Justicia y no histeria.

El triunfo tan amplio de AMLO en las elecciones despertó una gran esperanza en amplios sectores de la sociedad mexicana. Me gustaría acompañar a la mayoría de mis conciudadanos en ese sentimiento. Pero no puedo. Y no es que tenga una animadversión a él o que piense que será un dictador populista. Es que creo que nos llevará a una nueva frustración.

Cómo no apoyar la lucha contra la impunidad y la corrupción, contra la inseguridad y la violencia, contra la desigualdad y la pobreza. Por supuesto que, como la inmensa mayoría de los mexicanos, apoyo tales objetivos. En términos positivos, también apoyo la construcción de un nuevo Estado de Derecho, social y democrático, y de una sociedad  alegre y feliz.

Pero su proyecto alternativo de nación no pasa de ser un enunciado de políticas para la regeneración de la vida pública sobre la base del mismo modelo económico que, con los ahorros de la lucha contra la corrupción, permitirá asistir a los jóvenes, a los adultos de la tercera edad y a los desvalidos. El modelo económico no se corregirá sólo con el asistencialismo, sino con algunos proyectos de inversión como las refinerías, la infraestructura turística y la siembra de un millón de hectáreas en el sureste, la zona libre en la frontera norte, el sistema alimentario mexicano y la educación superior para todos.


En cuanto a la lucha contra la impunidad y la corrupción llama la atención que deja impune al pasado para que, de ahora en adelante, con una legislación adecuada, se juzgue al mismísimo Presidente de la República. Y respecto de la inseguridad, la violencia y la construcción de la paz, proponga la amnistía para delitos menores  y una justicia transicional para los mayores, a partir de la opinión de las víctimas.

Y sobre esas bases piensa que se puede convocar a la reconciliación.

Palabra que ya no quisiera escribir sobre el tema y dedicarme a acompañar el camino hacia la cuarta transformación. Sin embargo, tal camino no aparece para nada claro. Por el contrario, conforme avanza el tiempo se confunde más y más, entre las declaraciones de AMLO y de sus colaboradores, y de los mismos en sentido opuesto a lo que dijeron apenas unos días antes. El caso del nuevo aeropuerto ya quedó para la antología y quien sabe que vaya a pasar.

La serenidad que se requiere para llamar a la conciliación está siendo sustituida por la algarabía de las Consultas y los Foros que puede llegar a convertirse en desconcierto y frustración. Ya no vamos a tener guardia nacional, dijo Durazo. En días posteriores agregó, siguiendo a Olga Sánchez Cordero, que México es una tumba, una fosa, un país en ruinas respecto de su seguridad. Paralelamente, Ricardo Monreal exclamó que México está en agonía, hecho pedazos.

¿Qué se pretende? ¿Pasar de la sociedad enojada contra el sistema a la sociedad de la histeria dispuesta a la salvación?

Y sin embargo se insiste en hacer tabla rasa del pasado. La responsabilidad del país en ruinas quedará diluida por la promesa de un porvenir glorioso que anuncia la cuarta transformación. El nuevo gobierno generoso, se dispone al perdón, pero no al olvido.

Recuerdo cuando en el año 2004, el entonces General Secretario de la Defensa llamó al perdón y la reconciliación para dejar atrás la investigación sobre la guerra sucia. De inmediato el subprocurador de investigaciones José Luis Santiago Vasconcelos apoyó la idea y propuso a su vez otorgar una amnistía a los militares involucrados en ella. Es decir, el perdón y el olvido. En una palabra, impunidad.

En ese entonces escribí, invitado por el periódico El Norte un artículo que considero pertinente, del cual reproduzco algunos de sus párrafos.

“El perdón –decía– debe traer la paz y la justicia para todos, cuando se tenga claro qué y a quién se perdona; cuando comparezcan en los tribunales los verdugos, los criminales y los que les encomendaron esas tareas. Pero también, cuando los tribunales tengan las condiciones para alcanzar la altura de su misión de justicia y los acusadores logren despojarse del espíritu de la venganza ciega. Sólo entonces podrá la sociedad tener confianza en la justicia, elemento básico para adquirir la grandeza de espíritu que le permita otorgar el perdón que la ennoblezca y haga imposible volver a vivir lo que se condena y se perdona.

“Será entonces cuando los muertos podrán convertir en fruto su sangre derramada y la sociedad recibir con humildad su bendición para mantenerlos en una memoria viva que a todos engrandezca.

“En síntesis, el perdón debe otorgarse, con generosidad, para asegurar a todos el derecho, la libertad y la convivencia civilizada con dignidad y respeto. En caso contrario, es mejor seguir luchando antes que regresar al viejo régimen, caracterizado por el abuso de autoridad y la violación a las normas de la vida humana, capaz incluso de declarar a los ciudadanos una guerra sucia a discreción.

“Por supuesto que a todo esto no se refería el General Secretario Clemente Vega cuando llamó a la conciliación. Porque en México no se vive un proceso de justicia que ennoblezca a la sociedad y al Estado.  La sucesión adelantada y la incapacidad política para orientar la transición (me refería al gobierno de Fox) han abierto múltiples frentes al gobierno y en el horizonte sólo se ven mayores divisiones. Por eso, se dice, hay que hacerle caso al General y olvidarnos del pasado.

“Más no se trata sólo del pasado. Es hoy, aquí y ahora, en donde se juega la suerte de la transición de México a un régimen más justo y democrático. De hecho, se trata de un juicio, como lo ha dicho el fiscal, del nuevo Estado democrático contra el Estado autoritario.

“Los partidarios del nuevo Estado estamos obligados a manejar con sabiduría el proceso… pues mientras no se haga el juicio a la guerra sucia y se limpien las manos, habrá que seguir luchando; porque mientras eso no suceda significará que el pasado sigue predominando en el presente y en el futuro, y el estado autoritario sobre el nuevo estado democrático.

“La guerra sucia dejó una secuela: sangre de uno y otro lado, pero también voluntades para construir una nueva sociedad, más justa y democrática. El saldo hasta ahora es un avance insuficiente todavía para aplicar la justicia. Pero si no existe el acuerdo para hacerla, entonces la sociedad sólo se volverá a enfrentar entre sí, una y otra vez. Entonces no tenemos de otra: construir el sistema de justicia del nuevo Estado democrático con serenidad, paciencia y generosidad.

Uno a uno los culpables fueron exonerados. Las investigaciones fueron abandonadas, la fiscalía desaparecida y la sociedad siguió quedando víctima de la impunidad. Hoy, la cuarta transformación, para ser tal, necesita comprometerse con el objetivo del nuevo Estado democrático para diseñar la justicia transicional que nos hace falta, la que garantice la justicia, antes que el perdón o el olvido. La algarabía y la histeria jamás podrán ser buenas consejeras.