Experta: el patrimonio inmaterial a veces plantea un conflicto en la relación hombre–naturaleza

La investigadora Luz Idolina Velázquez Soto identificó que en torno al patrimonio inmaterial como son los saberes alimentarios de una región existe un conflicto: aquel que se da entre la conservación y el peligro que persiste cuando se rompe la relación hombre–naturaleza.

Lo anterior, dijo la investigadora abocada en el estudio de la región de Tehuacán, se refleja en lo que sucede con el gusano cuchamá, una oruga comestible endémica de esta zona, particularmente de municipios como Zapotitlán Salinas. Ahí, explicó, se da una problemática particular provocada por la protección institucional que se enfrentan a las prácticas culturales que tratan de conservar las poblaciones.

Al comentar su libro Biodiversidad y Patrimonio: el gusano chuchamá de Zapotitlán Salinas, el cual fue resultado del trabajo que realizó hace tiempo en las comunidades popolocas apoyada por el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, mejor conocido como Pacmyc, Velázquez Soto señaló que hace más de medio siglo se gestaron los problemas en torno al cuchamá y otros 12 insectos comestibles.


Ello, porque nace unos 50 años la población tuvo que entregar un predio a una empresa de huevo, perdiendo una importante área de producción de milpa, llamada por los pobladores como milpa de la esperanza, porque en esa región no llueve con frecuencia y por tanto se aprovecha al máximo cualquier precipitación fluvial.

La académica de la UAP mencionó que en ese contexto el gusano cuchamá era y es todavía una alternativa de alimentación e ingreso pues lo que no se come en la casa se vende o es objeto de trueque en los mercados locales.

Advirtió que estos saberes y prácticas alimentarias se pierden con rapidez en las zonas que se van urbanizando; no obstante, dijo que se mantienen en las zonas rurales como en San Martín o San Juan Raya, en donde su población es 80 por ciento indígena.

Luz Idolina Velázquez denunció que cada día hay menos gusanos cuchamá, siendo una de las causas la deforestación de la zona. Otra más, enfatizó, es “el acoso” de los cuidadores de la zona –incluso de la Reserva de la Biósfera Tehuacán–Cuicatlán– quienes llaman a “no tocar” cactus como la biznaga –en la cual se reproduce esta oruga–, pues dicha especie y otras están en peligro de extinción.

Señaló que esta actitud es errónea pues gusanos como el cuchamá son especies barrenadoras, y por tanto permitir su captura en plantas como la biznaga, los recolectores podrían ayudar a reforestar la zona cuidando y trasplantando las especies que se encuentren lastimadas.

Por tanto, la también colaboradora del proyecto Estrategia de desarrollo sustentable para generar alimento y empleo: el gusano cuchamá en Zapotitlán Salinas, aseguró que “en donde más se consume el cuchamá, los cactus se mantienen más sanos y tienen menos problemas de desaparición”.

En ese sentido, reflexionó que existe un conflicto patrimonial: por un lado la implementación de programas de preservación de la fauna y la flora endémica, como lo fue la instalación de la propia reserva o la posibilidad de que la zona sea declarada patrimonio mundial por la Unesco, y por el otro la pérdida de la relación hombrenaturaleza, de sus prácticas y saberes comunitarios, en este caso de orden alimentario.

“Lo que no se toma en cuenta al prohibir la recolección es que el consumo del gusano cuchamá forma parte de las prácticas y los saberes alimentarios de esta región de Puebla”, consideró Velázquez Soto.

El gusano cuchamá es una oruga cubierta de finas espinas a manera de pelusa que quema si no se tiene cuidado al capturarlos; nace a principios de julio y termina en agosto. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), señala que valor energético ronda las 430 kilocalorías por cada 100 gramos, cifra que representa una importante fuente de proteínas para el humano.

 

 




Ver Botones
Ocultar Botones