LA BURBUJA ELECTORAL

Ya tenemos candidatos oficiales de las tres coaliciones. Como decía en una colaboración anterior, ahora resulta que los tres se pelean por ocupar el centro del espectro político y concentran su discurso contra la corrupción y la impunidad. Las listas de los candidatos a senadores y diputados, sin embargo, manifiestan un estado general de degradación política y moral de las tres. Un caricaturista lo resumía muy bien cuando decía que ya no es el PRI el partido único. Hoy tenemos priistas en todos los partidos. Y un no priista como candidato del PRI. Pero además hay panistas en Morena y en el PRI, priistas y reaccionarios en Morena, socialistas y estadólatras en el PAN, y en fin, una melcocha inimaginable hace todavía 6 años, propia del oportunismo irrefrenable que caracteriza a la lucha mezquina por el poder desatada en la clase política mexicana.

Todo se vale. Incluso los de Morena hasta admiran el “pragmatismo” de su jefe político. Lo más importante es conquistar el poder a como dé lugar, después se verá que, ya con el poder en sus manos, el ungido pondrá en su lugar a los corruptos, incluyendo a sus aliados. Qué descaro de todos. Aquí no vale que unos son más oportunistas que otros.

El ambiente es el más propicio para que las cosas continúen como van. Y peor. Ninguna de las coaliciones tendrá la fuerza suficiente para hacer lo que hace falta, empezando por que su propia fuerza llegará diezmada por sus propias contradicciones internas. Cuando alguien diga que quién esté libre de pecado que tire la primera piedra, seguramente el cielo se oscurecerá por las piedras que todos tirarán cínicamente, señalando a los de enfrente como los más pecadores y corruptos. En ese ambiente predominarán las campañas negras, los ríos de dinero y el financiamiento de los criminales.


Ya tenemos candidatos y sólo faltan los independientes. Los discursos, como es natural, se orientan a la descalificación de los adversarios y al convencimiento del electorado de que las propuestas propias son las mejores. No vimos ningún mensaje de pacificación del país a partir de una visión de Estado. Todos manifestaron un enfoque policíaco militar del tema. La propuesta de AMLO de ofrecer amnistía a los infractores que opten por su readaptación, tras consulta con las víctimas, suena a demagogia pura. Porque la consulta, sin la preparación y la presentación de opciones reales de justicia, seguramente será contraria, y por ello seguirá la guerra, con la guardia nacional (corporación militar y policíaca) y las reuniones tempraneras de AMLO con el gabinete de seguridad.

Anaya, por su parte, dijo que se necesita una mejor y bien pagada policía, pero sobre todo inteligencia para atacar al crimen desde los escritorios donde se genera o se apoya. Además, agregó, el combate a la inseguridad debe respetar los derechos humanos y no limitarse al uso de la fuerza, sino a la reconstrucción del tejido social y de las perspectivas de prosperidad para la juventud y la población en general.

Meade en su acto de postulación sólo dijo que con él México será una potencia y dio las gracias a las fuerzas armadas por lo que hacen. A los criminales les quitará, las armas, el dinero y los bienes.

Por supuesto que los tres discursos estuvieron repletos de propuestas, compromisos y promesas. Unos contra el mal gobierno y otro por un mejor futuro. Todos dirigidos al enojo y coraje que existe en la población contra la corrupción y la impunidad, pero ninguno atinó a ofrecer una estrategia viable y clara, bien explicada, para ofrecer protección y amparo a una sociedad sumida en la zozobra de la inseguridad y el miedo ante la violencia desatada por la guerra a los criminales, la crisis humanitaria y la extendida violación de los derechos humanos. Es cierto que todos se refirieron a ello, pero como un tema más de un discurso de campaña y no como el tema central de una nación amenazada en su viabilidad y de un Estado en su integridad.

En la burbuja electoral que flota sobre la realidad del país, los discursos recrearon su propia irrealidad.

La corrupción, la violencia y la desigualdad, los tres tumores a los que se refirió atinadamente Anaya, no se extirpan ni en un sexenio, ni menos aún con el mejor de los gobiernos de minoría que puedan elegirse. Se requiere efectivamente de la fuerza y de la inteligencia, pero también de darle gobernabilidad a la democracia, impulsar la reforma social y productiva, reconstruir el Estado de Derecho y la unidad, la reconciliación y la pacificación del país, tareas todas que requieren la cooperación del mayor número de fuerzas sociales y políticas y de un tiempo mayor a un sexenio. Apenas quizá el de una generación.

Probablemente resulte desproporcionada la reflexión que hago a continuación pero tratándose de las experiencias humanas, creo que vale la pena.

Para que haya paz, escribió Ernst Jünger durante la segunda guerra mundial, no basta con no querer la guerra. La paz auténtica, agregaba, supone un coraje superior al de la guerra, en tanto que expresión de un poder espiritual. Y ese poder, concluía, lo adquirimos cuando sabemos desprendernos del odio y de la división que el odio trae consigo.

Ernst Jünger bosquejó ese pequeño pero gran ensayo sobre La Paz desde 1941, el cual fue difundido en copias de mano en mano en 1944 y publicado por primera vez en la primavera de 1945. Jünger vivió poco más de un siglo y le tocó participar en las dos guerras mundiales. Su hijo, al que le dedicó su escrito, murió en noviembre de 1944. Polémico en muchos aspectos, su profundidad filosófica es indiscutible.

El odio corona todos los sentimientos desatados en las guerras, pero no es el único. En ocasiones las matanzas empiezan por pequeñas vanidades o grandes soberbias. Pero la guerra ha sido la forma que en la historia adquiere la crueldad infinita que radica en el ser humano y que acompaña a su afán de dominación o conquista, pero también al deseo de libertad o de nuevas realidades más justas para los pueblos o las naciones.

Pero la guerra es ante todo fuego, sufrimiento y dolor. Cuando terminan se escriben las versiones de los triunfadores. A veces también la de los vencidos. Jamás la de los muertos. Jünger decía que en la primera guerra el sacrificio tuvo su figura simbólica en el Soldado Desconocido, que elevó el sentir de los pueblos y las naciones. Pero en la segunda guerra los padecimientos rebasaron las fronteras y penetraron a mayor profundidad en la figura de las madres, “pues ha sido un sacrificio de la Tierra misma”.

Desde entonces creo que el sufrimiento de los pueblos envueltos en las guerras, y más en las civiles, ha venido a reafirmar que su padecimiento se concentra en la figura de las madres. Nuestra guerra, que algunos llaman de baja intensidad, no deja de ser la excepción. Guerra sin sentido, es el peor de los caminos que está recorriendo nuestro país para acabar con la cultura y muchas de las costumbres premodernas de la vieja sociedad mexicana, a costa de demasiado dolor. Ojalá nuestra clase política tuviera la humildad y el coraje para reconocer que sólo un compromiso histórico de las fuerzas democráticas, firmado por ejemplo ante la figura de las madres de las víctimas, pero también de los niños y jóvenes de hoy, con la visión de trabajar en común en la reconstrucción del Estado de Derecho y la reforma social, durante el tiempo de una generación, apenas podría transformar nuestra realidad en el país que todos los candidatos de hoy se atreven a ofrecer en un sexenio.

Hasta hace muy poco se decía en México que estábamos en peligro de caer en una situación como la de Colombia. Hoy son muchos los que afirman que ya estamos peor. Los discursos de los candidatos no parten de este diagnóstico y por ello simplifican el tratamiento de la violencia en el país. La crisis se puede extender en el tiempo. El coraje espiritual al que se refiere Jünger podría acortarlo. El riesgo es muy alto. Aquí el voluntarismo puede abrir las puertas del infierno. Y por sus discursos, los candidatos parece que las quieren abrir. Ojalá me equivoque.