nación por y para todas y todos, de fortalecer el poder de abajo y a la izquierda anticapitalista, de que paguen los culpables por el dolor de los pueblos de este México multicolor” (Que retiemble en su centro la tierra, comunicado del CNI y el EZLN, octubre 2016).

Pero esta propuesta tiene más que un valor simbólico: la transgresión va más allá. La apuesta es por intentar, por inventar, todos los encuentros que quepan, todos los que sean posibles para conversar, para encontrar lo común, para ponernos juntos a fortalecer una dignidad rebelde, el poder de abajo. Qué es lo que hay en este delirio? ¿El afán de educar al pueblo, de llevarle la conciencia? No. Hay otra cosa, algo que es mucho más que el contenido político de denuncia frente al poder dominante, algo que está como condición de potencia de este intento de práctica política, algo que distingue esta acción de ser un mero deseo de una vanguardia iluminada que quiere “elevar” la conciencia del pueblo: el encuentro, la conversación y la articulación de historias, de otros relatos frente a los impuestos, no es para “curarnos” con ellos ni “para resolver problemas”; de lo que se trata de ir va más allá, de enfrentar esta vida con la fuerza de nuestra palabra, de desafíar esta vida con los cuerpos, con la energía “irracional” de la acción de resistencia, de rebeldía, transgrediendo los límites de la racionalidad establecida, de lo coherente, lo “verdadero”, lo normal, lo permitido, lo que debe ser. La fuerza de la presentación cuando es así, es una fuerza que nos hace sujetos de enunciación, sujetos que nos presentamos para decir nuestra palabra como palabra verdadera que nos verifica como los que estamos cambiando el mundo, que nos articula para hacer lo que nos es común: intentar ya de otro modo el mundo, desde abajo, desde donde somos lo que somos.

¿Es esto un delirio? Pues sí, ¿pero que otra cosa hemos de hacer? ¿Creer en lo que nos dicen? No, ya no. Mejor así: bienvenida Marichuy.