¿España, el Brasil del siglo XXI? Sí… pero no

Independientemente del resultado de la final jugada ayer en Maracaná, existe la convicción más o menos generalizada de que, así como Brasil representó durante el siglo XX toda la exuberancia y las excelencias del jogo bonito, con Pelé como portaestandarte e ídolo máximo, el presente está dominado por la subyugante estética del futbol español, actual campeón del mundo y bicampeón europeo. Quiere decirse que si los artistas nacidos en el gran país del sur fueron, por antonomasia, los protagonistas del futbol más hermoso jamás visto, hoy ese apetito de belleza lo colman con creces quienes portan la casaca roja de España, capitaneados en sus audaces evoluciones por el genio de Andrés Iniesta, producto neto de La Masía, la escuela donde el FC Barcelona acoge, cincela y pule con singular esmero a las futuras joyas del equipo azulgrana, cuya eclosión fue encabezada en los años noventa por Johan Cruyff, máximo exponente del futbol total con el que Holanda maravilló al mundo en Alemania 74. De Cruyff al Barça y del Barça a la selección, tal es el itinerario que esta nueva vuelta a la tuerca del futbol total ha venido cumpliendo para encumbrar a España como el actual amo, patrón y principal referente del balompié internacional.

Lo anterior es indiscutible. No lo es, en cambio, la apresurada etiqueta de Brasil del siglo XXI que han querido colgarle a España. Y no lo es fundamentalmente por dos razones:

1. Está por verse si la cantera hispana es capaz de producir la enorme cantidad de grandes talentos con que enriqueció Brasil la escena y el imaginario futbolístico del siglo XX, un flujo que todavía no cesa, como Neymar claramente demuestra.


2. Mientras el genio del gran futbol brasileño, inexplicablemente abandonado por sus actuales representantes, se expresaba en repentinas explosiones de talento e imaginación individual y colectiva, la España que hoy admiramos basa su juego no en la explosividad ni la exuberancia de los recursos funambulescos de sus hombres, sino en el orden de un juego asociado largamente perfeccionado, y en una paciente tenencia del balón. Aquellos brasileños –los Garrincha, Didí, Gerson, Zico, Rivelino, Sócrates, Romario…– eran capaces de salidas inexplicables, y podían pasar del reposo casi total a improvisar las más fantásticas creaciones sobre la marcha con solo cambiar el ritmo de su juego, bastante más versátil y rico en soluciones inesperadas que el disciplinado andar del gran equipo español de esta época.

 

España–Italia

 

El jueves, la Roja se había topado con su adversario tan bien parado sobre la cancha que no hubo goles en los 120 minutos de reglamento y, como se sabe, para conocer un finalista hubo que apelar al desempate por penales. Una serie de 14 lanzamientos que fue, por cierto, de las más parejas y perfectas que se recuerden, pues desde el primer lanzamiento –que Candreva resolvió a lo Panenka– hasta el último, enviado por el andaluz Navas al rincón derecho del marco de Buffon para decretar la calificación de España, asistimos a una lección de técnica depurada, dividida en trece capítulos e impartida desde los preceptivos once metros. Hasta que el azzurro Bonucci la interrumpió, haciendo honor a su condición de defensa central para poner el balón en la tribuna.

El partido en sí, muy encomiado por los medios internacionales a pesar del 0–0, valió más por la estrategia que por el juego en sí. El primer tiempo fue de Italia, que apretando arriba y abriendo mucho la cancha dejó a los españoles sin oxígeno y sin balón. En esos 45 minutos, los de Prandelli pudieron dejar resuelta la eliminatoria, pero, privados de Balotelli y con Pirlo sin piernas y sin aire, no tuvieron hombres capaces de dirigir el balón a la red. Mejoró España en la segunda mitad –particularmente cuando Del Bosque hizo ingresar a Mata y a Navas–, pero en la prórroga volvió a amenazar Italia –tiro al palo de Giaccherini–, si bien este susto daría paso a un  lapso de neto dominio español, cuando a su vez pudo Xabi desnivelar la contienda cuando un tiro lejano suyo fue mal atacado por Buffon y terminó rebotando en el larguero.

 

La otra semifinal

 

Uruguay volvió a inquietar a Brasil, pero no hubo maracanazo. Lo que hubo fue una nueva decepción por cuenta del once de Scolari, a quienes muy temprano perdonó Forlán, al facilitar la desviada por Julio César de un penal mal lanzado. Luego de un buen rato de forcejeo inocuo, Neymar se presentó ante Muslera, estrelló su remate bombeado en el pecho del arquero y pudo ver cómo Fred, de un espinillazo mordido y feo, batía al fin la meta celeste (’41).

En el complementario, casi al principio, Cavani no perdonó –luego de una fea exhibición de la defensa brasileña, que nunca acertó a alejar un balón que estuvo danzando a lo largo y ancho de su área–, y el resultado permaneció incierto, sin dominador claro sobre la cancha, hasta el minuto 84, cuando fue la zaga charrúa y la pasividad de su portero dejaron pasar el tiro de esquina enviado por Neymar que Paulino cabeceó para definir la eliminatoria.

El otro salió del partido del jueves en Fortaleza, donde ya vimos cómo España quebrar en los penales la tenaz resistencia italiana, hecha más de oficio y astucia táctica que de un talento del que los actuales azzurri carecen.

 

México–España

 

En el mundial Sub 20, con sede en Turquía, un nuevo Tri, al mando de Sergio Almaguer –quien, por cierto, jugó alguna vez para el Galatasaray turco– ha calificado tercero de grupo por detrás de Paraguay y Grecia, que lo habían derrotado (1–0 y 2–1); la única victoria azteca –paliza de 41 a Mali– le permitió pasar a la ronda de octavos donde va a encontrase con España.

La España la Sub 20 ganó sus tres partidos de grupo y va mañana contra el Tri en Estambul. El pronóstico, ampliamente favorable  a la Roja, castiga  la ineficacia realizadora de México, espacialmente ante los griegos. Porque la otra derrota, ante Paraguay, fue incuestionable.

 

Trivialización por abuso

 

Si en el aficionado ocasional causa desconcierto la concurrencia de varias competencias internacionales a la vez, en el asiduo la respuesta es el desinterés, si no la repulsa. No terminaba aún la Copa Confederaciones y ya estaba en marcha el Mundial Sub 20 al otro lado del mundo. Y cuando la primera cubría en Brasil sus primeras jornadas, el campeonato europeo Sub 21 vivía, en canchas de Israel, su momento más álgido. De hecho, la final entre España e Italia fue una exhibición antológica de la Rojita, secundada por un voluntarioso equipo italiano. Thiago, completamente desatado, marcó tres de los cuatro tantos españoles (4–2 la anotación final); Isco fue la sensación del torneo con una impresionante conducción del equipo campeón como su cerebro de la media cancha al frente. El primero saldrá del Barça, Isco ya es jugador del Real Madrid, como Dani Carbajal, la estrella de la zaga roja.

A doña FIFA, todas las competencias –si bien la Sub 20 auopea la organiza la UEFA– le reportan dividendos, mientras los comités nacionales a cargo de la organización corren con los gastos y a veces se quedan sin ver blanca. Es el caso de Turquía, cuyos estadios lucen desoladores vacíos en el mundialito Sub 20. Mismo destino que seguramente espera a Costa Rica, futura sede de un mundial femenil Sub 15 que va a coincidir con el Sub 17, productos ambos de la sed de divisas del organismo avecindado en Zürich, que ya no sabe qué inventar con tal de sacarles dinero a las federaciones, especialmente a las que embauca con tales aventuras organizativas.

Otro efecto no menos perverso de esa profusión de torneos y torneítos menores es la trivialización del futbol internacional, que pronto contará con tantos campeones y subcampeones mundiales como los organismos boxísticos especializados en tongos y trinquetes de toda clase.

 

La cara política

 

Pero algo positivo puede derivarse de esa multiplicidad escandalosa. Que lo diga si no Dilma Rouseff, cuyo gobierno está siendo sacudido por la cascada de manifestaciones que recorre las ciudades de Brasil, con los enormes gastos públicos ligados al Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 como detonantes de una inconformidad legítima, pues demanda atención a necesidades sustantivas de los ciudadanos, postergadas por la agenda impuesta al país por la FIFA y el COI, y agravadas por la rampante corrupción de los políticos.

 

Silverstone

 

El Gran Premio británico, una de las citas estelares del año, arrojó esta vez cierta sensación de irrealidad sobre la monótona marcha del campeonato de Fórmula Uno, largamente dominado por Sebastián Vettel y su (casi) inalcanzable Red Bull. Resulta que fue el Mercedes de Hamilton el que, de arranque, empezó a cobrar ventaja, con el Ferrari de Fernando Alonso –segundo de la desigual tabla general– allá lejos, en una novena posición de partida y con problemas para remontar, mientras el Checo Pérez partía en el lugar 13 y Esteban Gutiérrez en el 17. Un principio, pues, nada alentador. Y Lewis Hamilton, separándose más y más del resto.

Pero entonces, el factor reventones empezó a jugar con el destino de la carrera. Por culpa del primero de ellos, Hamilton perdió un tiempo precioso que lo relegó irremediablemente. Ya estaba el inevitable Vettel al frente. Sergio Pérez escalaba posiciones –llegó a ponerse sexto–, y Alonso aplicaba la estrategia de la paciencia: conservar los neumáticos lisos y esperar acontecimientos.

A Vettel, por una vez, el coche lo dejó tirado en la cuneta. El auto insignia irrumpió, apretando la fila que Nico Rosberg, el otro hombre de Mercedes, pasó a encabezar. A Pérez la ilusión le duró lo que su llanta trasera izquierda en explotar, forzando su retiro, el alto mando de Red Bull lanzó encendida arenga a Mark Webber, su piloto sobreviviente, que rodaba quinto, para impulsarlo al abordaje, y Alonso, beneficiado por la ponchadura del Checo y con neumáticos nuevos, se lanzó sobre el podio.

Finalmente, iba a terminar tercero. A Webber, el envión final no le alcanzó para superar a Rosberg y terminó segundo. Gloria bendita para Alonso, que sin competir más que en las últimas ocho vueltas reduce la ventaja que le lleva Vettel en la general: 132 contra 111.

No es demasiado, pero pudo ser mucho peor.