Entre el enojo y el miedo

La realidad electoral, por sus disposiciones legales y la conducta de los actores se nos aparece ridícula. Ojalá no la recordemos después como trágica.

Los cambios políticos en México nunca han sido fáciles; han tomado la forma de revoluciones. Se dice que nos hace falta inaugurar la cuarta República. De manera muy gruesa se hace la siguiente clasificación: La primera fue después de la independencia a la que le siguió el período conocido como la anarquía; la segunda después de la intervención francesa; la tercera con la Revolución de 10-17 y ahora estaríamos en la fundación de la nueva República Democrática.

Todos esos cambios tuvieron que esperar a que el país tocara fondo. La independencia y la revolución son bien conocidas. En la Reforma el fondo apareció muy profundo, hasta que se expulsó del país al invasor francés. Sobre ese episodio vale la pena recordar la valoración que hizo Justo Sierra en su libro sobre Juárez. “Tengo la convicción –escribió– de que la intervención francesa salvó a la República de naufragar en la anarquía, en el separatismo, en el caos; fue un dolorosísimo paso del Mar Rojo; más allá estaba la ensoñada tierra”. O sea que, dejada a sí misma, quizá la Nación jamás hubiera salido de sus luchas internas a no ser tras otro período de anarquía y de otras pérdidas de su territorio.

La democracia en México, afortunadamente, no se ha conquistado por medio de las armas. Sin embargo, todavía se trata de una democracia naciente y balbuceante. Últimamente muy debilitada. Y es que el camino que hemos seguido para avanzar en la democracia ha estado minado porque se ha entrampado al interior del viejo régimen que se niega a morir, y porque se ha venido enfrentando a un ambiente, aparentemente paralelo, plagado de enfrentamientos armados, primero entre los cárteles de la droga y después en medio de la llamada guerra contra el crimen organizado que ha desembocado en una crisis humanitaria sin precedentes.


En mi opinión lo que le ha faltado a la democracia mexicana es la voluntad política de todos los partidos para comprometerse con esa misma democracia. Unos desconfiaban del partido de Estado; éste demostró que había que desconfiar de él. Pero los que desconfiaban no han sabido y no han podido generar alternativas concretas a las políticas pactadas internacionalmente por aquél. Y así, todos se han atado las manos, sofisticando al extremo la regulación de la legislación electoral. Una característica paradójica del proceso ha sido que los partidos que lucharon por la democracia y el partido que la aceptó como la arena del combate no han tenido una conducta consecuentemente democrática. Por eso se ha dicho que hemos tenido una transición democrática sin demócratas.

En otras palabras, con la democracia electoral se abrieron las puertas para salir del viejo régimen, pero todavía no se resuelve la forma de la entrada a uno nuevo. La discordia nos mantiene en el umbral y quizá estemos a punto de que recibamos un portazo en el camino democrático y se abra otra hacia un recorrido autoritario que nadie desea.

Con esa cuestión sin resolver, las fuerzas políticas han perdido capacidad y la democracia se ha visto disminuida porque no ha podido cumplir las expectativas que de ella se esperaba. De ahí que hoy nos encontremos en una situación viciada: México tiene planteados problemas para los cuales sus fuerzas políticas no se encuentran a la altura para resolverlos porque, entre otras cosas, la salida del régimen anterior se quedó sin poder acertar la forma de la entrada a uno nuevo, y ello las mantiene en la discordia exacerbada.

Por ello, somos demócratas a la fuerza, por el equilibrio resultante de una competencia cerrada, y no por el desarrollo de una cultura y una práctica de las fuerzas sociales o políticas organizadas y confrontadas con el sistema. La democracia se vive en el ámbito del Estado,del sistema electoral y de otras instituciones vinculadas como los medios de comunicación, pero no ha bajado a los sindicatos, las empresas y menos aún a las familias.

Demócratas porque no hay de otra, seguimos siendo atribulados por costumbre. Pero no sólo eso. Al no resolverse la gobernabilidad democrática, se han debilitado las instituciones y el país se ha visto envuelto en la inseguridad y la violencia. La descomposición de los viejos arreglos políticos, de los cacicazgos, del propio tejido social, mantienen al país en el vilo del regreso al autoritarismo. El escenario paralelo a la vida político electoral, ocupado por la guerra contra el crimen organizado, que ya ha mantenido al ejército fuera de sus cuarteles durante más de 12 años, amenaza con introducir políticas y leyes de excepción que terminarían por trastocar o hasta interrumpir el proceso democrático.

La Ley de Seguridad Interior espera su dictamen en la Suprema Corte. El proceso electoral espera al voto del narco. ¿Apostará a la compra de candidatos o se hará presente con acciones directas?

Por cierto, cabe advertir en este punto, que esta guerra ya ha durado más que la de Independencia o la de la Revolución.

Esta situación no ha sido diagnosticada de una manera clara. En general se habla de la guerra contra el crimen organizado y sus secuelas. Pero como ha explicado Fernando Escalante, se trata de una guerra confusa y que, para otros, constituye una guerra civil de baja intensidad y de una crisis humanitaria cada vez más grave. Las explicaciones pasan por el tráfico de drogas, armas y personas, pero también por la descomposición de los poderes locales y por la infección general del ambiente por la violencia y el crimen.

Con el ejército fuera de sus cuarteles todo se ha trastocado. La guerra lo justifica. La ausencia del equilibrio de poderes, la supeditación de los órdenes de gobierno al centro, al ejército o a los criminales, los poderes legislativos y judicial sin fuerza propia, todo en aras de una guerra declarada que quiere recuperar el Estado de derecho sólo para violarlo todos los días.

Una de las características de esta guerra consiste en que muy poco se conoce, a menos que nos sorprenda situados en medio de una balacera. Los hechos aparecen como si se tratara de realidades ajenas a la vida normal y que sólo unos cuantos llegan a conocer. Los medios reportan los acontecimientos, aunque se sabe que apenas dan cuenta de algunos. Sólo se habla de un número espantoso de muertos, desaparecidos y de índices al alza de todo tipo de delitos. Las últimas encuestas reportan que 8 de cada 10 mexicanos sienten miedo de lo que les pueda suceder.

En este ambiente acaban de terminar, con pena y sin ninguna gloria, las precampañas de los candidatos a la presidencia. Creo que el saldo es plenamente negativo para el conjunto de la clase política. La simulación y el cinismo, institucionalizados por la ley, continuarán en el período de veda de las campañas. La realidad electoral, por sus disposiciones legales y la conducta de los actores se nos aparece ridícula. Ojalá no la recordemos después como trágica.

El ánimo de la sociedad se manifiesta como enojo y coraje de una gran parte de la misma contra el gobierno y los políticos, pero también como miedo, que cada vez más se generaliza entre la población, ante el ambiente de violencia e inseguridad que prevalece en el país.

El discurso que más conecta con el estado de ánimo de irritación y enojo frente a la impunidad y la corrupción es el de Morena, y por eso se mantiene arriba en las encuestas. Anaya trata de hacer lo mismo con un discurso “inteligente” y sangrón anti PRI y hasta el propio Meade trata de lavarle la cara al gobierno-PRI. ¡Misión imposible!

Pero el discurso que debería amparar a la sociedad y a los ciudadanos para ofrecerles seguridad, no aparece por ningún lado. Las campañas dan la impresión de que juegan en una casita de muñecas a ver quién es el puntero y quién el segundo lugar para disputar el voto útil, bla, bla, bla, y que poco se conectan con la realidad cotidiana de la sociedad, llena de zozobra e indignación frente a la inseguridad y la violencia dentro del país, las amenazas del vecino del norte, que apenas se siente medio protegida por el ejército y la marina, y en espera de que la clase política les ofrezca un proyecto serio para la gobernabilidad de la democracia, para acabar con la impunidad y la corrupción –por supuesto–, pero también para reconciliar, unir, dignificar y pacificar a la nación.