Frida Sofía

Un amigo –Juan Antonio Sempere– escribió en una columna hace unos días que él asumía la paternidad de Frida Sofía, es decir, que él habría inventado el mito por su esperanza de que fuera verdad. Argumenta que es debido a esa condición humana que lo caracteriza, que lo define. “Ver salir a alguien vivo entre los escombros enciende algo dentro de mí –escribe Toño– que es contagioso, que vibra en las fibras sensibles que creía atrofiadas por el cinismo que se ha puesto tan de moda. Lloro con los rescatistas cantando el himno nacional, con la gente vitoreando a los soldados del cuerpo de zapadores mientras marchan hacia un derrumbe. Quiero a la perrita rescatista en el billete de 500 pesos. Humano, se los dije”. Bien, pese a que comparto el sentimiento humano, pese a que hubiera querido que todo fuera verdad, yo, humildemente, no pienso igual. Yo no inventé a Frida Sofía. Me quedo mejor con la idea de otro amigo mío, Carlos Barona que escribió acremente en su muro de facebook “Hoy se levanta el telón. Frida Sofía nunca existió, nos ofrecen a cambio una ‘insignificante vida’ del personal de intendencia. La efímera trayectoria de Frida sólo se prolongó el tiempo en el que otros puntos colapsados seguían resistiéndose; alguno de ellos con cerca de 50 personas atrapadas en su interior, otros más con algunas cuantas e irrelevantes cinco vidas que nada podían compararse con Frida”. Teorías de conspiración aparte, es un hecho que autoridades y medios en general –hay que recordar que no solo Televisa utilizó el mito– aprovecharon un mal entendido, o lo produjeron con intenciones oscuras. Tal hecho, más allá de emotividades, sentimientos de rabia o de complaciente pacificación ante la tragedia, requiere ser analizado a mayor profundidad.

Este fenómeno me lleva a varias reflexiones, algunas sumamente incómodas. La primera, la constatación de que la Comunicación, como disciplina o como campo de estudio, puede ser esencialmente superficial y en su ejercicio profesional tiende a realizar todo tipo de farsas y en su “estudio y enseñanza”, a justificarlas. Existe un ejército de prestidigitadores y alquimistas de porquería predispuestos a producir discursos en beneficio del sistema, sin que por ello tengan ninguna consecuencia o responsabilidad. Por tanto, las instituciones que se dedican a la enseñanza, estudio y aplicación de la comunicación han de analizar qué están haciendo y cómo contribuye eso a una mejor sociedad. En segundo lugar, hay que hablar sobre la producción de discursos. Para ello, me valdré del trabajo de Michel Foucault, una propuesta de las muchas que hay, pero que me parece se ajusta bien a este argumento. En su lección inaugural en el Colegio de Francia en 1970, Foucault dice: “…Yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. En efecto, la producción del discurso responde a la necesidad de evitar el caos a como dé lugar, enemigo fundamental del “orden” traído por la modernidad y que, supuestamente, ha de llevarnos al lugar prometido: el progreso. Por tanto, todos los discursos producidos por instituciones y sujetos –sí, incluido también el académico– responden a intereses de grupo y se adaptan a la auto regulación del sistema. El que nosotros como sujetos pertenecientes a la sociedad de la que habla Foucault, seamos dueños de la producción de semejante fraude, se desmorona de inmediato; nuestra individualidad, bandera del mundo posmoderno capitalista neoliberal se enfrenta a esta producción dominante del discurso: no nos pertenece. El sistema, en provecho de la inercia de los acontecimientos, produjo tal timo; nosotros simplemente lo asumimos. Aquí, además, hay que contemplar la oposición entre verdad y falsedad, tema más espinoso aún.

Para Foucault lo verdadero se construye verticalmente. Lo que es verdadero es lo que genera valor al discurso dominante y es producido por ese mismo grupo. “Pues esta voluntad de verdad, como los otros sistemas de exclusión, se apoya en un soporte institucional: está a la vez reforzada y acompañada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, como el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada también, más profundamente sin duda, por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la que es valorizado, distribuido, repartido y en cierta forma atribuido”. Existe un complejo entramado discursivo y simbólico que permiten que palabras como “solidaridad”, “compasión”, “esperanza” se vinculen hoy directamente con tragedias como la que vivimos en diferentes partes del país; de igual manera, actitudes muy concretas ante los acontecimientos. Hay que decirlo: Televisa existe lo mismo que las Secretarías de Educación y de Marina, todos involucrados en esta simulación. Ellos crearon la “verdad” de Frida Sofía que se desmoronó demasiado pronto para su gusto. Gracias a ello, nos olvidamos del resto de la ciudad… ¡Qué va! Nos olvidamos del resto del país. Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas; ¿a quién le importaron mientras esperábamos noticias de la ficticia niña? Horas robadas de realidad por una gavilla de malandrines de poca monta. Siguiendo este argumento, en definitiva, yo no inventé a Frida Sofía.