Gratitud… divino tesoro

Las relaciones entre las personas adoptan un sinnúmero de formas que dependen de circunstancias tan variadas, mismas que se manifiestan en la compleja vida social. La convivencia diaria en la casa, en la calle, en el trabajo o en cualquier lugar donde concurramos con otros, nos exige en general establecer un trato que nos evite el conflicto, aunque en ocasiones esto resulta inevitable. Sin embargo, más allá de esas relaciones sociales normadas, se establecen vínculos afectivos más profundos que principalmente se producen con los miembros de la familia y con los amigos.

La gratitud resulta en estos tiempos una rara avis, virtud o sentimiento de grandísimo valor al que le tengo gran consideración y trato de practicar con aquellas personas que han confiado en mi y a partir de ello me han apoyado, ayudado o me han dispensado su amistad. Esto viene indudablemente de una herencia familiar que, cuando no se tiene, sólo queda en una manifestación hueca, sin sentido, que se expresa superficialmente para quedar bien y mantener la simulación.

Cuando la persona que recibe el favor de nuestra parte y tiene en poco o en nada el auxilio prestado, en algún momento, y da paso al “olvido” y al franco desconocimiento; el hecho nos afecta, nos pesa la traición de la confianza que depositamos en ellos. No podemos ser indiferentes a estas expresiones de rechazo y de ingratitud. El comentario de un amigo respecto de la ingratitud es que podemos paliar este amargo sentimiento, pensando que la probabilidad de que nos ocurra con la mayoría de las personas es muy alta y así esperar el revés sin sentirnos tan mal, porque si por el contrario alguna persona nos manifiesta sentimientos de gratitud, nos sentiremos reconfortados.


Cuando se producen estas situaciones que en principio nos sorprenden y nos resultan inexplicables, recorremos y revisamos el último trayecto de la relación, tratando de descubrir aquellos momentos en los que se pudo producir una situación, eficiente, que condujo a la ruptura. Somos muy diferentes unos de otros y no reaccionamos del mismo modo ante lo mismo, cosa que podría explicar que aquello que nos parece simple a otros les podría parecer importante y viceversa. La popular frase de que “cada cabeza es un mundo” es una expresión ilustrativa de la gran diversidad humana, aún en entre personas que compartimos una misma cultura, un mismo ambiente e inclusive hasta lazos de sangre.

De cualquier manera la ingratitud es un defecto monstruoso, porque entraña una falta de valores y sentimientos como el afecto, la lealtad, la consideración, la honestidad, etcétera. El ingrato o ingrata es un egoísta que se aprovecha conscientemente de los demás y que establece relaciones de conveniencia para provecho de sí mismo. Es la persona que muerde la mano de quien le ha hecho bien. Por supuesto que no creo que la gratitud deba ser un pacto de sangre que obligue ciega y eternamente al beneficiado, por encima de cualquier otra cosa. No, ésta tiene sus límites, aquellos que no comprometan la dignidad de la persona, ni la complicidad en hechos negativos.

La gratitud empieza con una sola palabra, pero dicha con plena conciencia y convencimiento de que se expresa sinceramente: ¡gracias!