Inquisición

En el antiguo Palacio de la Inquisición, hoy Museo de la Medicina en México, en la añeja y célebre plaza de Santo Domingo –más quizá por sus imprentas donde se piratean facturas y títulos universitarios que por su colosal historia– en la Ciudad de México, se encuentra en estos días una exposición permanente sobre la Inquisición. Contrario a lo que algunos morbosos espectadores consideran, no se trata de aquella otra dedicada a la exhibición de los instrumentos de tortura –si, el lector recuerda bien, aquella que se mostró en el Centro Cultural Poblano hace ya muchos años– y que, sin duda, resulta ser mucho más buscada. De hecho, un individuo se decepcionó mucho porque en el lugar no estaban los aparatos de tortura que esperaba ver, para, pienso, imaginarlos en plena actividad, lacerando carnes y triturando huesos… Bien, hubiera sido un excelente integrante de ese público que con placer cuasi extático observara ejecuciones sumarias en que, a fuerza del fuego de la hoguera, del garrote o de otros tormentos, se arrancara del cuerpo de los herejes los demonios que seguramente se alojaban en él. No obstante, me percaté de que es muy visitada, lo que seguramente redunda en que sea uno de los museos más frecuentados del Centro Histórico de la capital del país. Pese a su escandalosa museografía, en que se ven representadas algunas escenas tanto de la tortura como de frailes dominicos tomando declaraciones, testimonios y confesiones, la exposición es criticable en muchos sentidos.

Primero que nada, no deja de centrarse en la generalidad del llamado Santo Oficio, constituido en la Europa Medieval en el siglo XII, que en el XIII ve la luz en el reino de Aragón y que en Nueva España, según Solange Alberro, en su libro Inquisición y Sociedad en México 1571–1700, “se remonta a los días que siguen a la Conquista –1522– y se mantiene hasta 1819, es decir que abarca todo el periodo colonial, incluso el reducido lapso en que quedó suprimido el Tribunal por las Cortes de Cádiz”. Sin embargo, el tribunal llevado por los dominicos será bien distinto en el Nuevo Continente por las totalmente disímiles circunstancias encontradas en América y las poco más que necias condiciones en las que se administraba el Santo Oficio para las Américas. Alberro nos invita a imaginar una sesión en que un nutrido grupo de indígenas junto con uno reducido de peninsulares, frailes y laicos “asisten a la lectura –en castellano por supuesto– de un edicto de fe, general o particular, con ocasión de una de estas campañas emprendidas por la Inquisición y encaminada a provocar las denuncias imprescindibles para que funcione la institución. Aquéllos escuchan –religiosamente, sin duda– la descripción pormenorizada de prácticas de las que se les advierte con solemnidad que constituyen pecados y que vienen a ser cosas tan novedosas como incomprensibles por lo que se refiere a ellos: blasfemia, herejía, calvinismo, iluminismo, mahometismo, incesto, bigamia, mientras se habla de nociones misteriosas, personajes fabulosos, libre albedrío, gracia, Santa Trinidad, etcétera, en extraña relación con los pecados anteriormente señalados”. Como se ve, la intención podría haber sido en un primer momento vigilar el quehacer de estos nuevos cristianos, pero sin considerar siquiera que ellos tuvieran sus propias cosmovisiones y construcciones cognitivas que los llevaban a lugares muy distantes de lo que se les comentaba, no sólo que justificara su “erróneo” actuar como cristianos, sino también su muy particular interpretación de los símbolos que se les ofrecían. “No dudemos que este episodio extraordinario –Lectura de un edicto de fe ante una asamblea de indios en los siglos XVI y XVII– constituye una escena magníficamente absurda que plantea, una vez más, el problema jamás resuelto de la comunicación entre occidentales e indígenas, dominadores y dominados, letrados y, rústicos”, concluye Alberro. Vemos, pues, en la exposición una visión generalizada de la Inquisición europea y que se extiende, por añadidura, sobre lo que podría haber sucedido en Nueva España… por tanto, perpetuamos el mismo problema.

Por otro lado, la exposición cuenta con una guía en audio que nos lleva por diferentes estaciones en que se distribuyó la información visual. En ocasiones la narración es demasiado larga y hace que se torne aburrido el estar parado ante una escena sin movernos. Por otro lado, ello hace que los asistentes al museo no tengan que leer cédulas, lo que sin duda habrá de parecerle al diseñador del concepto –que ha de ser el mismo que el de la exposición de la Brujería y el de Asesinos Seriales– un auténtico logro, pues ayuda a que los espectadores no tengan que preocuparse de leer “aburridos” textos… para mí se trata de un total despropósito, pues perdemos otro espacio más de lectura justificada por una supuesta posmodernidad que induce a las personas a lo “visual”… ¡Patrañas! Al final, queda la sensación de haber asistido al circo de lo sobrenatural donde se presentan arañas con cabeza de mujer y cabras de cinco patas, ni más ni menos; un culto al morbo más que a la comprensión de un fenómeno histórico que tiende sus profundas raíces en el pasado católico y sus detestables ramificaciones en un presente donde vemos un Vaticano más dispuesto a segregar y censurar que a dialogar, especialmente en temáticas imprescindibles hoy: homosexualidad, cosificación de la mujer, pederastia, células madre, genética, eutanasia, aborto…