Feminicidio: un temblor continuo

Si tratándose de los presos políticos, el gobierno local ha asumido la actitud deshonesta y vejatoria de negar su existencia para ocultar sus arbitrariedades contra ciudadanos pacíficos; en el tema de la inseguridad pública su postura es deleznable e inhumana. La vertiente más cruda, cruel y cruenta de la inseguridad pública –que nos degrada como seres humanos y se ha convertido en el camino más directo hacia la putrefacción social– es la de los feminicidios. Atentar contra las mujeres es atentar contra la vida misma. Es la negación de humanidad en nuestra especie. La muerte de Fernanda Castilla es el resumen de la irracionalidad de la sociedad nuestra de todos los días que, como uno de sus pilares, convirtió el cuerpo femenino en un objeto con todos los efectos sociales que ello tiene, y pueda traer, como consecuencia.

El feminicidio, como en general la violencia contra las mujeres, no es un problema simple cuya raíz pueda, o deba, ubicarse únicamente en el machismo o la misoginia, pues no todos los hombres lo son, ni estos –solo por serlo– están exentos de violencia social. La violencia de género no encontraría explicación científica a partir de tomar como premisa de razonamiento alguna presunta rivalidad o aversión que pudiese calificarse de inmanente a los hombres. Aun sobre el machismo y la misoginia, como expresión cultural y actitud frente a la vida, tendríamos que buscar la raíz profunda donde nacen tales conductas. Dicen que en un mundo machista, la formación y cuidado de los hijos está en manos de las mujeres. Esta paradoja es también aparente. Es el trabajo asalariado, necesidad del capital, el que sacó a los hombres del cuidado de los hijos.

El problema real, pues, se asienta en una concepción del mundo que encuentra en la violencia y el despojo la forma de adquirir poder y propiedad y, con el poder que da la violencia, organiza la sociedad en consonancia con esa concepción. La lógica de pensamiento social impuesta por el capital, tiende a justificar y legitimar toda forma de organización social que le favorezca, dándole primacía económica y política sobre el grueso de la población. La vida social se rige, entonces, por los valores éticos que emanan de la lógica del comercio, el negocio, la ganancia y la acumulación de riqueza. Tanto tienes, tanto vales. De esta lógica y sus valores no escapa el cuerpo femenino. Sin intentar hacer psicología, podemos aventurar que los varones que aspiran a amasar fortuna y asumen sin crítica ni escrúpulo esta visión del mundo, son los más proclives al uso de la violencia para alcanzar posesión de bienes o contra las mujeres.


Esta forma de ver el mundo, convertida en ideología dominante, ha pervertido el funcionamiento de instituciones que antes se tenían por virtuosas: familia, escuela, iglesia, hospital, oficina de gobierno, etcétera. La globalización de la economía, entendida como expansión y profundización del capitalismo en el mundo, con sus efectos visibles de hiperconcentración de la riqueza y extensión de la pobreza en grandes capas de la población, para justificarse, ha echado al bote de la basura todo enfoque racional del mundo y, consecuentemente, de las relaciones humanas. En este modo irracional de construir y ver el mundo se encuentra explicación profunda a infinidad de problemas sociales que derivan de violencia y despojo: los relacionados con el cuidado de la naturaleza –aire, tierra, agua, flora, fauna– y los de nuestra gregaria convivencia.

Estamos en presencia de la cultura diseñada por el gran capital y el poder político que lo resguarda. Estos dos poderes generan y difunden una cosmovisión que inicia en la familia, desde la infancia, cultivando la división de papeles y funciones sociales destinados para hombres y mujeres; la disminución del valor social de todo quehacer femenino; la cosificación del cuerpo humano y la violencia sobre él. Esta pseudocultura se propaga a través de los distintos mecanismos de la comunicación masiva contribuyendo a que, socialmente, la gente se acostumbre a ver la violencia como algo cotidiano, casi con naturalidad, cuyo efecto sicológico es la gradual pérdida de sensibilidad frente al dolor de los otros.

Un coctel de imágenes aterradoras, información y vivencias entra en la mente de los miembros de la sociedad; todos los días, a todas horas; desde el nacimiento hasta la senilidad llegando a constituir, en buena medida, nuestra forma de ver la vida. La educación de la familia se asienta, muchas ocasiones, en esos estereotipos de trato hostil hacia esposa e hijas. La escolar –cuando se tiene– no siempre ayuda a racionalizar el tema de la relación mujer–hombre, ni tampoco quita de todas las mentes las imágenes que la cultura dominante imprime y expone sobre esa relación. El feminicidio presenta grave incidencia en el estrato poblacional que busca no descender económicamente a la proletarización. La mentalidad de cada persona –con sus circunstancias– procesa de distinta manera este bagaje cultural que la ideología dominante inserta en su vida.

La proliferación ad nauseam de los feminicidios ha venido a demostrar que la solución del problema no estaba en la inclusión en la ley penal de una figura delictiva que distinguiera, sexistamente, al homicidio del feminicidio. La impunidad sigue reinando. Hoy, los esfuerzos de lucha social se encaminan hacia la obtención de una declaración gubernamental de alerta de violencia de género, a pesar de existir evidencias suficientes de que tal declaración oficial no constituye remedio efectivo para evitar esos crímenes. Es decir, no los impide ni altera la pasividad estatal para combatirlos. Un auténtico círculo vicioso: pedir el cumplimiento de la ley a quienes, por razón de estado, dejaron de hacerlo.

La inseguridad pública es, esencialmente, un fenómeno económico; la impunidad es la cobertura política que se le brinda; y el atropello a los presos políticos representa el acallamiento y escarmiento de quienes disienten y critican éstas formas del quehacer público, cuyos estremecedores resultados están a la vista expresados en el sufrimiento social cotidiano. En todo ello aparece la ausencia de respeto de la clase política a leyes y personas: la corrupción. No podemos seguir por la misma ruta so pena de mayores sufrimientos sociales. Un auténtico cambio social solo puede asentarse sobre la base de una refundación moral, política y organizacional del Estado, que nos posibilite propiciar un cambio de paradigmas productivos, educacionales y formativos de una nueva cultura basada en el respeto a los demás como única vía para aspirar a la sana convivencia social y darle otro sentido humano a nuestra vida colectiva. Por supuesto, es tarea conjunta que involucra a hombres y mujeres.