Estancados

Harry Kane en medio de los desconsolados jugadores suecos al término del encuentro de cuar-tos de final en el que Inglaterra se impuso a la selección nórdica ■ Foto Ap / La Jornada

No  hay que darle más vueltas: el futbol mexicano, el que más dinero mueve en el continente americano con la probable excepción de Brasil, ha sido incapaz de rebasar la mediocridad a que lo condenan sus propias inercias, casados sus dirigentes con el mercantilismo más inmediatista y zafio, extranjerizados en lo local por el pacto de gavilleros y perdidos sus seleccionados en sueños de grandeza poco acordes con su calidad real, que es más bien limitada. Completa el panorama una publicrónica cuyas esporádicas salidas de tono poco tienen que ver con la crítica auténtica y mucho con simpatías, antipatías y antojos como los que convirtieron a Juan Carlos Osorio en el malo de una película con demasiados personajes tortuosos y un final repetitivo y nada feliz.

La mejor prueba de lo aseverado está en el grisáceo historial mundialista que nos persigue, con una raya que en 24 años no se ha movido de los octavos de final como demostración irrefutable del lugar que ocupa nuestra Selección en el concierto internacional, siempre entre las 16 principales pero nunca entre las 10 mejores. Y, desde luego, sin capacidad para discutirle cara a cara a Brasil, que esta vez fue el encargado de desinflar el globito tricolor, con todo y su ilusoria generación dorada. De hecho, el único salto cualitativo que recuerdo lo dio México entre el desairado papel de Suecia 58 y la grata revelación que fue para la Selección tricolor Chile 62, coincidiendo con la época de esplendor del campeonísimo Guadalajara.

¿Hoy como ayer? Estocolmo, 8 de junio de 1958, inauguración de la VI Copa del Mundo: México 0, Suecia 3 (Simonsson, 17’ y 64’, y Liedholm a los 57’, de penal). Suecia quedó subcampeón del mundo.


Ekaterimburgo, 27 de junio de 2018, tercer partido del G–F para ambos: México 0, Suecia 3 (Augustinsson, 50’; Granqvist, de penal, 62’ y Edson Álvarez, autogol, 74’). Suecia, eliminado en cuartos.

Viña del Mar, 30 de mayo de 1962, apertura del G–3 de la VII Copa del Mundo: Brasil 2 (Zagallo, 56’ y Pelé, 73’), México 0. Al final, Brasil iba a coronarse bicampeón.

Samara, 2 de julio de 2018, octavos de final del mundial ruso: Brasil 2 (Neymar, 51’ y Firmino, 88’), México 0. Brasil, fuera en cuartos de final.

¿Dónde está, en 54 años, el tan proclamado, loado y cantado progreso?

¿O peor que ayer? Dentro de ese panorama de tropezones con la necia piedra de octavos es claro que la tal generación dorada tendrá mucha gente jugando en Europa –y quién no, estando allá el ombligo futbolístico del siglo XXI– pero carece de jugadores de la clase de un Hugo Sánchez, un Cuauhtémoc Blanco, un Claudio Suárez, un Ramón Ramírez, un Tomás Boy… por no hablar de los Carbajal, Raúl Cárdenas, Chava Reyes, Héctor Hernández, Alberto Onofre, Fernando Bustos. Si alguno queda de esa estirpe es Guillermo Ochoa, que hasta podría ser, bajo el prisma de su desempeño en Copas del Mundo, el mejor guardameta de nuestra pesarosa historia. Los demás, los seleccionados de ahora, son futbolistas ordinarios, unos buenos y otros no tanto, sujetos todos a los altibajos que les han vedado descollar en primera línea internacional, pues lo cierto es que no hay uno solo cotizado siquiera en 15 millones de euros, cifra modesta para lo que hoy se baraja.

Ciclón belga. Desde que Brasil dejó de producir cracks –Romario, Ronaldo y Ronaldinho, últimos ejemplares de tan añorada especie–, los europeos lo han barrido de la Copa. El viernes, en Kazán, a la implacable locomotora belga le bastaron el autogol de Fernandinho –enteramente accidental y marcado por cierto con la mano (13’)–, la estampida del búfalo Lukaku coronada por De Bruynt de salvaje latigazo cruzado ante la pasividad de Marcelo (31’) y tres o cuatro lances decisivos de un Courtois convertido en emergente émulo de Lev Yashin, la araña negra original, gloria del gran futbol soviético de los años 60.

Figurines de papel. Brasil resintió el bajo rendimiento de Neymar y Coutinho y el error de Tite al alinear de inicio a Willian como falso puntero derecho, así como su tardanza en sustituirlo por Douglas Costa, que sería, con Renato Augusto  –otro que se incorporó muy tarde al partido–, el único revulsivo que tuvo el scratch a la ofensiva, al grado de ser Augusto quien de formidable frentazo al rincón izquierdo logró batir a Courtois (78’), y quien más de cerca rondó el empate con un seco remate cruzado que salió besando la base del poste derecho. Faltaba aún la colosal salvada de Courtois a tiro de Neymar (90’).

A la luz de este recuento –en el que podría caber un probable penalti de Company, patrón del área belga– es posible que Brasil mereciera más, pero la verdad es que aun encerrada en su propio terreno durante todo el segundo tiempo, Bélgica daba mayor sensación de peligro al disponer Lukaku de amplio espacio para los contragolpes sabiamente administrados por Hazard, mientras los laterales brasileños Fagner y Marcelo se mostraron nulos en defensa e inoperantes al frente. Además, el equipo de Tite pagó muy cara la falta de un armador a la altura de los viejos prestigios de los Didí, Gerson, Zico, Sócrates… Y los botines de Casemiro –suspendido por acumulación de amarillas– le vinieran grandes a Fernandinho, el del autogol que encaminó el triunfo belga. Otro cero a la izquierda fue Paulinho, mientras que Firmino esta vez no entró al partido con buen pie.

Garra estéril. En Niznhi no le alcanzó a Uruguay con su indeclinable espíritu combativo para doblegar a la Francia de Didier Deschamps. No solo fue la celeste inferior a los del gallito, para colmo entró al campo con un gol de menos –el que se supone porta de oficio Cavani, ausente por lesión– y lo abandonó con uno de más, el de la pifia parvularia de Muslera a remate muy distante de Greizmann que redondeó el 2–0 definitivo (60’). Antes, a los 39’, el propio Greizmann –el hombre del partido– templó sobre el área un tiro libre desde la derecha por falta descalificadora de Bentancur, y Varane desvió de cabeza fuera del alcance de Muslera para abrir el marcador. Y aunque casi enseguida Lloris protagonizó una desviada milagrosa sobre sólido testarazo de Cáceres –el rechace lo voló Godín a bocajarro–, la verdad es que la celeste se fue diluyendo a medida que el tiempo transcurría, inexistente su ataque donde Suárez deambulaba más solo que nunca.

Los que habían ido a ver a Mbappé se quedaron con las ganas. Y del duelo franco–belga pueden salir chispas, aunque conviene no olvidar que ambos se han manejado mejor permaneciendo retrasados, a la espera de ocasiones para su letal contragolpe.

Croatas e ingleses. La fiesta rusa llegó a su fin en la rueda de penaltis y Croacia está instalada en semifinales. Pero tuvo que luchar a contraestilo, mucho más cómoda agazapada que obligada a buscar el partido. Cherysev adelantó al local con una belleza de gol, zurdazo angulado que dejó a Subasic viendo visiones (30’); y ya todo se les presentó a los croatas muy cuesta arriba, pese al empate conseguido enseguida por Kramaric (39’) y a la brega incansable Modric: aquello fue un querer y no poder que se prolongó hasta la prórroga, donde al frentazo de Vida a la red (100’) correspondería el de Mario Fernandes (115’), brasileño naturalizado ruso que luego echaría fuera su tiro penal, segundo yerro del local en la tanda de desempate, que Rakitic resolvió al fin para el 4–3 definitivo.

La lucha entre ingleses y suecos acentuó el talante adusto, excesivamente físico de este mundial. E Inglaterra ganó a la inglesa, con dos golpes de cabeza ganados a la defensa de más elevada estatura del torneo. En todo caso, alguna deuda antigua tiene el futbol con los británicos, acentuada por la desaseada forma que tuvo Rusia de despojarlos de la sede de esta Copa. Fueron sus goleadores el veterano Maguire, sobre córner enviado desde la izquierda (30’), y el joven Dele Alli, ganádole por un pelo al fuera de juego para cruzar al segundo palo de Olsen (57’). Dentro de la aridez general mostró más futbol el juvenil equipo de la rosa, y si Sterling falló goles a pasto, Jordan Pickford supo evitarlos con su agilísima respuesta a tres secos remates suecos con aroma de red.

Eurocopa. Eliminados Uruguay, Brasil y Colombia –muy defensiva sin James y vencida en octavos por Inglaterra mediante los malditos penales–, el mundial ruso ha quedado reducido a duelos entre semifinalistas europeos, correosos todos, ninguno deslumbrante, apogeo del futbol físico con el VAR como reflejo de un arbitraje tan discutible como el de cualquier Copa precedente.

Nos espera mañana una especie de final anticipada –el FranciaBélgica– y el miércoles Inglaterra–Croacia. De pronóstico reservado ambos…