Gauguin metafísico

De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? No, no estoy citando a Aristóteles ni a ningún otro filósofo, sino a un pintor: Paul Gauguin.

Así tituló, con esas tres preguntas, uno de sus cuadros más representativos, perteneciente a la estancia en Tahití. En él <<he puesto toda mi energía antes de morir>> escribe. Las figuras de los nativos parecen moverse muy despacio, como en eterno verano, o bien descansan, el aire indolente. Hay un ídolo <<los dos brazos levantados misteriosamente y con acompasado ritmo parece indicar el más allá>> describe Gauguin.

No hay nada qué hacer y las preguntas acuden a las mentes de los nativos. No son metafísicas, como las del pintor, sino bien terrenales: ¿Alcanzará el alimento? ¿Por dónde aparecerán los enemigos? ¿Estoy ya contagiado de sífilis? Por el momento, tampoco tienen respuesta, y ello no los angustia. Por su parte, el pintor, trasterrado, no puede olvidar a Europa. Pero los rostros y las actitudes de sus personajes lo retienen, es un más acá de pobres esperanzas y casi ningún estímulo, junto a maravillosos paisajes y otra etnia de los pobladores, es Tahití, lo que va del siglo XIX al XX, conjuro naïf a los ojos de un europeo. El pintor se encuentra atrapado por las imágenes, de tiempo en tiempo un escozor metafísico… tras la última puerta ¿está el secreto del adónde vamos y su recíproco, de dónde venimos? Quizá sea el mismo lugar. Y saberlo nos daría el qué somos. Pero no hay respuestas. Afortunadamente, su oficio pertenece al más acá.


Y ¿qué ocurre? Los interrogantes son llevados a cuestas mientras vivimos. Y además, los tahitianos no se torturan; sin conocerlo, están más cerca del Génesis que los cristianos: <<polvo somos>> y una vez esto dicho, caduca toda interrogación. Coinciden, sin embargo, el europeo que pinta y los nativos que son pintados; se dan cita en la indolencia, entre las preguntas que no tienen respuesta y las que no se formulan.

Gauguin escribe: <<estoy sin un centavo y hasta el chino se niega a venderme pan. >> Cuenta con un arma para conjurar las urgencias metafísicas y también las terrenales: su pincel. Lo duro es despertar de la comunión con los seres llevados a la tela, y verse en el espejo: soy un fracasado. Gauguin escribe al tope de la amargura: <<me gano enemigos, lo cual vale más que pasar inadvertido>>. Y sin embargo, hay quien lo sobrepasa en desdicha, y es su amigo Vincent. Un poco más loco, se ha cortado una oreja. Gauguin no morirá de su propia mano, como Vincent, pero no vacila en escribir: <<no tardará en llegar mi fin, que deseo ardientemente para no verme obligado a adelantarlo>>. Es más: no sólo lo dice, sino que lo intenta fallando al equivocar la dosis de veneno.

Gauguin vivirá algunos años más, recibiendo uno que otro signo positivo del mundo exterior. Ni por asomo la apoteosis que, igual a Vincent, le será brindada posmortem. De haberlo sabido –se me ocurre– los dos dirían hoy a coro: caramba, qué lata, cómo no dejamos a nuestro agente con autorización para millonarias ventas de cuadros y contratos de filmes, videos, posters, camisetas y demás… pero ¿quién iba a imaginarlo? Y lo mejor ¡qué risa frente a cada negativa de los compradores de aquel entonces que nos tocó vivir!