Final de partida (en siete jugadas)

A Omar Castro Rojas, (1950–2018)

 

1


 

Nos la jugamos Clove.

El colapso del mundo

que provoca el capitaloceno

se asoma a la ventana

atentando contra la torre donde caminas

paso a paso, sin descanso,

de un lado a otro del tablero,

audaz peón, sencillo hermano

que alerta a los que nos quedamos

a padecerlo o a rebelarnos.

 

2

 

Omar abre el juego,

sale por la puerta donde lo espera

y sigue a su silbido

Casildo,  su caballo descuajaringado,

con la misma montura

de cuando galopaba

por el Carril de la Rosa.

Se aprestan peón y caballo

a adelantar un gambito

al rey de las opresiones

y a la reina de la muerte,

esos cánceres cotidianos.

 

3

 

Atacan al peón, al proletario

con dolores en los flancos.

Omar se revuelve

y con un ay previo recita a Martí:

“Que ahí tuve un buen amigo”.

Y siente que se alivia un poco,

sonríe y le llora la memoria

del mar de Cancún

donde paleó arena blanca

para las transnacionales del turismo.

Le sabe la boca a esos renglones

de tabaco duro con los que contaba

sueños a mar abierto en sus largas

noches de sudor asalariado y con mosquitos.

 

4

 

Lo protege su reina,

le aplica un bálsamo en su espalda

que a ratos huele a café cubano

o al Legendario ron reposado.

Y el guerrero siente que el dolor

sobre sus huesos bien vale

tantas movidas y batallas,

hayan sido triunfales o derrotadas,

nunca tablas, porque

no se puede conciliar con el enemigo,

ni confiar, “ni un tantito así”

señalaba desde otro tablero

su maestro de ajedrez, Ernesto Guevara.

 

5

 

Vuelve la fiebre,

 

pero el peón no se arredra

pide la lanza de Efraín

y con voz de rabia grita

“Mi país, oh, mi país”

(¡Ay este de hoy, como aquel,

entre coágulos y en fragmentos!).

 

6

 

Lo arropan otros peones amigos

ante los acosos del cáncer dominante,

le cubren permitiéndole el avance.

Tiene tomado el centro del tablero,

aunque le duela su caballo muerto,

la torre hipotecada y las amenazas

que penden sobre sus amigos

que se van quedando sin techo y sin pensión.

El enemigo piensa como llevárselo,

quiere dejar una lección de terror

a los que vengan detrás de Clove,

del Omar que martilla desde el suelo

sus diamantes.

 

7

 

Omar no se rinde ni pierde la cabeza

aunque se quede sin cabello,

y cuando ve que una nueva ola

de movimientos crece y se aproxima

contra el reino de las blancas propiedades,

entonces se deja ir, cierra los ojos,

se sacrifica como el pobre que nació

para el combate y así ha vivido,

y canta ronco asaltando el escenario:

Cuando tenga sesentaiocho años*”.

*Sesentaicuatro, sixtyfour, en la canción de Los Beatles que cantaba Omar representando al Clove de la obra de Samuel Beckett: “Final de partida”, por allá en los inicios de los setenta del siglo XX.