Espionaje

En México el espionaje ha sido y, como se ve, sigue siendo una práctica común. El domingo pasado, Elena Poniatowska hace un relato de la sorpresa qué se llevó al revisar, en el Archivo General de la Nación, ubicado en lo que fue la penitenciaria de Lecumberri, el expediente donde se registraron hasta sus más mínimos movimientos entre 1962 y 1985. Nada escapó a la mirada inquisidora de los espías gubernamentales. Identificada en los reportes contenidos en su expediente, en ocasiones, como “periodista de nacionalidad suiza” y, otras como “judía polaca”, Poniatowska pasó revista a su vida pública en ese lapso, desde con quien o quienes se reunió, hasta los temas de las conferencias que impartió.

El caso de Poniatowska no es único, otros personajes de mayor o menor importancia en la vida pública han sido sometidos también a una grosera injerencia en su vida privada; han sido espiados, antes, con técnicas elementales –seguir al espiado a donde quiera que iba–; hoy, con sofisticados instrumentos se interceptan conversaciones telefónicas o de plano los equipos de cómputo son invadidos y secuestrada la información de quien, de acuerdo al oscuro mecanismo mental del policía, ha hecho “méritos” para ser espiado.

Pero el espionaje se ha ejercido, incluso, contra los de casa. En el año 2000 se filtró una conversación telefónica entre Raúl y Adriana, hermanos de Calos Salinas. Eran los días finales del gobierno de Ernesto Zedillo, quien había roto con Salinas cuando éste lo acusó de haber cometido los errores que, en diciembre de 1994, desataron la crisis. En la conversación, con Raúl en la cárcel, éste, molesto, le decía a su hermana que diría toda la verdad sobre los recursos provenientes del erario público depositados en bancos extranjeros. Finalmente, no pasó nada y Raúl salió libre, perdonado y le fueron devueltas sus cuentas bancarias y la familia priísta volvió a ser feliz.


Como este ejemplo hay cientos –¿miles?– más y todos lo sabemos, por eso las protestas que de ese saber se derivan no sirven de mucho, el poder cree que parte de sus funciones es espiar y advertirle a todo mundo: “Te estoy viendo, sé lo que haces, como lo haces y con quien lo haces.” Imagínese hasta donde llega el poder, que el propio presidente dice “sentirse espiado.”

Por eso sorprende que se haya hecho tanto escándalo con el artículo “El espionaje a activistas y periodistas en México”, publicado el 19 de junio pasado por The New York Times y que se ganó, ese día, la primera plana del diario. No es que la denuncia no mereciera la “atención y justa indignación”, sino que en realidad es llover sobre mojado. Nada nuevo, ni siquiera que se habían destinado muchos millones de dólares a comprar la tecnología israelita para modernizar el espionaje. El caso es que el gobierno nos tiene acostumbrados a utilizar los escándalos mediáticos para ocultar sus acciones sobre las cuales no quiere que se fije la atención pública. El problema, entonces, es saber que oculta esa cortina de humo.