Interpretación patrimonial

La interpretación patrimonial o la didáctica del patrimonio es el conjunto de técnicas para revelar al público –en el propio lugar que se visita– su significado. Esas “revelaciones” que hace el intérprete son resultado del uso de herramientas conceptuales y metodológicas puntuales como la discriminación entre los aspectos altamente especializados de los conocimientos acerca de los sitios que se visitan y la información que es pertinente dar a conocer de aquellos, una revisión de bibliografía actualizada, la percepción de aspectos emocionales que conciernen al grupo que se atiende, formas de evaluación de los resultados del trabajo interpretativo, etcétera.

Sé que es chocante hablar en primera persona, pero debo hacerlo para paliar en alguna medida mi frustración crónica, que data por lo menos de hace cuatro décadas, cuando propuse abiertamente, a diferentes instancias de los gobiernos federal, estatal y municipal, para que se trabajara en lo que llamé en ese entonces “divulgación”, obteniendo sólo el desdén de los funcionarios. Cuando alguna persona me replicaba acerca de mi intención de ofrecer información al gran público, tachándola de populismo, yo le argumentaba que la información tendría que ser fidedigna para establecer un puente entre la producción académica y las personas del común que, inclusive, podían ser también especialistas en otras disciplinas del conocimiento y que no es lo mismo divulgar que vulgarizar.

No se trata de usar el recurso de la anécdota insustancial que utilizan muchos guías de turistas en nuestro país, sino de explicar con sencillez, pero con rigor, aquello que aporta información relevante para tratar de desentrañar el significado de un sitio del patrimonio, tanto natural como cultural, para quienes de manera voluntaria y usando su tiempo libre tienen interés por conocerlo. Se trata de dar una proyección social amplia a la información que se conoce acerca de monumentos o elementos del paisaje natural, los cuales constituyen el legado de generaciones anteriores, buscando que con su conocimiento se aprecien, se cuiden, se transmitan estos bienes y valores a las generaciones venideras.


Después de cuarenta años de mi advertencia inicial me he dado cuenta que “la moda” ha llegado a México y hoy por fin las autoridades, casi siempre omisas respecto a muchas cosas de valor social y particularmente a cosas del patrimonio, han descubierto “el hilo negro” y promueven como novedad cursos, seminarios y conferencias acerca de la gestión de la información y gestión de conocimiento, esta última comprende la interpretación patrimonial. Si consideramos que en Estados Unidos la interpretación ha cumplido más de 100 años de establecida en los Parques Nacionales como Yellowstone, Yosemite y el de las Secuoyas, por mencionar los primeros de los 58 actuales; y casi 70 años en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se fundan centros de interpretación patrimonial en muchos parques y monumentos antiguos, el retraso mexicano es también monumental.

Pero como más vale tarde que nunca, busquemos que la interpretación patrimonial se difunda en México en las mejores condiciones, pero siempre manteniéndonos alerta y vigilando que la concepción chabacana y deformada de la cultura “como espectáculo”, a la manera de Televisa, TV Azteca y algunos organismos gubernamentales de los tres niveles, no trascienda y banalice la aproximación al conocimiento a nuestro rico patrimonio que, por cierto, es un patrimonio de todos y por lo tanto tenemos derecho a disfrutarlo, sin necesidad de soportar el exceso de adjetivos calificativos como “bello”, “misterioso”, “enigmático” o alguna de las “jaladas” terminológicas, parecidas que tienen como costumbre practicar los merolicos de muchos medios de comunicación y funcionarios públicos.