En México, las vanguardias nunca se sintieron cómodas en el cine comercial: experto

Álvaro Vázquez Mantecón es el curador del ciclo Vanguardias en el cine, que se proyecta todos los miércoles en el Museo Amparo
Álvaro Vázquez Mantecón es el curador del ciclo Vanguardias en el cine, que se proyecta todos los miércoles en el Museo Amparo

El historiador del arte Álvaro Vázquez Mantecón señaló que, contrario a lo que sucedía en otras disciplinas, como la pintura o la fotografía, en donde las vanguardias artísticas representaban un contrapeso a lo establecido por la academia, el cine tuvo un desarrollo distinto ya que su lenguaje creció a la par que los movimientos artísticos generados en Europa.

En el caso de México, dijo que son pocas las películas realizadas en las décadas de los 20 y 30 del siglo anterior que puedan contarse como cintas de la vanguardia, ya que no fue sino hasta los años 50, con la llegada del español Luis Buñuel, cuando la cinematografía nacional produjo filmes –como Los olvidados o Subida al cielo– cuando se pudo experimentar con mayor libertad.

Vázquez Mantecón es el curador del ciclo de cine Vanguardias en el cine que se proyecta todos los miércoles en el Museo Amparo. Para ahondar sobre el papel que jugaron las vanguardias artísticas –como el surrealismo, el expresionismo alemán o el dadá en la cinematografía mexicana, el investigador presentó algunos fragmentos de producciones nacionales que permiten conocer de qué tamaño fue la influencia del arte que se producía en los países europeos.


Dijo que “si el contexto cultural de México ha estado al margen de lo hegemónico, en una suerte de periferia que nos hace estar a destiempo, curiosamente serán los años 20 y 30 el único momento en que no será así, ya que el país formaba parte del mismo proceso debido a que se vivía una construcción cultural generada por la Revolución”.

Como ejemplo el catedrático de la Universidad Autónoma Metropolitana campus Azcapotzalco recordó la llegada al país del ruso Sergei Eisenstein, quien ya era considerado como un cineasta de vanguardia, para grabar su película ¡Qué viva México!. Mencionó que entre él y los artistas mexicanos hubo un diálogo profundo, algo que puede verse en el episodio “Tehuantepec”, al que Eisenstein ve como la “Tahití mexicana”.

Agregó que si bien Eisenstein no concluyó la película ya que el montaje se hizo hasta los años 50, ¡Qué viva México! tiene “tomas, encuadres y discursos” de las vanguardias y de la Revolución, tema que es abordado por primera vez en el cine.

En ese sentido, destacó el filme Enemigo (1933), de Chano Urueta, en la que se devela una fuerte reminiscencia de las vanguardias, ya que en una de las escenas se ve la alegoría a un “tableau vivant”, una pintura viviente a la manera que hacían los artistas franceses.

Asimismo, el investigador nombró La mujer del puerto, dirigida por Arcady Boytler, también en 1933, en la que destaca la figura de la actriz Andrea Palma y su marcada influencia del expresionismo alemán.

Otras más fueron Judas y Dos monjes, la primera realizada por Manuel R. Ojeda en 1936 con “imágenes alegóricas complejas, con una raya cercana al surrealismo pero dentro de la producción comercial”; y la otra dirigida por Juan Bustillo Oro en 1934 en la que se subraya el dramatismo de los personajes y las “sombras que son volumen y expansión” a la manera del expresionismo.

Tras estas menciones, Álvaro Vázquez propuso que “las vanguardias nunca se sintieron cómodas en la industria cinematográfica nacional sino que fue en el cine de Estado que escasamente se produjo en los años 30, donde se quedó más clara su influencia”.

Como ejemplo mencionó Redes, un filme producido en 1934 por la Secretaría de Educación Pública, dirigido por Emilio Gómez Muriel y por el entonces recién exiliado cineasta austriaco Fred Zinnemann, que contó con la fotografía del estadunidense Paul Strand y la música ex profeso de Silvestre Revueltas.

Para finalizar, el investigador destacó que no fue sino hasta los años 50 cuando Luis Buñuel ya se sentía cómodo en el cine mexicano, cuando las vanguardias tuvieron “una posibilidad más natural y pragmática en su representación”, algo que no prosperó debido a la poca aceptación de la industria comercial y el público. Concluyó que fue hasta los años 60 con el llamado cine independiente, cuando se puede hablar de un lenguaje neovanguardista.