Genios del mal: lucrar con la vileza

He tenido en la vida más de cinco conversaciones en las que penosamente ha surgido el expresidente de México, Carlos Salinas de Gortari, como tema de discusión. En estas pláticas -generalmente intrascendentes- mis interlocutores siempre coincidían en ungir a Carlos Salinas de Gortari como un genio. Al convidarlos a explicarme porqué se expresaban así del exmandatario mexicano, los argumentos ofrecidos me hacían estremecer; básicamente enumeraban muchos de los logros del Sr. Salinas -políticos en su mayoría, e inexistentes a mis ojos- para rematar con una antología de sus atropellos, de los que aseguraban, <<salió bien librado por ser muy inteligente>>. En las palabras de estas personas pude notar siempre un sentimiento, como de añoranza, por alguien que pudo haber sido más bueno que el pan y que resultó en la historia que todos conocemos. Para ellos Salinas es el muchacho listísimo, que empleó el intelecto para las causas equivocadas: un auténtico genio, pero del mal.

Al parecer, una conmiseración similar a la de mis compañeros de habladurías ha permeado en los autores de algunas películas, series audiovisuales y libros, que se han dado a la tarea de “recrear” las vidas intensas de algunos genios del mal bastante comerciables. A la cabeza de estos personajes increíbles está el difunto Pablo Escobar. En días recientes, lugar donde pongo los ojos, lugar donde me encuentro con la cara de Don Pablo: tapas de libros, la barra del qué ver en Netflix -y hasta en la de su primo más feo, Clarovideo- y posters de películas venideras, la más reciente con Javier Bardem haciéndola de Escobar. Uno creería que con tantos años de muerto, el antiguo capo del Cártel de Medellín, si bien no olvidado del todo, pasaría a la historia como un narcotraficante más de los muchos que hemos soportado los latinos. Pues no; porque donde hay -o hubo- fama hay plata, y mucha.

La vida de Escobar está llena de episodios, que de distorsionarse lo suficiente, utilizando la licencia creativa como excusa, pueden ser sumamente redituables por lo que representan. La serie original de Netflix Narcos, es básicamente una apología al ingenio del colombiano que logró inundar las calles de Estados Unidos de cocaína, durante las últimas décadas del siglo pasado. En algunos capítulos, Escobar Gaviria es presentado como un pícaro que lograba burlar todas las vigilancias gringas, con métodos más agudos de los que se le hubieran ocurrido a un vulgar-narcotraficante-cualquiera de estos tiempos. De cierta forma, las victorias del medellinense simbolizan uno de esos triunfos –con maldad mediante- de los latinos amolados sobre los países poderosos; como una Mano de Dios de Maradona, pero en cuestiones de balas y polvos adictivos. A su vez, el Pablo de Narcos, es uno de esos latinos que nos encantan: el mejor de su gremio, y en su momento, el mejor del mundo.


Entonces ¿Cuál es el símil entre el finado señor de las drogas y el político mexicano? Pues que en mi opinión, influídos por contenidos y discusiones como las que se mencionan, estamos ampliando el frasco de conserva de los que eran lo suficientemente brillantes para ser buenos, pero terminaron siendo malos por circunstancias varias. En esto encuentro una peligrosa oportunidad de redención para quien quizás no la merece, y una exacerbación de cualidades que inspiran a actuar de forma nefasta.

Plantear que la desbordante creatividad de Escobar fue el ingrediente secreto detrás del imperio de las drogas que forjó, o que la mente única de Salinas lo previno de enfrentar la justicia por los atropellos cometidos durante su mandato, es restarle importancia al verdadero protagonista de ambas historias: la impunidad grosera que se respira en América Latina. No hay que ser un genio del mal para salir bien librado después de delinquir, en países donde la simulación de justicia es el pan de cada día. Si no concuerdan conmigo, explíquenme entonces por qué Pablo Escobar fue encerrado en una prisión que él mismo mandó a construir y que se regía según su palabra; o díganme a qué genio de la política se le levanta una guerrilla, después de prometer el primer mundo a sus gobernados.

De genialidad no logro distinguir un indicio. Veo, en cambio, corrupción, injusticia y cinismo.

No es que crea que las series donde hay balazos, sexo y drogas sean las causantes de las disparatadas cifras de violencia en el país, ni que un niño cualquiera vaya a descubrir su vocación de sicario por ver unos capítulos de Narcos o El señor de los cielos. Las consecuencias de promover y consumir estos productos –sin discernimiento de por medio- no son aparatosas, pero sí trascedentes. Empleando el ingenio de los villanos como chivo expiatorio, no sólo alimentamos nuestra ya penosa actitud de autocompasión, la exacerbamos. Lo mismo con nuestra indolencia generalizada.

Un fenómeno mercantil como el de El Patrón, se está gestando en nuestro país desde hace algunos años, el protagonista: Joaquín Guzmán Loera. El antes <<infame>>, hoy se ha convertido en <<el célebre>> Chapo Guzmán. De libros ya hay varios kilos, películas y series ahí la llevan. UNIVISION, en contubernio con Netflix, ha estrenado ya la serie biográfica del narcotraficante sinaloense, cuyo primer capítulo –cuarenta y un minutos de auténtica tortura- arranca con la leyenda: “EL SIGUIENTE PROGRAMA ESTÁ INSPIRADO Y SE TRATA DE EVENTOS NOTICIOSOS ACERCA DE UNO DE LOS CRIMINALES MÁS NOTORIOS DE NUESTRO TIEMPO, EL CAPO MEXICANO DE LAS DROGAS, JOAQUÍN “EL CHAPO” GUZMÁN, UN PERSONAJE DE MAYOR IMPORTANCIA E INTERÉS DEL PÚBLICO. CIERTOS PERSONAJES SECUNDARIOS Y EVENTOS SON FICTICIOS, Y HAN SIDO CREADOS POR EFECTOS DRAMÁTICOS, LO CUAL ES NECESARIO PARA CONTAR ESTA IMPORTANTE HISTORIA.”. (sic.)

La advertencia, además de informar lo obvio, augura la calidad de lo que está por verse, exceptuando el solido trabajo del actor Humberto Busto. Plagada de lugares comunes, El Chapo ofrece una visión de Guzmán similar –aunque de factura muy inferior- a la del Pablo Escobar que encontramos en Narcos. De CUANDO CONOCÍ AL CHAPO GUZMÁN, producto de la mente de Kate del Castillo, y producida también por Netflix, mejor es no abundar. Basta con mencionar su evidente sesgo reivindicador hacia los protagonistas del relato. No es de sorprender entonces, que en la reciente opinión popular, El Chapo Guzmán se haya fugado de un penal de máxima seguridad gracias a sus sorprendentes habilidades como escapista-ingeniero-experto en túneles, y no por un entramado de corrupción e ineptitud por parte de las autoridades mexicanas.

La genialidad del mal no existe; no para mí, al menos. El concepto mismo del genio del mal es bastante ridículo. Suponer que la inteligencia es intrínsecamente buena, y por tanto, su aplicación debe destinarse únicamente hacia fines positivos, es tan ingenuo como pensar que todos los que se salen con la suya aquí -en esta parte del mundo- lo hacen valiéndose del intelecto.