Guerra e hipocresía

Recientemente he visto dos productos audiovisuales que me han gustado bastante por diferentes razones y ambos se encuentran en la plataforma Netflix (aunque no son producción de esta última, por lo que les aconsejo que los vean lo antes posible, no sea que los quiten). El primero, es una serie documental llamada La Guerra de Vietnam (2017) realizada por Ken Burns y Lynn Novick, producida por Florentine Films y distribuida por la Public Broadcasting Service. El valor fílmico, documental e histórico de la serie es patente, al presentar la información desde ambos bandos, tanto el de Estados Unidos como el vietnamita (del Norte y del Sur) y también al extender el análisis a otras dinámicas que se desarrollaban paralelamente en Estados Unidos y el mundo, tales como las luchas por los derechos civiles, el racismo y los conflictos entre los ciudadanos y el poder, especialmente en 1968 –aunque he de decir que les faltó el 2 de octubre en México–. La serie guarda un equilibrio interesante entre la crítica y el testimonio, por lo que vemos que los propios entrevistados, las imágenes mostradas y la información documental expuesta permiten que el espectador pueda verificar que tanto un bando como el otro cometieron errores, lecturas equivocadas y llevaron a sus ciudadanos a una de las guerras más absurdas que ha visto la humanidad y que pudo haber terminado mucho antes. Vale la pena mencionar que, a través de este trabajo, corroboramos el valor de numerosas películas realizadas para narrar los horrores de esta guerra. Entre ellas destaco Cara de Guerra (1987), de Stanley Kucrick; Pelotón (1986), de Oliver Stone y Apocalipsis Ahora (1979), de Francis Ford Coppola. La serie tiene otros valores añadidos, como la música realizada especialmente para la misma por Atticus Ross y Trent Reznor (integrantes de Nine Inch Nails y compositores de la música de muchas películas) y la narración, que está a cargo del actor Peter Coyote. Ampliamente recomendable.

El otro producto, es una película que aparece en la plataforma como A War (2015), pero que en danés se llama Kriger, del director Tobias Lindholm, y que narra un episodio en la vida de un comandante del ejército danés, Claus M. Pedersen (Pilou Asbaek) que se encuentra en Afganistán para supuestamente apoyar a la población y defenderla de los talibanes que todavía pululan en el área. Mientras, en Dinamarca, su mujer trata de llevar la vida de la esposa de un militar ausente con tres hijos. En una incursión, el comandante debe tomar una decisión que le trae posteriormente consecuencias graves, centro de la trama después del primer punto argumental. La película tiene una producción bastante bien lograda, lo mismo que nos presenta actores bastante capaces. El argumento es interesante pues nos lleva a cuestionar el sentido de la guerra y sus posibles consecuencias en los que la realizan y los que se ven afectados de manera tangencial por ella. Es más, lo primero que nos hace preguntarnos, es ¿qué demonios hace Dinamarca inmiscuida en un conflicto de tal naturaleza? Como sea, entendemos el sentir de varios de los combatientes en la cinta y el sentido de desesperanza cuando sus esfuerzos se ven coronados por el desprecio y la hipocresía occidental, específicamente en el país del norte. Se trata de una estupenda película, con acción y drama en unas dosis ciertamente irregulares a las que nos tienen acostumbrados los directores nórdicos, cosa que es sumamente agradable; pero a su vez, nos presenta como otras películas de la región, el contraste entre una supuesta modernidad y un “deseable” desarrollo, con la hipocresía y la cerrazón de una pretendida legalidad que francamente se ve siempre opacada por los gobernantes de esos países. Me llamó mucho la atención que jueces, abogados y fiscales vayan todos sin corbata, en camisa o suéter, relajados, casi “sport”, lo que contrasta con la realidad que es, como lo he dicho, hipócrita, perniciosa.

En efecto, no importa si es Estados Unidos o Dinamarca, lo cierto es que, hasta hoy, Occidente ha mostrado que los intereses económicos, los geopolíticos y su muy particular idea de desarrollo, democracia y justicia, son los motivos principales para su intervención en cuanto país se les ha ocurrido en la historia del siglo pasado y lo que va del presente. En ambos productos, tanto en la película como la serie, los oscuros protagonistas son los políticos que siempre son los encargados de enviar a los soldados a luchar esas guerras, pero que al final no pagan las consecuencias, ni ellos ni sus familias. En el documental se hace evidente cómo varios de los hijos de prominentes políticos no pisan Vietnam, como el emblemático caso de George Bush hijo, que más adelante llevará a su país y a sus soldados a otros conflictos internacionales sin haber siquiera participado en uno él. Vemos las vidas destrozadas de numerosos soldados que no solo quedan mutilados o traumados en batalla, sino que tienen que enfrentar a su vuelta la recepción terrible de sociedades dispuestas a enviar a sus hijos a combatir, pero no a recibir las piltrafas que retornan ni a aceptar las atrocidades cometidas. En un testimonio, un ex militar acepta haber participado en una violación tumultuaria a una vietnamita; en un capítulo se da cuenta del asesinato de más de 400 civiles en un día por parte de un grupo militar norteamericano, en venganza por la muerte de algunos de ellos. Simplemente atroz. Lo terrible, es que la hipocresía occidental nos llevará a más conflictos y tendremos muchas más series y películas. Qué pena.