Implacable dignidad

La hija adoptiva impresiona; pero la madre, arrasa, no en presencia, sí cuando habla. Una persona nos refirió a esta familia sui géneris para visitarlas debido a que un grupo hacemos labor social cada mes: a veces entregamos libretas y lápices; otras, despensas, y en ocasiones como ésta, ropa, pañales y cobertores.

Llegamos puntual a la cita en una casa humilde de un cuarto donde se encuentran cocina, comedor y recámara con techo de lámina que ya no guarece: se movió por el temblor dejando entrar todo el frío y poco de luz. Sin ventanas, sólo la puerta por ventilación: Ambiente oscuro y frío.

Había dos sillas que una amiga y yo ocupamos para escuchar la historia que la mamá adoptiva nos quiso compartir. Cinco personas más quedaron de pie entre el marco de la puerta y el pequeño patio.


“Hace 35 años fui a ver a una comadrita en el pueblo de donde es mi familia, quien se alegró de verme por algo que les había sucedido: en corto, el tío había violado a su hija de 15 años y quedó embarazada. Recién había nacido la criatura a quien tenían envuelta en una cobijita sencilla y metido en una caja de cartón que pusieron sobre el suelo frío en la esquina del cuarto. No querían a la niña, que me la regalaban.

“Yo estaba a punto de casarme ese fin de semana y les dije que no podía, pero al ver a la niña tan chiquita y tan mal la llevé al doctor y le dije que hiciera todo lo posible, que yo me haría cargo de los gastos; la registré con el nombre de ellos y la bauticé. El doctor hizo lo que pudo y logró que viviera con parálisis cerebral y ataques epilépticos.

“Yo trabajé muy duro desde jovencita, era comerciante; tenía una fábrica de muebles rústicos apolillados que exportaba para el norte. Yo estaba joven, ¡imagínese hace 35 años!, ahora tengo 69. Total que ni me casé, me quedé con la niña y mi madre siempre me ayudó mientras yo trabajaba para mantenerlas.

“Yo hice mucho dinero, ¡mucho! Tenía casas, terrenos… ¡qué les puedo yo decir! Pero me lo gasté todo con terapias y medicamentos para la niña y para mí, por mi enfermedad: hace 18 años por el químico que le echábamos a los muebles para que se muriera la polilla y no llegara a EU con el animal, me dio trombosis y me deprimí mucho, quedé mal de mi pierna y mi brazo. Mi madre murió hace año y medio y quedamos solas la niña y yo.

“Ahora lavo ajeno. De eso nos mantengo. Mi niña pesa 24 kilos. Ahora no he tenido para pagarle terapias. Véanla, está limpiecita. Sólo mueve los ojos y abra la boca para cuando quiere algo, no sostiene el cuello pero no tiene llagas de estar inmóvil acostada. Le compro de estos pañales caros que le cuidan su pielecita. La tengo que levantar un poco y come bien, no papillas, sino desmenuzado porque tiene su dentadura sana y completa. Le cambio siete pañales diarios y la baño. Con el frío del cuarto y las láminas que ya no tapan, la duermo con botellas llenas de agua caliente alrededor de su cuerpo para que no tenga frío y se las cambio toda la noche. La tapo muy bien. Sólo somos ella y yo. Cuando necesito ayuda para cargarla porque yo no puedo, pago. Nunca he recibido ayuda gratuita de nadie, ni de persona alguna ni de ninguna institución. Mis hermanos nunca me han ayudado porque dicen que yo me lo busqué. Todo lo pago yo.”

La mamá camina arrastrando su pie derecho y se acerca a la cama–cuna. Con su mano derecha, encogida y entumida por las secuelas de su enfermedad, hace a un lado el cielo que protege de moscas a la niña–mujer, y la destapa para que la veamos…

“Vengan, acérquense. La he sacado adelante yo sola… Y no me arrepiento de tener a la niña…”, remata con orgullo e implacable dignidad.