Graco el moderno

¡No temas preguntar, compañero! ¡No te dejes convencer! ¡Compruébalo tú mismo! Lo que no sabes por ti, no lo sabes.

Bertolt Brecht

 


El petróleo es la mayor fuente de riqueza disponible en el país. Desde su nacionalización en 1938 se convirtió, haiga sido como haiga sido, en el soporte de la economía y el desarrollo en México. De sus ventas proviene la tercera parte del presupuesto federal. Obvia es, en consecuencia, la agitación generada por la iniciativa de “reforma energética” promovida por el gobierno de Enrique Peña Nieto, que abre las puertas a la inversión privada nacional y extranjera.

Desde que se impusieron las políticas neoliberales del Consenso de Washington, en la década de los 90 del siglo pasado, crecieron las presiones sobre el gobierno de México para privatizar las empresas públicas, con la mira puesta en Pemex. Salinas abrió la venta de garaje y en sus afanes privatizadores entregó Teléfonos de México, pero la resistencia de los sectores nacionalistas logró, a duras penas, dejar Pemex a salvo de las garras del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC).

Zedillo y los gobiernos panistas continuaron con la fiebre privatizadora y cedieron gustosos a los intereses extranjeros y la oligarquía local. Remataron los bancos y los servicios financieros, los ferrocarriles, las minas, los aeropuertos y las líneas aéreas, las carreteras, la educación superior y todo lo que oliera a dinero.

Pero la insistencia y el cabildeo de las trasnacionales no han cesado para obtener la joya de la corona, a saber: el petróleo. Felipe Calderón invirtió enormes esfuerzos y recursos en su cruzada privatizadora pero, por fortuna, fracasó rotundamente en el intento.

Y es que, lejos de cumplirse las promesas de que con las políticas neoliberales México ingresaría con fanfarrias al primer mundo, lo único que ha crecido en nuestro país son las lacras: desigualdad, desempleo, pobreza, marginación, criminalidad, inseguridad, corrupción, impunidad, et al.

Para desgracia de la suave patria, Peña Nieto insiste en seguir por el mismo camino. Cambió el jinete pero no el caballo, diría el loquillo Vicente Fox. Por eso las expectativas de crecimiento, tan sonoramente anunciadas, rápidamente se han desinflado. Así no hay quien saque al buey de la barranca.

Esa debería ser la preocupación y ocupación principal del bisoño gobierno. En lugar de ello se ha enfrascado en una desgastante y ruda batalla por imponer una serie de impopulares reformas cuyos beneficios son más que dudosos.

Con renovados bríos, ha emprendido una frenética campaña para convencer a los mexicanos de las supuestas bondades de privatizar la industria petrolera. Si en su momento Calderón fue derrotado, se debió, entre otros factores, a que en la discusión pública, incluido el Foro organizado por el Senado, todas las falacias esgrimidas por el gobierno y los cabilderos de las trasnacionales, fueron desmontadas sin piedad por los especialistas técnicos, economistas, académicos y demás enterados en la materia.

Una de tales argucias es la mentada necesidad de “modernizar” la industria petrolera. Ahora resulta que el gobernador perredista de Morelos, Graco Ramírez, codo a codo con el presidente Peña, defiende la privatización con el manido argumento “modernizador”. Ya antes se valió del mismo, para justificar alianzas espurias y purgar a su partido de adversarios indeseables. Y esa “izquierda modernizada” ha perdido todo vínculo con la ideología y los principios de la izquierda histórica.

El mismísimo Cuauhtémoc Cárdenas pintó su raya con la oportunista postura del flamante gobernador morelense. En las próximas semanas y meses se irán decantando las posiciones dentro y fuera de los partidos. Porque no hay nada más provechoso y lucrativo que estar a la vera del poder. Eso lo ha asimilado la “izquierda moderna” de hoy y de siempre. Aunque antes se le calificaba de otras maneras menos pomposas pero más certeras.

Si el PRI modificó sus documentos básicos para impulsar la privatización, abandonando uno de sus principios básicos y el PRD se divide en ese tema, no son sino señales que la disputa no tiene mucho que ver con la ideología, los principios y la historia. Lo que verdaderamente está en juego es la lana, harta lana.

Todos hemos leído, visto y sabido de las leyendas que se tejen alrededor de los jeques árabes y sus enormes riquezas hechas al calor del petróleo. Asimismo, de las fabulosas fortunas que circulan y se han acumulado en torno a las empresas petroleras, Pemex incluida, por supuesto. Ese es el meollo del asunto.

¡Que no te engañen! como reza la propaganda oficial. De todas las empresas públicas que se privatizaron y todas las promesas que hicieron, al país no le quedaron más que deudas y desgracias. Los precios nunca bajaron, ni los servicios mejoraron.

¡Que no te engañen! Todos esos choros de que van a modernizar, capitalizar, sanear y salvar a Pemex, no son sino cantos de sirenas y cuentos de hadas, como aquel del tesorito escondido en el fondo del mar.

¡Que no te engañen! Los conquistadores solo vienen a lo mismo que han venido siempre, a saquear nuestras riquezas y, como siempre, nunca faltan las malinches y los miramones dispuestos a postrarse ante los hombres blancos y barbados. ¡Bwana, bwana!

Cheiser: La democracia devino en partidocracia. Tanto trapicheo, manipulación y engaño, terminaron por abolir el poder del voto ciudadano y encumbrar a las élites partidistas. Que un puñado de reaccionarios del Partido Republicano tengan paralizado al gobierno del país más poderoso del mundo es un hecho que merece analizarse a fondo ¿o ya es demasiado tarde?