Entre anhelos y deseos

Aunque ubicados en un nuevo siglo, los años posteriores a la primera guerra mundial, los personajes de esta novela irradian un temperamento forjado a lo largo de muchos años. Sí, Los huéspedes de pago, la nueva entrega de la británica Sarah Waters (1966), vuelve a desentrañarnos esa gran y tradicional alma victoriana, aunque también, habremos de reconocer desde un principio, descorre (con una habilidad literaria que sorprende) el misterioso velo con que se cubren las pasiones más humanas.

Son ya tres lustros durante los cuales esta autora ha mantenido una notable presencia en la narrativa contemporánea. A pocos meses de publicarse en inglés, sus obras se traducen a otras lenguas con similar aceptación de los lectores. Lo que se inició en el 2003 con la publicación de Falsa identidad, una novela con la que la autora inauguró una especie de saga donde confluyen las miradas a una sociedad en su conjunto y, en específico, a la realización de su sexualidad.

Después vinieron títulos como El lustre de la perlaAfinidad Ronda nocturna…, siempre en el género novelístico, e incluso alguno de ellos trasladado a la serie de televisión.


Ahora, en Los huéspedes de pago, Waters nos cuenta una historia si se quiere más bien sencilla, de amor con dificultades de realización, de amor con acontecimientos que lo perturban, de amor en un tiempo no propicio para éste, que sin embargo logra extender y complejizar con maestría literaria, imaginación y profundidad al momento de mostrarnos los interiores más escondidos de los personajes.

¿Cuántos hogares ingleses resultaron huérfanos tras la llamada gran guerra?

Al menos el de los Wray resultó fuertemente violentado. Un padre y dos hijos muertos. “La guerra se llevó a nuestros mejores hombres, y con ellos todo lo que es decente y lícito”. Una madre sobreviviente, de avanzada edad para aquella época, y una hija sin un oficio que les pudiera sacar adelante se verán solas en el Champion Hill de los años veinte del siglo pasado. Teniendo tan sólo un a casa que habrán de compartir en alquiler con un matrimonio joven, los huéspedes de pago, que no inquilinos puesto que la demasiada educación les impide llamarlos así.

Tras el conflicto inicial entre madre e hija, ¿alquilar o no alquilar?, la novela nos revelará nuevos enredos de la llana cotidianidad, esa que el espíritu victoriano se niega a reconocer, como cuando la madre afirma que victorianos “una palabra que actualmente se emplea para desdeñar todas las virtudes que la gente ya no quiere tomarse la molestia de cultivar”.

De silueta angulosa

Conforme las complicaciones de la convivencia aumentan, se genera también un nuevo lazo sentimental entre Frances (una mujer que se siente “una solterona, con su pelo recogido con horquillas, su silueta angulosa y su blusa remetida en la falda de talle alto, a la moda de la guerra, acabada ya hacía cuatro años”) y la señora Barber (con “una falda con ribete y un jersey carmesí largo y bastante holgado, pero [que] revelaba de algún modo las curvas de su figura”).

Teniendo como telón de fondo una sociedad en la que las mujeres pelean por más y mejores espacios de expresión (el sufragismo, el bolchevismo, las piedras en contra de la institución) y que paulatinamente irán igualmente cuestionándose las bondades del matrimonio. “Bueno”, le dice Frances a Lilian (la señora Barber), “mi abuela de Yorkshire solía decir que los matrimonios son como pianos: se afinan y desafinan. Quizá es lo que les pasa a usted y su marido”.

Vendrán nuevas llamadas. Por supuesto que no vamos a adelantar nada en este espacio en demérito del disfrute lector. Los sonidos fuertes, los agoreros. Y con ellos esta nueva historia de Waters que bien retrata los desgarramientos personales y, a un tiempo, los lazos que se tiran y unen cada vez más entre estas mujeres de anhelos y deseos.

Suertes y causas habrán de confluir, inevitablemente.

Malas o buenas fortunas.

(El manifiesto amor no únicamente por una persona sino por el espacio donde se vive cotidianamente hasta desfallecer: “embargada por el ferviente anhelo de seguir formando parte de ella, de seguir viva y joven y libre de trabas y pletórica de sensaciones”).

Destinos que la imaginación literaria de la autora imprime a sus personajes.

Porque como se advierte en torno a Sue, la joven de la opera prima de Waters (Falsa identidad): “la fortuna es ciega, y actúa por extrañas vías. La fortuna envió a Helena de Troya a los griegos —¿no fue así?—, y un príncipe a la Bella Durmiente”.

Sarah Waters, Los huéspedes de pago, Anagrama, España, 2017, 616 pp.

@mauflos