A la búsqueda de Marcel Proust

La primera ocasión en la que escuché el nombre de Marcel Proust, quien realmente se llamaba Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust; (1871–1922), fue en un taller de lectura al que asistí hace ya muchos años. En ése entonces me recomendaron leer su obra maestra titulada, desde mi punto de vista “En la búsqueda del tiempo perdido” (À la recherche du temps perdu), que es considerada como una muestra literaria cumbre del siglo XX. He de ser sincero al expresar que mi primer enfrentamiento con este libro fue catastrófico. No avanzaba y no me sentía cómodo leyendo las extremadamente precisas descripciones de un monólogo interminable; complicadas secuencias cronológicas llenas de simbolismos difíciles de comprender y metáforas arduas y espinosas. Había sido compuesta en siete partes muy extensas y de difícil digestión, si se pudiese aplicar el término.

Sin embargo, hace relativamente poco tiempo lo volví a tener en mis manos y entonces ya pude percibir el por qué se considera una majestuosa creación literaria. Dividido en siete partes, confieso estar apenas metido en la primera (Por el camino de Swann), que tiene partes complejas, espinosas, arduas y de difícil comprensión.

Proust refleja en una forma extraordinariamente minuciosa, aspectos cotidianos que si bien para el común denominador pasan desapercibidos, adquieren en su descripción un sentido que muestra a la naturaleza humana en una forma particularmente realista. Podría decir que es el impresionismo descrito con tanto detalle, que rivaliza en su manifestación con la realidad, de la misma forma en la que una pintura mejora la captura de una imagen fotográfica.


Son literalmente miles de páginas en las que se agiliza a la memoria en retrospectivas que son sometidas a un análisis comparativo con el momento que se vive.

La vida de Marcel Proust es muy interesante. Hijo de un famoso médico francés y una madre con una cultura sobresaliente, desde pequeño mostró una salud extremadamente frágil. Con asma bronquial, padecía muy frecuentes enfermedades respiratorias lo que lo hacían ver como un niño débil y vulnerable. Así fue que asistió a la escuela con una frecuencia bastante irregular; sin embargo, aunque no fue un estudiante particularmente destacado, sí era sobresaliente en las materias de literatura, filosofía y gramática. Se sabía párrafos completos de autores como Victor Hugo (1802–1885) y ya elaboraba escritos utilizando un lenguaje extrovertido y exagerado. Personas que lo trataban mencionaban su encanto, por lo que era una persona muy sociable y abierta.

Su padre lo presionó para que estudiara una carrera universitaria, eligiendo la abogacía; sin embargo y aunque terminó la licenciatura, pudo convencerlo de que su verdadera vocación eran las letras y fue así como logró tener el apoyo necesario para satisfacer sus inquietudes intelectuales y artísticas. La muerte de su madre en 1906 representó un golpe terrible que lo llevó a aislarse y que fue un detonador para que escribiera su grandioso libro.

Me encuentro limitado en espacio y solamente me resta expresar algo. Confieso ignorar si podré terminar la obra completa. Son más de 3 mil páginas que representan un verdadero reto para cualquier lector, independientemente de lo letrado que se considere. Pero por experiencia personal sí puedo recomendar algo. Hay que tomar el libro y enfrentarse a él con valentía, una, otra, otra y otra vez, hasta que en un momento inespecífico, se pueda captar el verdadero alcance de la obra. Puedo asegurar que se abrirán puertas de un placer inaudito y generarán un goce verdaderamente inefable y exquisito.