La aplicación de la lógica en la terapéutica

Del latín therapeutĭca, y la raíz ōrum, es la parte de la medicina que enseña los preceptos y remedios para el tratamiento de las enfermedades. Los avances en la tecnología y el conocimiento cada vez más profundo sobre la forma en la que reaccionan los organismos ante las distintas substancias, no solamente han marcado una evolución extraordinaria en la solución de enfermedades sino también en el bienestar y obviamente en la prolongación de la vida.

Sin embargo, también se ha caído en un abuso, alejando al médico de la lógica cuando se indica un tratamiento para las enfermedades. Me surge la idea de escribir sobre el juicio terapéutico después de haber evaluado a un enfermo quien, con un problema respiratorio que inicialmente se había manifestado con tos y flemas, sin fiebre y de características comunes, acudió al médico para aminorar su molestia.

No solamente se le indicaron antibióticos de un espectro muy amplio, sin que hubiese evidencia de una infección ocasionada por bacterias; sino que además le administraron medicinas que, por un lado inhibían el reflejo de la tos, que es fisiológicamente necesario para expulsar elementos nocivos en el aparato respiratorio; pero por otro lado, le agregaron medicamentos para hacer fluidas las secreciones, condición francamente contradictoria.


Inexplicablemente también le recomendaron analgésicos y anti–inflamatorios sin que existiese evidencia de dolor o fiebre, para culminar con medicamentos para “prevenir” la irritación del estómago por tantas medicinas. Como es de esperarse, el padecimiento se complicó, requiriendo una nueva evaluación, que incluyó nuevamente antibióticos más potentes, esteroides, fármacos para el asma bronquial y nuevamente antiácidos.

No habían pasado los 10 días cuando acudió con otro médico que le hizo una propuesta de tratamiento similar, agregando un electrocardiograma y una radiografía del tórax. Como el gasto en atención médica ya se había elevado a un nivel que escapaba de sus posibilidades económicas, acudió con un homeópata, quien bajo una clara falta de ética, criticó los tratamientos anteriores desacreditando y descalificando a los médicos y proponiendo una medida de solución a base de gotas, glóbulos azucarados y ungüentos que debían ser ingeridos y aplicados cada dos horas. Obviamente esta nueva terapia era tan complicada que no podía ser seguida al pie de la letra.

Pero lo más curioso del caso es que, comentando la experiencia con un familiar, la abuela de la casa le hizo la propuesta más lógica: incrementar la cantidad de líquidos (con miel y limón); someterse a vaporizaciones nocturnas; alimentarse bien, aumentando el consumo de frutas y verduras, descanso absoluto, pero lo más sorprendente… ¡Dejar de tomar tantas medicinas! Bajo la estupefacción de toda la familia y la sorpresa del paciente, por increíble que parezca, poco a poco se inició la mejoría.

Cabe preguntarse qué es lo que sucedió. La fiebre, la tos, el vómito, la diarrea y el dolor son reacciones de defensa del organismo. Inhibirlos con varios medicamentos no solamente puede complicar las enfermedades, sino que incrementa el riesgo de secuelas indeseables, haciendo muy difícil determinar cuál elemento condicione precisamente el efecto secundario. En muchas ocasiones he escuchado a la gente decir: “Ese médico es muy atinado” o “le adivinó a la primera”, como si la ciencia y el arte de la medicina fuese una especie de magia o de sortilegio.

No se trata de hacer una crítica malsana ni mucho menos de desprestigiar al médico de la actualidad, pues yo soy médico; pero no es por demás hacer una serie de recomendaciones que son determinantes para el público en general. Siempre se deben solicitar explicaciones claras sobre las molestias del padecimiento y la causa principal de ellas. Por otro lado, preguntar si las indicaciones se dirigen a aliviar los síntomas o a eliminar la causa. No esperar una curación inmediata, pues eso genera desesperación y por lo mismo, una presión para el médico que en la búsqueda de soluciones rápidas se ve obligado a la utilización de múltiples medicinas y por último, establecer una comunicación de buena calidad en la que se determine cuáles pueden ser los elementos de alarma que impliquen una atención inmediata.

Afortunadamente una buena parte de las enfermedades tienden a limitarse por sí mismas, pero no es por demás tener en cuenta un viejo aforismo que nunca perderá su vigencia, independientemente del tiempo y de la evolución de la medicina: “El médico que sabe más, receta menos”.