La barranca de Chachapa

Son cuatro niños: la mayor de nueve años, el menor de cuatro; de los intermedios no conozco edades. Viven en la barranca de Chachapa, Puebla, resguardados –si así se puede decir–, del frío, del aire, del calor y del abandono. No llegaron ahí solos. Los llevaron. Los dejaron. Supongo que sus padres les dijeron, –advertidos, amenazados o convencidos–, que de ahí no se movieran, que se quedaran ahí hasta que regresaran y que no hablaran con nadie. Desde luego no salen de su “cueva” y mucho menos van a la escuela.

¿Qué comen los cuatro niños? Los vecinos les comparten comida, y los niños hurgan en la basura. ¿Qué visten? Lo que de buena voluntad alguien les regala de ropa. ¿Con qué se tapan sobre todo en estos tiempos de frío? Con algunas cobijas que les han donado y se abrigan con los abrazos que se dan entre ellos para asustar el frío y, sobre todo, el miedo. ¿Con qué juegan? Con piedritas y varas que encuentran en el camino, o algún juguete roto que descubren en los tiraderos de la barranca. ¿Cuáles son sus alegrías? Nadie sabe y son muchos más, a quienes menos les importa.

Nadie conoce a sus padres; quizá los hayan visto pasar pero no los identifican. Nadie puede decir si son una pareja o es una madre sola o un padre solo; si son jóvenes y si cuando los van a ver, son los mismos o cambian de acompañante. Puedo imaginar a los padres deambulando por las calles, quién sabe qué haciendo: si buscando trabajo, ropa, comida, o mendingan dinero para comprar alimentos, droga o alcohol; y los imagino teniendo sexo sin ningún tipo de protección, en parajes aislados y oscuros y, cuando ella queda embarazada, no sé si del mismo hombre, lleva al bebé a la barranca donde la insalubridad y la inmundicia, el abandono y el olvido, el hambre y la necesidad, la desnutrición y las enfermedades, la ignorancia y la barbarie, el miedo y el dolor, la promiscuidad y, sin duda, la violencia, acompañan a estos niños en lo que han hecho su hogar por excepción y exclusión.


Numerosos vecinos han recurrido a denunciar el abandono de estos niños al DIF municipal de Chachapa y el SEDIF de Puebla y la respuesta ha sido: “No hay cupo”.

“¿Qué podemos hacer?”, preguntan los vecinos de la barranca de Chachapa: “No podemos hacer nada, –comenta uno–, los niños no son animalitos a quienes se les adopta con sólo encontrarlos y llevarlos a casa”.

“Es un asunto muy complejo, –responde otro–, sólo los padres o familiares directos pueden intervenir para que estos niños tengan cuidados y atenciones. Pero va más allá: si los adolescentes y jóvenes quieren tener relaciones sexuales porque tienen derecho de ejercer su libertad sexual, ¡que las tengan! pero que prevengan embarazos no deseados, que se cuiden de infecciones de transmisión sexual, y sobre todo ¡que entiendan que todo derecho conlleva una obligación!. Si quieren coger, ¡que cojan! pero si nace una criatura hay obligaciones y tienen que atenderlos. Eso es lo que no escucho decir a los jóvenes ni al gobierno. ¿Quieren derechos? Hay una obligación por cada derecho que ejercen. Por eso estos cuatro niños no tienen a quién recurrir y nosotros no podemos hacer nada. No se vale venir a dejar a las criaturas a la barranca y nosotros… atados de manos.