Esparza y los funcionarios de primer nivel asisten a la clausura de la Alfabetización BUAP 2015

“Estos jóvenes, nuestro maestros, son arbolitos que van a dar buenos frutos el día de mañana”, dijo en el micrófono la señora Petra Hernández, de la comunidad de Zaragoza, municipio de Ixtacamaxtitlán. El viernes y sábado pasados se llevaron a cabo las clausuras de la Alfabetización BUAP 2015 en la región que forma la entrada a la Sierra Nororiental poblana. A la de esta comunidad, celebrada el día 8 de agosto, asistió el rector de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP), Alfonso Esparza Ortiz, siendo así el primer rector de la institución que acude a una clausura en los 14 años que lleva este programa, y no únicamente para realizar alguna visita durante el período de campaña, como ocurrió anteriormente.

Alfonso Esparza ha participado directamente en este proyecto de educación de adultos e integración comunitaria desde que fungió como rector interino. A partir de ese momento el proyecto recibió un significativo impulso con el cual se ampliaron las actividades en este sentido. Para esta clausura el rector resaltó en su discurso la conducción de la directora del Centro Universitario de Participación Social (CUPS), Mirta Figueroa Fernández, como la forma en que una dependencia de la casa de estudios debe integrarse a la comunidad, labor –recordó– que empezó Jorge Pedrajo en el año 2001, quien falleció hace tres años.

Por su parte, Figueroa Fernández dio a conocer las cifras de este año: 83 estudiantes de la universidad, básicamente preparatorianos, trabajaron durante nueve semanas en 40 comunidades de cuatro municipios poblanos y llevaron a cabo su labor con 470 pobladores. Resaltó especialmente el hecho de que el rector hubiera estado presente en esta clausura, pero que además hubiera invitado a su equipo fundamental de colaboradores.


En efecto, Esparza Ortiz se hizo acompañar del secretario general, René Valdiviezo; del Tesorero, Óscar Gilbón Rosete; de la abogada general, Isela Ávalos; de los vicerrectores de Investigación, Ygnacio Martínez, y a la contralora Mayela Delong, de la defensora de los Derechos Universitarios, Miriam Ponce, así como Pedro Hugo Hernández, del Centro Universitario de Vinculación, amén de la secretaria particular, Guadalupe Aguilar. Esto, según dijo el rector, para que todos se dieran una idea del significado de que la universidad se integrará a las comunidades que necesitan de nuestra presencia, pero también para que los estudiantes reciban una información y una experiencia que nunca encontrarán en las aulas.

El rector entregó una constancia a un representante de cada una de las comunidades en las que se desarrolló este programa. Dio –también representativamente– un juego de lentes graduados a tres alumnos campesinos, porque la universidad por primera vez ayudó a decenas de personas que se habían inscrito entre los alfabetizandos y requerían gafas para poder leer. Igualmente, dotó de un paquete de libros a la biblioteca comunitaria que se creó en esa localidad el año pasado.

El grupo de ballet folklórico de la UAP estuvo presente, lo que gustó mucho a las personas de estas comunidades que probablemente en su mayoría no habían visto directamente un espectáculo de esa calidad.

 

Un año de esfuerzo

 

Los alfabetizadores y sus coordinadores llegaron a este momento después de una larga jornada que empieza con el año lectivo: encontrar las localidades adecuadas para llevar a cabo el trabajo, las que tengan la necesidad de aprender las primera letras o la gente demande instrucción primaria y a veces secundaria; las que den mayor seguridad de los jóvenes y permitan una buena coordinación de los organizadores. Simultáneamente, los coordinadores del CUPS visitan varias veces cada una de las preparatorias de la UAP para informar e invitar a los muchachos a integrarse a esta labor. Mirta Figueroa dijo que se encontraron con algo así como 5 mil estudiantes.

Hay que trabajar con los padres de los alumnos que deciden participar para darles la certeza de que existen las condiciones para que sus hijos ayuden a mejorar nuestro país –como dijeron una y otra vez quienes intervinieron en la ceremonia de Zaragoza–, no solo enseñando a leer, escribir, cuentas, primaria o secundaria, sino aprendiendo de cómo vive la gente de estas comunidades marginadas, de cómo se organiza, cómo se relaciona con la naturaleza o los gobernantes de arriba.

Los jóvenes son preparados en talleres previos a ir a las comunidades en todos los aspectos del trabajo que realizarán, en las reglas para convivir en “casas alfabetizadoras” con otros 20 o 30 jóvenes y lavar, limpiar los cuartos, cocinar para todos, preparar las clases, ir a los talleres de trabajo comunitario con los pobladores y organizar encuentros deportivos que permitan enriquecer el vínculo social del sitio en el que se trabaja.

En la ceremonia de clausura los muchachos se mueven como hormigas: acomodan sillas, van por sus alumnas y alumnos a las comunidades donde realizaron su trabajo, cuelgan carteles y mantas para dar una idea de su trabajo, pero también del orgullo de haber llegado a este momento. Una parte de su labor en estas últimas semanas ha sido planear y organizar la clausura. Lo hablan en las interminables asambleas que se preparan cada noche, igual que lo hacen en los hogares o puntos de reunión en los que dan sus clases. El colectivo estudiantil ha hecho el programa de la clausura, que remata con la interpretación colectiva de una canción: “Que no se quede nadie sin aprender”.

Pero muchas campesinas y campesinos quieren participar en la clausura: hacen poemas y cantan piezas en español y náhuatl para agradecer a los jóvenes el haberse desplazado a este lejano punto de sus hogares para estar con ellos. Las intervenciones se suceden y las palabras siempre son de agradecimiento, pero también de tristeza por la despedida. En la hora de la entrega de las constancias de participación –nada menos que con la firma del rector de la UAP– los abrazos y la lágrimas se funden.

Hay muchos padres de los jóvenes que van a esta fiesta. Si tienen auto o consiguen aventón habrán hecho unas dos horas desde Puebla. Si deben irse en transporte público el problema se agrava y tardaran, con uno o varios transbordos, cuatro o cinco. Pero allí están, emocionados y orgullosos, intercambiado abrazos y llantos con sus hijos y los alumnos de sus hijos.

Una madre de los alfabetizadores, la mamá de Paloma, pidió hablar e hizo un buen recuento de este estado de ánimo, pero también de la trascendencia de la obra.

Los jóvenes regresan llenos de piquetes de pulgas, porque en las casas de sus alumnos las hay, más gordos o más flacos, con algunas clases de este nuevo semestre perdidas, pero retornan a su hogares convertidos en otros, convertidos en maestros. Aunque en realidad lo que se llevan son las mejores clases que han recibido en su vida, clases en las que han sido los mejores alumnos, tal vez como no lo pensaron.

Estos jóvenes son arbolitos que ya están dando sus frutos, dijo doña Petra.