Julio de 1968 ¿Provocación gubernamental?

FOTO: esimagen / José Castañares

Guillermo Prieto Palacios*

Nosotros sólo respondíamos a los chingadazos de forma emotiva. Teníamos algún concepto de lo que, para nosotros era justo, pero no habíamos intentado analizar, pues ni siquiera teníamos noción de un método de análisis, digo de quienes se denominaban de base o activistas, sin pretensión de dirigente, al tiempo comenzamos, cruzando información, al platicar dónde, cómo, cuándo nos tocó estar en los hechos, de alguna de esas cosas raras:

.- Que haya reprimido de manera tan brutal, desmedida, el pleito estudiantil del 22 y el 23 de julio,


.- Que se haya autorizado para la misma fecha y casi a la misma hora dos manifestaciones distintas en su contenido, por organizaciones que rivalizaban, pero con común denominador de ser juveniles,

.- Que se haya reprimido tan violentamente la manifestación del 26 de julio,

.- Que ese día hubiera piedras en los botes de basura del centro de la ciudad,

.- Que la persecución haya continuado en el Barrio Universitario, aun cuando ya habían evitado que la manifestación llegara al Zócalo,

.- Que el asedio del Barrio Universitario se haya prolongado los días 27 y 28,

.- Que se hayan asaltado las oficinas y talleres de impresión del PCM al mismo tiempo que se arrestaba a otros “líderes” comunistas en lugares que nada tenían que ver con los acontecimientos del 26 de julio,

.- Que se haya ordenado la intervención del ejército para reprimir el movimiento estudiantil que apenas comenzaba como tal,

.- Que derribara de un bazucazo el portón del antiguo colegio de San Idelfonso

.- Que después de eso el mismo secretario de defensa dijera que ese portón lo habían derribado los estudiantes con bombas molotov,

.- Que desde el 26 de julio se repitiera, por todos medios, que los estudiantes éramos parte de una “conjura comunista” de una “provocación” y se nos tachaba de querer boicotear la olimpiadas.

Estos son algunos hechos que nos hacen pensar que al menos en esta etapa, muchos de los acontecimientos configuraban una provocación gubernamental.

Estábamos a menos de tres meses para que comenzaran los juegos olímpicos. No había, salvo algunas opiniones que criticaban el gasto excesivo e instalaciones olímpicas, ningún movimiento que amenazara con el boicot, vaya, ni siquiera con la denuncia de lo que implicaba para un país donde las carencias de lo más elemental son mayúsculas para amplios sectores del pueblo.

* Autor y activista en el movimiento estudiantil y popular de 1968. Fragmento de su libro: De la lucha callejera a la lucha por otro mundo es posible Colectivo Memora en Movimiento, enero 2018.

Juventud conservadora

Óscar Ochoa

No resulta extraño que las nuevas generaciones renieguen de sus mayores, e incluso entren en conflicto con estos al llegar a la adolescencia y la juventud. De alguna manera es lo esperado y, en algunos casos, lo deseable cuando se habla del relevo generacional en una sociedad. En otras culturas la adolescencia simplemente no existe, y los ritos de paso transforman a los niños y niñas en adultos. Muchos de estos ritos se fundamentan en los cambios corporales o el arribo a cierta edad, pero lo que importa para estas sociedades es el nacimiento de un nuevo adulto a la comunidad, listo para fortalecerla y también para este se beneficie de ella.

Una constante de la modernidad occidental ha sido el joven rebelde como un ser en constante adaptación, pero también como un ser en permanente cuestionamiento de las reglas imperantes. El joven hasta hace poco era un ser que encerraba cierto peligro, un riesgo en términos sociales que resultó evidente desde hace siglo y medio con experimentos como la Comuna de Paris, las guerras de independencia, las vanguardias artísticas de finales del siglo XIX e inicios del XX, las revoluciones sociales que se propagaron por todo el globo a lo largo del siglo XX, y los movimientos sociales que nos alcanzan hasta nuestros días.

Sin embargo, la tendencia global ha sido un corrimiento ideológico a la derecha, impactando de manera importante en las nuevas generaciones, borrando la memoria histórica en gran parte de este sector, y saturando su imaginario con una tecnofilia que hace pensar que se vive en el mejor de los mundos posibles. Algunos de los efectos son la anestesia social y política que les imposibilita a estos jóvenes empatizar con el otro. El incremento del desempleo y la subcontratación con salarios miserables no detona estallidos sociales en la actualidad; la falta de opciones educativas, culturales y laborales no causa indignación para estas generaciones. Se mueven plácidamente en los presupuestos ideológicos de que es más probable el aniquilamiento del planeta por nuestra apatía que un cambio de sistema político, social y económico. Son jóvenes distópicos para quienes el futuro es un porvenir en ruinas, y el impasse de la actualidad se pagará más adelante.

Las masas juveniles (las dominadas) se mueven al compás que la flauta del gran comercio les marca, y sus grandes batallas consisten en comprar los dispositivos móviles más recientes o enfrascarse en peleas a distancia con quienes no piensan, visten, consumen o se ven como ellos. Resulta inconcebible que los potenciales desestabilizadores del sistema se encuentren votando por partidos de derecha, entregando su tiempo, energías y recursos para engrosar los gobiernos totalitarios que les venden la idea de mayor seguridad sobre sus libertades, incluso que ellos ingresen a estas estructuras buscando enquistarse para nunca salir de ahí.

Si algo en este mundo cambia será por los jóvenes, aunque sean un número reducido de soñadores, dispuestos a arriesgar su vida por un mejor vivir. Pero esta idea de lo juvenil debe dejar la condición etaria (relacionada con la edad cronológica), para entrar al terreno de lo político y reconocer que hay gran cantidad de jóvenes pasados y presentes, cuyo corazón es transgresor y rebelde y está dispuesto a abrir puertas hacia el otro para allanar terrenos de lo incógnito y caminar juntos. Jóvenes de todas las edades son necesarios para el cambio de vida que este mundo reclama. ¡Bienvenidos!

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