Empresarios inmaculados

Hace poco leí un artículo de Liébano Sáenz publicado en Milenio Diario que criticaba la postura de AMLO con respecto a los empresarios y he de decir que su visión sobre el particular me pareció francamente ingenua cuando no perniciosa. Para él, los empresarios son personajes esencialmente “buenos” que buscan tener utilidades producto de su esfuerzo. Según este argumento, se vale tener ganancias pues ese es el motor de la economía. “A México le ha costado tiempo –afirma en su texto– reencontrar el valor de la iniciativa empresarial y de la inversión privada. Las peores crisis y las que más han lastimado a la población las han provocado las políticas públicas que no entienden el valor del mercado, la inversión privada y las libertades económicas”. No me cabe duda de que la iniciativa privada es buena y de que su participación en la vida económica del país es esencial, pero no puede ser a base de corruptelas y negociaciones mañosas. No me meteré en este momento a realizar una revisión desde la economía de sus afirmaciones, prefiero dejarle eso a los especialistas. Lo que haré, es hacer evidente la falacia en la que nos encontramos, esa de un mundo de emprendedores donde cada uno ha de ser dueño de su circunstancia y ha de obtener lo que a su beneficio convenga con independencia de si eso es positivo o no para su entorno y la colectividad en la que se desenvuelve.

Uno de los pilares del modelo económico que nos rige desde hace años, es la premisa de que la iniciativa privada es prístina y pura, sin mácula, pues lleva a cabo sus procesos sin burocracias y con eficiencia, pues perder tiempo genera pérdidas; además, verifica sus procesos y los califica por entidades externas que le dan certeza de que lo que hace, lo hace bien. Por si fuera poco, tiende una mano amiga al trabajador que quiere trabajar y sanciona “justamente” al que no lo hace, en una suerte de discurso de terrateniente porfirista. Por tanto, hacer negocios está bien, y hacerlos para ganar dinero también. Claro, los empresarios, al igual que los políticos son seres humanos y caen en tentación constantemente. No obstante, siguiendo estos argumentos, su pureza les impide corromperse. Sumado a lo anterior, un empresario exitoso entra en una elite de poder y de socialité que hace que aparezca en las páginas de las revistas oligofrénicas del “jet set” como una demostración clara de alcurnia y de que lo que se hace viene justificado por esa “buena cuna” que se trae.

Ya Fernando del Paso nos advertía en 1992 en el marco del Coloquio de Invierno en la UNAM, sobre la idea de dejarnos llevar por los “mercaderes”, “Porque es necesario no engañarnos: si la nuestra es o se convertirá en una sociedad de mercado libre, serán, o seguirán siendo los mercaderes los que nos gobiernen y el concepto libre se referirá principalmente no sólo al libre tráfico de mercancias, sino a la libertad que gozarán los mercaderes de imponernos sus productos y su modo de pensar, o mejor dicho, de no pensar”. Justamente a eso apunta Sáenz y eleva su pensamiento a dogma de fe. Por supuesto es erróneo suponer que todos los empresarios son corruptos y que todos tienen relaciones perversas con el poder. Pero es igualmente erróneo distraer la mirada de lo evidente por el simple hecho de que se crean las propias patrañas que se cuentan ellos mismos y que nos repiten a nosotros. Una buena parte de la iniciativa privada vive envuelta en la corrupción más soez y procaz, no importa si son grandes o pequeños empresarios. Vamos, hay hasta “memeleros y memeleras” que, para no sacar permisos y no tener que pagar impuestos, sobornan a cuanto inspector municipal se les aparezca. En lo macro, tenemos numerosos ejemplos que echan por tierra la pulcritud per se de la iniciativa privada: el caso Odebrecht es, con mucho, uno de los casos más escandalosos en el presente. A su vez, la terrible presencia de mineras canadienses y mexicanas y el fracking, OHL y todas las transas relacionadas con esa constructora española o los rescates carreteros, bancarios, de ingenios azucareros, todos bien Fobaproa o del IPAB, o la lindura de nuestro duopolio televisivo… y está la tristemente célebre Estafa Maestra, que a decir de un reportaje de El País en que se informa del recibimiento del premio Ortega y Gasset por parte de los autores del mismo “La aritmética de La estafa maestra es sorprendente. 517 de solicitudes de información, más de 100 entrevistas y largas jornadas de reporterismo en zonas marginales y entornos hostiles. El resultado es el descubrimiento de un fraude de más de 7.760 millones de pesos (unos 420 millones de dólares) en el que están involucrados 11 dependencias del gobierno mexicano, ocho universidades públicas y más de 50 funcionarios. (…) Pero quizás el dato más impresionante que ha arrojado este trabajo periodístico es una cifra que enciende las alarmas en México: cero responsables. Ninguno de los implicados ha pisado la cárcel, nadie ha pagado ni dado la cara por los desvíos masivos de recursos públicos”. Aquí hay un contubernio flagrante y detestable entre funcionarios públicos y la iniciativa privada. No, aquí ya no cabe la ingenuidad, hay que decirlo como es: la iniciativa privada se corrompe de manera activa, no es víctima como tanto se ha argumentado. En momentos tan polarizados como el que vivimos, donde se está utilizando al Peje para espantar a niños chiquitos y a empresarios mediocres, no podemos cometer el error de olvidar nuestra historia y creernos esas patrañas.