Estandoperas y la crítica social

Sofía Niño de Rivera ■ Foto: Wikimedia

Pongo pausa al video para poder describir el dolor de cabeza que me causó su facilidad para utilizar la frase “pero no es su culpa, es culpa de las feministas”, la cual acompaña con una cara que busca mostrar algo que se parece más a la ironía que a una reflexión que alguien sea capaz de tener. Es normal, es un stand up y la ironía es la esencia de su existencia. Todos los aspectos histriónicos los aprendió muy bien; no hay que dejar de reconocerle que si alguna parte de su show da algo de risa es gracias a la técnica, a su lenguaje corporal, porque si entramos en cuestiones de originalidad, tengo mis dudas. El repertorio de chistes que le sirvieron como base para sostener esta comedia ya a todos nos los habían contado, pero como parte de una anécdota de la vida de Pepito. Sofía lo transformó y lo convirtió en el catálogo de sus espectáculos que algunos calificarían de modernos y vanguardistas.

Quiero aclarar que no vi el show de Sofía Niño de Rivera por placer sino precisamente para contrastarlo con otro stand up que, a diferencia del suyo, vi con mucho gusto: el de la argentina Malena Pichot. No es difícil comparar los dos espectáculos, ambos publicados por Netflix, ya que sus temáticas enlistadas están llenas de coincidencias, pero no así el ojo analítico con el que estas estandoperas las presentan. Putas, sexo, violaciones, homosexualidad, maternidad, matrimonio y feminismo son los ejes donde coinciden los shows de las comediantes, y aunque se pueda decir que por ello son similares, no se parecen en nada. Sin embargo, el diálogo reflexivo que nos sugiere la ubicación de uno frente al otro es tentador, y refleja, en términos muy generales, el debate que hoy mantiene al mundo atento a estos temas.


Si me pidieran describir el aspecto que más desagradable me parece del espectáculo de Niño de Rivera, no podría escoger uno único. Su línea argumentativa se sostiene en las preconcepciones clasistas más globales, las que ya todos conocemos, abarcando cada una de las formas discriminatorias que podrían habérsele ocurrido a alguien. Si alguien cree que alguno le faltó, vuélvanlo a ver porque, aunque sea implícitamente, sin duda ahí está.

¿Algunas veces parecería que el racismo en contra de los negros es algo ya bastante superado (con sus obvias excepciones)? Pues aquí podemos ver que no, y Sofía le hace justicia, orgullosamente, a las banderas racistas. Por lo visto, para ella los negros no son seres humanos, sino animales; y los fue a observar fascinada (porque le alcanza) a un safari que llama Sudáfrica, donde además de negros había elegantes leopardos que la embelesaron con su caminar de puta fina.

Lo que no me queda muy claro es el concepto de puta que se ha construido, pero parece que, para ella, está representado por una mujer autónoma e independiente. Y, desde su entendimiento, es la misma que lucha porque las feministas no destruyan la posibilidad de que el hombre le siga pagando la cuenta, ante lo cual Malena Pichot respondería: “la persona que paga la cena es la (…) que tiene más plata, y, en general, los que tienen mejores sueldos y mejores trabajos son los hombres. Así que van a seguir pagando la puta cena (…) nos violan, nos matan; bien podemos aceptar una cena”; entonces Sofía descubriría que sus fundamentos feministas, incluso si sólo los utiliza para hacer comedia, son visiblemente básicos.

Malena Pichot ■ Foto: Wikimedia

Sofía y los que le aplauden justifican la ironía de su show por ser un simple producto clásico del stand up. Sostienen que así es el espíritu de este tipo de comedia, como si las críticas al clasismo de la comediante fueran de forma y no de contenido. Como si sus diálogos no reflejaran su forma de pensar. Estos defensores son los mismos conformistas que llaman a las feministas feminazis, por “radicales”. Tal vez su propuesta es solucionar las injusticias con paciencia, hablándoles bonito a los asesinos o a los violadores (otro de los temas que trata como un cualquier, porque le alcanza el dinero para viajar a Japón pero no la capacidad reflexiva para empatizar con las víctimas).

Las violaciones son un tema ideal para comparar a las dos estandoperas. Malena toca también este tema, pero con un contraste opuesto que busca evidenciar el nivel de dominación que impera en los casos de violación, y lo que yo definiría como una línea delgada entre lo que es y lo que no es violación. ¿Que una mujer tenga sexo simplemente por el miedo a decir que no (aunque abra las piernas) no sería una violación? La violencia simbólica es más efectiva precisamente porque hace parecer que una acción violenta no lo es al haber un “consenso” de por medio.

Hacer comedia no implica por fuerza normalizar la violencia y la desigualdad, y el show de Malena es muestra de ello. La comediante argentina critica las relaciones desiguales entre géneros, la cosificación de la mujer, la violencia y la imposición de roles, pero eso no significa que su trabajo haga llorar. Creo que si algo aprendió bien del género de comedia al que se dedica fue precisamente a lograr la conjunción entre crítica social y risas. A hacernos reír de nuestras desgracias a la vez que hacemos conciencia de las injusticias y la violencia sociales.

En lo que a Sofía corresponde, probablemente confundió “crítica social” con “reproducción de los estereotipos sociales”. Muy al contrario que Malena, la mexicana normaliza, y hasta parece que lo celebra, que la caballerosidad de los hombres sea el medio justificado por el único fin de cogerse a una mujer. Sin embargo, se muestra visiblemente crítica ante la existencia de mujeres que luchan porque se les vea como algo más que un objeto. Bien lo dijeron en un artículo publicado en Plumas Atómicas (Sofía Niño de Rivera: Cuando los ricos se ríen de todo menos de sí mismos):

“¿Se acuerdan cuando (…) en entrevista con Aristegui, denunció el acoso de Ricardo Rocha (…)? La opinión pública se le fue encima, porque la mayoría consideró que la comediante exageraba. Rocha lo negó todo. Casi 50 mujeres del medio firmaron una carta en la que le daban a él su apoyo y a ella le decían mentirosa.

¿Quiénes fueron prácticamente las únicas que la apoyaron? Las feministas. Ésas que, dice en su show, se despiertan “odiando los penes” y son las culpables de que el romanticismo se haya terminado en las relaciones heterosexuales.”

Vi en el show de Sofía una característica muy común cuando las clases más privilegiadas quieren eliminar la culpa que a algunos les hace sentir el darse cuenta de que representan la cara beneficiada en la estructura social desigual. La comediante siente una evidente lástima y ternura por los sujetos representantes de “lo otro” en este tipo de relaciones. Los negros, los pobres que, por su puesto, se gastaron su quincena para ir a ver su show (aunque fuera desde los asientos más baratos); la gente que no tiene de otra mas que trabajar de botarga, o los homosexuales.

La mexicana se burla de los animadores pero su stand up parece más un trabajo de animador de hotel all inclusive que un proyecto cómico de crítica social. “¡¡¿Dónde están las lesbianas?!! (…) siempre hay lesbianas en mi show (…) y yo sé dónde están, en realidad, son las que están sentadas como (abre las piernas y se agarra la entrepierna), como -debí de haber tenido huevos-. Las amo”.

No obstante todo lo anterior, me parece que hay que procurar tener cuidado al criticar su trabajo. Algunas voces argumentan que quien la tacha de clasista es porque no quiere aceptar su éxito, por el peligro que representa que una mujer se empodere y llegue a romperla en los escenarios del mundo machista en el que nos tocó vivir (aunque ella aún no se haya dado cuenta). No me queda muy claro si a Sofía le reconfortaría escuchar las voces que la defienden con este tipo de argumentos o los tacharía de un producto de feminazis radicales y antiverguistas. Pero, mientras tanto… sororidad.